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Saturday, April 26, 2008

Los membrillos robados.


Recuerdo los membrillos robados en una huerta alta que había junto a las escuelas de Filiberto Villalobos, eran enormes y amarillos, y dejaban la boca rabiosa y la lengua gorda. Yo me sentaba a mirar cómo se oxidaba la mordida en aquella carne entre blanca y crema, justo hasta que tomaba un color marrón oscuro. Eran días chiquillos de baterías a pedradas y luchas intestinas que no llevaban más que a la gravedad de una pitera o a las rodillas magulladas. De aquellos días me quedan recuerdos como tesoros que suelo abrir en las tardes de calor y soledad para enredarme en ellos… los días don Sabino de capón y reglazos, las interminables tardes de taba y escondite, las mañanas de fútbol con pelota de goma en El Solano, las horas minicares y las de indios de plástico, los fines de semana en El Regajo con medio colón de pan y una libra de chocolate Suchard, las primeras novietas subiendo a El Castañar cargando el comediscos y el álbum de los singles con temas de los HH, de Nino Bravo, de los Sirex, de Aznavour…, las sandías en verano, los helados al corte y los polos de hielo, las tardes Murallón, el cine del domingo, los castigos, la caja de compases, la canadiense nueva, el cisco, el almidón, el caño de la plaza, los túneles secretos, el tren… Vivíamos con descaro y el tiempo era perfecto.
También llegan ahora las blancas saponarias [tenían un toque malva] con las que nos lavábamos las manos después de los partidos de fútbol en El Castañar, la lujuria en los ojos del rosa digitalis orlando los caminos, la achicoria silvestre, los plántagos [siempre me hicieron gracia esas flores sin pétalos a las que imaginaba seres de otro planeta], los geranios de campo con sus verdes pináculos apuntando hacia el cielo, los dientes de león [nunca se me olvidó que su nombre científico es ‘Taraxacum dens leonis’], las ortigas, los tréboles, las malvas, la morera del parquecito de La Cruz de los Caídos con la que alimentaba a mis gusanos de seda, la menta, el tomillo, el serpol, los juegos de umbelíferas, las euforbias lechosas, el musgo, los castaños rendidos de candelas blanquísimas, los plátanos enormes del parque, la hierbabuena, las espigas que fueron flechas de mil batallas, los gallarutos gordos, las bellotas, la mimosa de arriba, el ficus del balcón, las castañas asadas, las amapolas rojas, la cymbalaria, el thymus, el cantueso, la salvia, el romero… de aquel lujo botánico me vino la impaciencia de querer ser biólogo y la dura Botánica de mosén Casaseca me dejó en el camino con su Bonnier, un herbario de 2.123 especies y un edelweis robado de Los Picos de Europa en el 76… y no habría sido un mal biólogo, que lo sé a ciencia cierta, porque yo era curioso y quería saber, y hacía disecciones en casa de mis padres, y trabajaba mucho preparando esqueletos con perborato sódico, y guardaba animales metidos en botes de Nestcafé con alcohol, y me hice un terrario e intenté un hormiguero, y me leí a Oparín y su origen de la vida, a Karl Von Fritch y el comportamiento de las abejas, a Timbergen y su postulado sobre la etología, a Konrad Lorenz y sus estudios sobre el comportamiento animal… pero Casaseca y su discípulo Javier [que creo que era de Valero] me jodieron un futuro de ciencia cuando casi ya lo tenía en la mano, pero no importa, pues reconozco que solo me entregaba en las materias que realmente me resultaban apasionantes [me jodían la Física y la Química Orgánica, la Citología e Histología me dejaba disperso, la Bioestadística me mataba de risa y la Microbiología me enseñó que la gente medraba de lo lindo en la universidad].
Y lo mismo le tengo que dar las gracias al señor Casaseca por traerme hasta aquí, aunque lo hice, por lo menos, con cierto vocabulario científico y una extraordinaria confianza en la observación y en la lógica. De los que allí triunfaron [se pueden contar con los dedos de una mano los que pasaron aquel filtro botánico], hoy solo conozco a grises profesores de instituto y a uno que se quedó de rata de departamento, y sigue en ello como un cabo furriel o un bedel triste… y yo no habría resistido en ninguno de esos casos.
Joder.

