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Thursday, February 1, 2007

La verdad siempre resulta triste.

Quizás el nivel de aislamiento dé la medida de la vejez particular, y no sea el tiempo en su decurso el que tome tal decisión. Uno envejece socialmente –lo social lleva a lo físico– en la medida en que va siendo aislado, no tenido en cuenta para la toma de decisiones.
Cuando alcanzamos la madurez (?) solemos ser centro de la mirada de nuestro núcleo cercano, ya sea social, familiar o profesional, buscando siempre la dirección a seguir. Ahí ocupamos la cumbre y marcamos el camino –mal o bien, que eso casi nunca se sabe–. El hijo se refugia en la seguridad del padre, el aprendiz en la del obrero experto y el político imberbe en la del político avezado y curtido en mil batallas. Entonces eres de alguna forma imprescindible... Después, cuando el hijo crece, el aprendiz aprende y el imberbe político se curte, empieza a llegar poco a poco el aislamiento, que se va notando por esa sonrisa amable que se posa en la cara de la gente, una sonrisa que alumbra su seguridad e indica taxativamente tu prescindibilidad.
Ya en la vejez particular, hay que tomar ciertas medidas para no limitarse a sobrevivir o a sobremorir. Comete grave error quien busca razones y modos con los que volver a hacerse necesario. El momento es crítico y lleno de belleza si se sabe gozar, pues en ese punto de no retorno es justo donde puede empezar a reinar la palabra dicha como verdad necesaria.
Saber que uno puede empezar de nuevo a nombrar las cosas y a adjetivar a los hombres y sus hechos como le salga de los mismísimos cojones. Morir habiendo dicho exactamente todo lo que querías decir es una de las mejores ventajas que trae el aislamiento de la vejez.
Lo malo es que los viejos terminan siendo miedosos en su mayoría y no se atreven a retar con palabras a ese más allá que sólo es vana esperanza.

Saturday, January 20, 2007

¿Por qué no están los que se han ido?


Los hados meteorológicos que cierran los telediarios llevan diciendo toda la semana que nevará en España, que hará un frío de zurrasparse y que temblaremos bajo la bufanda, pero yo sigo notando una primavera fresquita que me hace salir en chaquetina de punto a la calle, sin más, y eso que voy mayor y friolero... Y tengo ganas de nieve, coño, que lo que más me gusta de mi tierra son las estaciones bien marcadas y los cambios que traen también variaciones estupendas de humor y de ganas de hacer.
Esperando el frío leo a Antonio G. Turrión en «bejar.biz». Hace el colega un elogio de José Luis Majada, el cura que me llevó a la poesía con su «Duérmaste, madre...» y que me dejó KO con ciertos días de su diario inédito. Yo debo sumar a lo dicho por Antonio que J. L. Majada fue difícil en el trato, hosco y distante, y lo digo porque a la vez que su roce me dejó una notable sensación de altura intelectual, también sentí siempre una distancia inabarcable que me llevaba a sentimientos contradictorios hacia el hombre que era capaz de escribir y decir con tanta brillantez, y que a la vez construía un muro lleno de dificultad hacia el otro. Y es que a mí me cuesta mucho separar al pensador/creador de la persona que pisa la calle, sobre todo si esa persona fue mi profesor durante un par de años e incluso hicimos charla a veces y nos cruzamos algunas cartas. Algún día daré a conocer –aún es demasiado pronto para hacerlo– el contenido de una carta que Majada dirigió al ayuntamiento de Béjar cuando yo tenía representación en él como Teniente de Alcalde.
Obviando al hombre y sus rarezas, firmo y firmaré cualquier apoyo para que la obra de José Luis sea conocida y reconocida como se merece.
(18:33 horas) Buscamos constantemente la comodidad del pensamiento, Alberto, y eso conforma nuestra conciencia y modela el uso moral de nuestras ideas. Vamos, que uno no es malo para sí siempre que actúe conforme a su costumbre y a su comodidad –la maldad social reside en sentir tranquilidad mientras incomodas al otro, y entonces eres malo para los demás, pero no para ti mismo... y eso es otra cosa–. En ese acomodo, amigo, perdemos el vértigo que contiene el azar creativo, que no hay peor creador que el que se acomoda a una forma de hacer y sentir para vivir instalado en ella hasta el final. A veces pienso que debiéramos saltarnos una norma diaria para pillar bien la costumbre y que no se instale el tedio en nuestras cabezas, que no se difuminen las ganas de pelear por una idea, una forma o unas palabras bien armadas.
Sé que siempre andas indagando en qué hacer –yo también–, pero a ello debiera ir siempre unido el pensar en por qué hacerlo y para qué hacerlo... siempre con un componente irracional, claro, porque en caso contrario armarías a tu alrededor un muro de comodidad de tales dimensiones que la razón no estaría dispuesta a saltarlo.
No sé si a ti te sucede, Alberto, pero a mí hay muchas veces –cada vez con más frecuencia– en las que la mano niega lo que la cabeza ordena, y se entabla una lucha entre la comodidad física y le necesidad creativa, una lucha que no sé librar con garantía de éxito y que me deja sumido en un estado de abulia mortífero y desolador. En ese estado sólo encuentro salida buscando el «desequilibrio» que rompa mi costumbre y me lleve a hacer algo distinto en lo que buscar ganas... de ahí que pinte, que haga fotografía, collages o manche papeles con cierta ansia de que el azar me alumbre una salida. Es todo una lucha por la expresión, una jodida lucha por una expresión que quizás no sirva para nada. ¿Y por qué quiero expresarme de forma individual?, yo, que ya me expreso a diario en mis hijos, en mis amigos, en mis enemigos y en los que me ningunean o me elogian... ¿Por qué necesitamos expresarnos de forma individual y ponemos en ello tanta energía?, ¿por satisfacción/autosatisfacción quizás?, ¿por buscarle cierta ganancia a la vida, cierto interés que no nos deje sensación de vacío en la fea vejez?, ¿para estar ocupados y así salvarnos del tedio? Yo creo que nuestro problema radica en que no sabemos vivir solamente, queremos vivir y algo más; y no sé si ese «algo más» tiene que ver con cierto e inevitable narcisismo íntimo, con una desmedida ambición por permanecer o por una jodida vocación genética por la intranquilidad.
Con lo fácil que sería sobrevivir como hombres primarios, sin querer meterle mano a las ideas complejas, ni querer saber a qué huele el descubrimiento o el fracaso, sin estar enterrados por la fiebre del conocimiento de nuestra propia capacidad. Lo mío creo que se va llamando hastío por la comodidad y, cómo no, también hastío por la incomodidad.
Amigo, ya no sé llegar a parte alguna ni con el pensamiento. ¿Será la edad?
(22:41 horas) Hace poco un amigo se quejaba encendido de que una compañera de curro le había faltado al respeto, y desde entonces yo me pregunto qué es susceptible de ser respetado en un hombre, sobre todo en un hombre que viste sus máscaras como una religión y ya las tiene asumidas como intrínsecas en su personalidad y en su mundo individual. ¿Qué se puede respetar hoy en un hombre?, ¿su colonía carísima, su traje de marca, su empleo de funcionario o de clase de tropa en banca...? Todo eso no es digno de respeto, es más bien digno de mofa y de escarnio. Cualquier hombre que se somete al dictado de una norma cerrada por dinero no es un hombre respetable, como el que no se la juega por sus amigos o no se tira al mar para rescatar a un hijo o a cualquiera que esté en trance de muerte.
Quien pide respeto adolece de humildad.
Pobre.

