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Sunday, September 28, 2008

Vivo siempre en la orilla de acá.



Ya llevo 16 horas de maquetación y voy cumpliendo los plazos que me autoimpuse, aunque ayer por la tarde flaqueé y me quedé sin aire y sin ideas durante un par de horas, hasta el punto de sentirme desesperado; pero un paseín corto por la Plaza Mayor me puso otra vez a tono y me enderecé. La noche fue realmente productiva y logré adelantar el tiempo perdido [soy un tipo de noches y de luces dirigidas], hasta que oí la bulla que tenían montada los pijos en el ‘Casino de los Señores’ [así se le ha llamado siempre en Béjar por la clase obrera] y me asomé para encontrarme con montones de criaturitas borrachas, rompiendo vasos contra el suelo y montando una bulla fuera de lo normal para sus generales ‘usos educados’ y su ‘formación cristiana’… me da que alguna mocita no salió virgen del sarao [como se enteren sus padres y su confesor…]. Retiré mi coche de aquella guerra y volví al tajo.
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Vivo siempre en la orilla de acá y me paso el tiempo queriendo vivir en la de allá, acosarla e invadirla para hacerla de mis pies, tomar posesión de sus encajes y coserme a sus caminos como un bolsillo nuevo donde meter los deseos cumplidos. Y sé que es solo humo, pero persisto en mirarla con los ojos abiertos, y la imagino llena de esas riquezas bucaneras que acaban tomando el nombre de ‘libertad’.
Sé que, por mi bien, solo debo mirar su lejanía e imaginar la victoria para llenar el profundo vacío de mis noches con su fiebre. Allí pescan Acab y la Judit de Betulia, alli se abraza Mary Ligovskaia al cuerpo de Mersault, allí pasean por sus playas Masetto da Lamporeccio y el virtuoso Hariscandra, allí hacen el amor sin prisa Diotima y Andrés Bolkonski… y hoy estarán recibiendo encantados a Paul Newman para montar en bici por los llanos eternos de esa orilla.
Vivo en la orilla de acá… y me muero por ser de la orilla de allá.


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No sé por qué, esta tarde, entre la fritura maquetera y el embotamiento diseñativo, se me vino a la cabeza de pronto un personaje femenino de una novela de Turguenev que tuve que leer casi por imperativo legal hace unos años. Era una mujer que andaba empeñada en su felicidad personal, absolutamente frenética por mantener siempre una gran actividad y empecinada en el desarrollo constante de su pensamiento, pero siempre insatisfecha… corrí a mirar mis fichas antiguas de lectura y tardé en encontrar el dato, pero lo encontré. La novela de Turguenev es “La víspera”, y el personaje al que me refiero, Elena Nikolaevna Stachova. Respiré profundamente de gusto por haber encontrado en mis papeles lo que la memoria me niega [ahora me he empeñado en encontrar el libro, pero eso es un asunto más complicado, pues tengo que bajar a mi estudio de Colón y buscarlo en los anaqueles, o quizás hasta en las cajas cerradas y llenas de libros].
Y es que de pronto me pensé como Elena, idealista recalcitrante y enfangado siempre en mil asuntos manuales y mentales, con montones de temas abiertos a la vez y con una insatisfacción que me hace temblar de ira en algunos momentos.
Quiero empezar a existir como quiero ser [amigo Emilio Calvo de Mora, quizás debiéramos huir juntos a algún paraíso lejano en el que no nos falte de comer, de beber y de fumar…] y hacerme un muerto exacto de lo que soy.
Esto no funciona demasiado bien: trabajo en el puro prosaísmo como un bruto para obtener unos ingresos que no llegan con fluidez… y luego hago un esfuerzo diario por lo realmente mío a base de quitarme horas de sueño y de tirar como sea de una voluntad que jamás he tenido. El resultado es desesperación, ganas de mandarlo todo a la puta mierda y de encerrarme definitivamente en mí mismo, rodeado de mis cosas y habiendo hecho buen acopio de cokes y de Chester… y es que esta sensación de tiempo perdido me elimina, me anula. La faceta profesional es tan caníbal, que acaba por devorar al Felipe herido por sensaciones y pensamientos fuera del orden diario, y eso me hace sentirme fracasado… hasta el punto de que en algunos momentos llega hasta a importarme lo que digan los demás [me refiero a tipos que ni por recomendación metería en mi cuenta de miradas y audiciones, y menos en la de gente a la que atender].
La Elena novelera buscó solución en el amor de un hombre, y yo creo que ahí se equivocó, pues lo que realmente funciona es la sola posibilidad del amor, no el amor mismo, y es ahí donde me gusta… vamos a llamarlo autolesionarme… en buscar la posibilidad de amor en cualquier circunstancia y en cualquier persona, pero sin que haya entrega, sin que lo sepa jamás el sujeto o el objeto del amor [aunque lo intuya]. Es en esa línea don yo me siento realmente vivo, en el enamorarme constantemente de la cosas y las personas… de un gesto, de una mirada, de una forma… y procesarlo en términos creativos siempre, sin barreras estúpidas…
Y en eso ando, o no… yo qué sé.