Sunday, June 24, 2007

Aquellas crías de fascista...


Durante los veranos del primer quinquenio de los setenta hacíamos excursión andando hasta Candelario para pasar allí las tardes con un bocata y cruzar miradas con los veraneantes, que entonces [casi como ahora] provenían de Madrid y Extremadura y pertenecían a esa clase franquista de funcionarios del Movimiento Nacional [nacional]. El pueblo estaba entonces tomado por la OJE [Organización Juvenil Española], que tenía/mantenía ‘cuartel’ y campamento estables. Cualquier propuesta de subida a Candelario venía siempre dada por la siguiente frase de cualquiera de los colegas de mi pandilla: “¿Subimos a ver a las crías de fascista?”.
Los niños OJE eran todos de un rubio oxigenado, con el pelo liso en su mayoría y siempre iban repeinados al uso alemán, con la nuca afeitada y la raya marcadísima a la izquierda de sus cocorotas [paradojas de la vida, con la raya a la izquierda]. Siempre sonrientes, con su impecable uniforme lleno de signos bordados e insignias, echaban larguísimos partidos de fútbol en el campo de tierra del parque de Candelario. Si alguno se lesionaba o les faltaba un jugador para completar un equipo, nos miraban con desprecio y nos decían: “¿Alguno de vosotros juega bien al fútbol?”. Todos decíamos que no, que éramos de baloncesto, porque no queríamos jugar con aquellos símbolos de lo que se masticaba en casa, pero ellos insistían y alguna vez obligaban a alguno a jugar y se liaban con él a patadas ‘sin querer’ en las espinillas.
Ahora, cuando subo en los veranos a Candelario, me encuentro con algunos de aquellos muchachos y nos saludamos e incluso tomamos una cañita para recordar los viejos tiempos y ponernos al día de nuestras vidas. La mayoría de los que conozco están en la banca, como mediocres esclavos, ocupando puestos de interventores o directores de sucursales pequeñas gracias a esas recomendaciones nacidas de la militancia fascista [aún permanece tal costumbre de forma residual]. Han perdido esa mirada superior que nos lanzaban con ánimo de sojuzgar y algunos hasta dicen en alto que se hicieron socialistas en la época de Felipe González porque era una opción adecuada para permanecer… pero están deshechos en una confusión decadente, gordos algunos y otros con la mirada empapada de un alcohol de diario consumido en los bares anejos a sus oficinas.
Ya no llevan insignias ni bordados en sus camisas de verano y el pelo apenas deja ya marcar aquella raya tan minuciosamente trazada en sus cabezas.
Son, como poco, infelices, aunque la paga les da para pasar quince días rememorando sus días de centuria y corneta.
Me dan lástima donde antes me producían rabia.

