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Friday, August 17, 2007

Proselitas.

Como una película de Jacques Tati con música, por ejemplo, de Eric Satie, ha sido mi tarde noche con Guillermito. El chaval empeñado en asistir a la última entrega de “La hora feliz” del colectivo evangélico bejarano –tan bien liderada por la familia Vaquero y su gente afín–. Su empeño fue obligación para mí, igual que otros veranos, y me comí la hora y media de proselitismo juguetón de medio tono.
Antes de seguir debo explicar que me encanta esa gente, su fuerza y el ardor luminoso que ponen en todo lo que hacen, el valor de bondad –que imagino que también será máscara– y el empeño feligrés.
Lo que me molesta un poquito es que ‘ataquen’ –no sé si este término es el más adecuado– por la debilidad infantil, que intenten vender ideología religiosa por la facilidad del regalo y la puerta de la risa.
En fin… no me parece un gran problema… y más si se compara con la milonga diaria de la Iglesia Católica, pues estos tipos me parecen mucho mejores, más dispuestos a currarse en la calle sus convicciones y a mostrarlas con cierta desnudez. Es más, Andrés me parece un tipo magnífico y le considero una gran persona y con bastante altura moral.
El caso es que atendí al juego proselitista con cierta atención y me gustaría hacer un comentario que arañó mi razón por un buen rato.
La cosa iba de un tal Darío [rey] y de un tal Daniel [fervoroso y rezón]… y de unos tipos que odiaban al tal Daniel y propiciaron que fuera echado a los leones por rezar a su dios [hasta aquí la cosa va de humanos, a lo que se puede imaginar]. El caso es que cuando el rezón se planta ante los hambrientos felinos, baja un ángel y les deja pegadas sus fauces [esto ya va teniendo cierta tela divina]. Pues bien, hecho el milagro angelero, el rey Darío cae en la cuenta de quién era el bueno [el rezón] y quiénes los malos [los que propiciaron la cosa leonera] y se pilla tal cabreo que ordena que los jodidos malos sean echados a los leones [yo creo que lo hizo el hombrito por curiosidad… a ver qué pasaba]. Oye, y que los leones se merendaron a toda aquella malería… Ahí fue donde me quedé lívido. Solté mi cigarrito Chester en el acto y me puse de pie [estaba sentado en el suelo]… ¿Pero cómo puede un dios ser así, coño? ¿Qué estamos hablando de un dios omnipotente y magnánimo? Con lo jodido que es que te merienden unos leones… oye, y hasta desagradable.
Al crío le regalaron unas pinturinas y pudimos irnos a cenar. Él no cayó en la cuenta y yo estoy jodido.
Y antes de todo esto, en la horina del café, Pedrito se nos mostró algo exotérico y a mí me dio un reflux de risa. Mira que es mayor el tío y anda en esas cosas, pero le quiero, coño.
De LECTORAS

Monday, November 27, 2006

Tariq Ali


Hay un rastro de cosas por hacer que me perturba: Lo hijos, un espacio donde arder y dispararse a la sien sin saber acertar un solo tiro. El trabajo, endiablada virtud de hombres que odio a rabiar y fuente absurda de desesperación y tiempo perdido. La poesía, ese cuchillo tan mellado últimamente. El amor, con sus breves traiciones y sus tontos regresos...
Ayer asistí como sin querer a la inauguración de un local en el que pululaba el «gran Béjar» con sonrisa de plástico... arquitectos, contables, secretarias, bancarios, ingenieros, políticos, vendedores de vinos... Un mosaico perfecto para un pequeño film del mejor Jacques Tati: los personajes justos para ser decorado, el decorado exacto para ser personaje, la luz de lunch, el azar rebuscado de miradas jugando a no encontrarse.
Saludé con mi mano derecha al alcalde en su visita al excusado, jugué a no dejar paso a una chica de moda, bebí como los ricos en orinal de vidrio un vino de ancha añada, probé delicias breves poniendo caras raras, abracé a un par de amigos, rogué postproducción en mi intento Premysa, regalé risas netas y complices miradas, hice algún chascarrillo con fondo de consorte, fumé de gorra y todo...
Hay un rastro de cosas ya hechas que me perturba, y no atino a acotarlo en palabras o en números... no sé si este mes será el último que cobre, el último que viva, el último que ame, el último que fume con justa elevación un Chester sin boquilla... no me importa.
El caso es que he aseado mi rostro, lo he pulido con la rapizadora de barbas endiabladas y se me ha quedado cierta cara de niño cabreado por la falta de un montón de caprichos.
Soy mayor y me siento en esta circunstancia algo más solitario.
La gente me da risa.
Me muero por no verlos.