Saturday, September 27, 2008

Soy el río que arrastra la hojarasca ...


Circunstancias profesionales me tendrán amarrado al duro banco durante todo el fin de semana [tengo que completar la maquetación de una revista completa para un cliente exigente y he previsto alrededor de 22 horas de curro, y todo sin la seguridad de llegar al lunes con un trabajo digno, ya que los materiales que me aporta no tienen el brillo suficiente para los resultados que me pide]. Tendré que buscarme el medio mago que tengo escondido [siempre me gustó hacer juegos de manos] y sacar de la chistera alguna idea plástica sobre la que trabajar en el jodido blanco del papel… y todo teniendo que ponerme en la mente de mi cliente y trabajar en su gama cromática y estilística, que está aproximadamente al extremo opuesto de mi visión del asunto. Es difícil, lo juro, y más con este apresuramiento de empujones y fechas cerradas.
Como siempre, he realizado un plan de trabajo sobre el papel y me propongo cumplirlo al dedillo, salga lo que salga [inventarse 72 páginas con un sentido unitario y una estética mantenida en 22 horas, arroja 3,22 páginas por hora, que considerando los tiempos de optimizado y pasado de imágenes a CMYK, trazados, sangrados de página y tiempos de impresiones de los artes finales, casi me obliga a realizar cinco páginas por hora… una auténtica locura teniendo las ideas claras y una puta utopía en el justo estado en el que me encuentro ahora].
El primer punto de mi plan de trabajo contempla media hora de relajación cada tres horas de curro [en las que escribiré mi diario] y paradas cortas para comer y cenar, así como 6 horas para dormir, lo que me dejará un margen aproximado de tres horas libres con las que jugar para llegar a la meta en la mañana del lunes.
Es la hostia, ¿no?
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Soy el río que arrastra la hojarasca en la crecida, el que viene del paraíso para acabar en agua estancada, el que lleva en su cauce la nostalgia y no puede salirse de su curso… pero también soy el río que se detiene a veces a mirar el amanecer o a morirse de gusto con la fuga del día, el que da de beber a la gineta virgen y acaricia su lengua de fuego, el que lame los cuerpos de las bañistas jóvenes en los días calientes, el que rodea las colinas llenas de almendros y en sus meandros mira el vaho caliente que sale de los hocicos de los zorros.
Soy el río encajonado en las rocas, el que alimenta al musgo y da cobijo a una fauna de paso siempre.
Ayer le robe su fragancia a una bañista blanca y dulcísima, y la llevo hasta el mar [la fragancia] como si fuera mía.*

* Este último párrafo es la mejor definición que puedo hacer hoy de mi escritura, aunque los necios pensarán siempre en la carne mortal, y no en la esencia.
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Las rayas de mi mano contienen transeúntes y mujeres que se recogen el pelo y lo dejan caer sobre el hombro derecho, caminos de helechos con el temblor previsto justo entre las pestañas, un fuego singular hecho de cuerpos y una frontera imperceptible que separa el ahora del luego. En su ramaje veo mi presente con natural evidencia, y también el pasado en algún corte limpio que ha dejado su marca… pero me resulta imposible leerme en el mañana suyo si no es otra cosa que el cierto manjar que seré para insectos y otros seres pequeños.
Las miro [a mis manos] y tienen penumbras trabadas que todo ese tiempo en que quise encontrar el fulgor. Su secreto es de lumbre y estaño. Yo juego a intentar descubrirlo… transeúntes, mujeres que se recogen el pelo y lo dejan caer sobre el hombro derecho…
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Murió mi admirado Paul Newman y seguirá siendo un sábado de anémonas e hinchazones, un sábado ceñido al tiempo y no a los hombres, un sábado de rincones para el placer y para la miseria, un sábado para las jerarquías y las crisis. La muerte del actor me ha puesto nitidez entre los ojos mientras el FreeHand me castiga con sus saltos de página y su ‘memoria insuficiente’. Si la vida se arreglase como los ordenadores, hoy yo seguiría así, tal como estoy, y Paul andaría reiniciándose en un sencillo reseteo. Pero no. Ese tipo que me caía tan bien ya no es más que lo que hizo, mientras yo soy lo que estoy haciendo, que es bien triste.

* NOTA: Algo raro sucede con Bloguer, pues copio los textos enteros y corregidos y me desaparecen palabras. Si alguien sabe por qué sucede esto, le ruego que me indique algunas pautas para solucionarlo... es que me molesta mucho. Gracias.