(15:48 horas) …Y los premios al bachiller superior de los setenta, que los había de dos modelos específicos: científicos y literarios. Yo me llevé tres de ellos [dos científicos y uno literario], de los que conservo aún los diplomas en algún lugar perdido de mi casa. El que mejores recuerdos me trae es un trabajo que realicé sobre el origen de la vida a partir de un libro de Aleksandr Ivanovich Oparin que llevaba por título “El origen de la vida”, al que añadí párrafos de una enciclopedia de biología que había en la antigua biblioteca municipal y textos mezclados de Konrad Lorenz y de Karl von Frisch que hablaban de etología… Me salió un batiburrillo extraordinario de más de cien folios en los que se mezclaban textos copiados a mano, otros trabajados en la Olivetti verde de mi padre y un montón de dibujos sobre la evolución de las especies que copié de la enciclopedia ya mentada y de una de Salvat que tenía en casa.
Recuerdo que al principio me ayudaron algunas tardes Javier Riobó y Amable, pero acabaron agotándose y pasando del tema.
De aquel esfuerzo me gané una pasta que me sirvió para invitar a mis amigos a unas cocacolas con berberechos en ‘La Pajarera’ y para comprarme un comediscos portátil de color crema en el que escuchaba sin parar los singles de Fundador que me traía mi padre… de aquello también nació mi apetencia por la biología, circunstancia que me trajo hasta este fracaso de tintas y alzados porque nunca entendí que una disciplina de fundamento experimental sólo tuviese cabida en las cerradas aulas salmantinas.
Pero no todo fue malo, no, pues el periplo universitario me permitió conocer al profesor Galán, ver pasar a Aníbal Núñez entre los arcos de la Plaza Mayor, reír con un tal Fiz que ya se me está borrando de la memoria, hacer locuras con Riobó o con un tal ‘Forges’ [Carlos] de Pucela que se dedicaba al alpinismo, admirarme de la voluntad Manolo Cuesta o beber manchada con un riojano que llevaba por apellidos de la Torre Tosantos, salir de cañas con Juan Delibes, abrazar a Mercedes Sosa o a Rosa León y conocer de cerca a Aute, convivir con Muriel y con Iche Montero, disfrutar de los últimos años de Juanito M. desnudando mujeres con la mirada desde mayo hasta junio, sentir envidia de Manolo Díaz Luis y su pericia con las damas, embelesarme mirando a Caroli y a Isabel, ver cómo Paulino Matas conquistaba un Olimpo de carrera nueva para cinco [te deseo salud, hermano, que sé que andas pasándolas mal]… y volver a Béjar cada fin de semana para encontrarme con toda mi gente y disfrutar como un niño en Chapeau y en Vetonia o en La otra casa.
Todo gracias a aquel enredado trabajo que empezaba con una suerte de Big-Bang y terminaba como el mejor rosario de la aurora.

De aquel trabajo… las queimadas en las orillas Tormes, las excurisiones botánicas a los Picos de Europa, las salidas nocturnas para tirar panfletos, los cafés ‘Rojo y Negro’, los besos ‘La Latina’, las manifestaciones, el encierro de un mes en el aula magna de Ciencias, el alcohol en ‘El Judío’, las noches de extranjeras libidinosas con la baba cayendo por las comisuras, las fiestas fin de curso con chaqueta y corbata, el amor entre rejas justo en el Montellano, don Torrente en Novelty, las tardes del Botánico, un helado entre los arcos de la plaza, los VICTOR que pasaron frente a mis ojos y el sonido redondo de un “Gaudeamus Igitur” entonado a capela por todos los muchachos del San Bartolomé.
Y todo gracias a Oparin , a K. Lorenz y a Frishc.
Una cinta de Víctor Jara lo supo todo y quizás lo recuerde siempre.

(22:59 horas) La tarde se convirtió sin querer en la primera de piscina del verano, pues me llegué con Ángeles y los críos hasta Palomares [tierra santiaga y nieta] para que se dieran el primer chapuzón de la temporada en la piscina de Julia mientras yo me dediqué a pintar mi libro interminable con una pequeña anécdota: Mi suegro, que también andaba por allí, al ver el librote que estoy tuneando, me preguntó con cierta mala cara: “¿No estarás pintando sobre una biblia?”. Yo le contesté: “No, Ángel, pero me acabas de dar una idea magnífica para el próximo tuneo.”. Pilló el libro que estaba leyendo y desapareció como por arte de magia.

Y la verdad es que su idea es magnífica, supera a la mía en curso de tunear “Los cipreses creen en Dios”. Así pues, ya me ha dado trabajo el colega familiar, y para largo tiempo.
Los críos nadaron y temblaron de frío a la salida, pues corría una brisa fresquilla. Los cerdos chillaban en el matadero y un olor nauseabundo subió de pronto para echarnos de allí a toda pastilla.
Lo pasé bien y hubo relax del que me gusta.
Tuneé 12 páginas.
De Tontopoemas ©...