Sunday, January 14, 2007

Me miro en el espejo y veo a otro.


Leo, no sin admiración perpleja, que la ciudad de Béjar se sitúa con el número 346 en el listado de ciudades con mayor capacidad de autofinanciación de nuestro país [estudio realizado por la Universidad de Málaga sobre 7.500 ciudades de España]. Luego pienso: ¿Eso qué supone? Pues que se ha perdido la propiedad de servicios públicos deficitarios, cediéndola a la empresa privada y ganando con ello en tesorería. Habría que ver si eso es bueno para el ciudadano en lo que le afecta en calidad de servicio y aportación económica propia. Tengo claro, por ejemplo, que el agua ha subido por los cielos en Béjar [carga pública sobre los hombros del ciudadano para el beneficio de la empresa privada y, cómo no, para abundar en esa autofinanciación] y me gustaría conocer con detalle el funcionamiento de cada una de las privatizaciones realizadas por el gobierno municipal... Vamos, que la pregunta del millón sería: ¿Estamos mejor los ciudadanos con la situación de autofinanciación creada en la ciudad? No tengo ni puta idea, pero estaría bien que alguien nos hiciera este análisis con datos.

(12:01 horas) Existe una hermosa tragedia que tiene que ver con la duda y la certeza, con la verdad de la duda y con el error de la certeza. El hombre que ama intensamente debe ser campo trillado a una duda que duele, y el hombre que ama con certeza se equivoca decididamente en esa dirección. Sucede lo mismo con la creación, la misma tragedia de error y dolor. Y no tiene que apartarse el gozo de taL circunstancia, y por ello es una tragedia hermosa, ¿verdad, amigo Alberto? –hablo hoy contigo y para ti porque necesito un interlocutor atento en mi soledad; perdona que te use, amigo–. No saber que lo que se crea con intensidad y desasosiego es exactamente descubrimiento o magia [duda, siempre duda] o asertar firmemente que lo es [certeza/error] hasta caer en la cuenta de todas las carencias que contiene, que contenemos... y luego hundirse. Sí, una hermosa tragedia, Alberto, en la que crecemos y vamos anotando cada arruga de vejez en nuestros rostros.
De ese celo, que es la duda, nos acaba siempre amaneciendo el paso siguiente, un paso exacto al anterior que nos lleva a avanzar tímidamente... pero a avanzar. De aquella seguridad, que es la certeza, nos llega la niebla gris que nos hace perder el norte y, acaso, dar pasos atrás o caer a un precipicio sin vuelta.
En todo caso, Alberto, debemos preguntarnos qué ganamos y qué perdemos, qué dejamos en el camino y qué nos llevamos puesto sobre los hombros en este viaje desde la nada hacia la nada. Quizás lo importante sea el camino y no los pasos ni quien los perpetra, dejar la trocha limpia para el siguiente que quiera pasar por ella o detenerse.
Respiro y me pregunto cómo he de amar lo que soy, Alberto, cómo he de darme/mostrarme al mundo si aún me siento inocente y, por tanto, absolutamente vulnerable. No te pido respuestas, amigo, tan solo hablo suponiéndote ahí porque necesito el muro que recoja esta voz que no sabe hacia dónde caer ni cómo hacerlo, y tú eres hoy el muro perfecto –lo has sido siempre– sobre el que lamentarse sin más por no saber crecer con la máscara puesta todo el día.
Quiero dudar, amigo, y me llegan certezas... Lo llevo chungo.
(13:40 horas) Recibo mail Escobar de mi Manolito Moya asilvestrado como un dondiego de noche entre los castaños finiseculares de la Sierra de Aracena. Escribe como una máquina porque es lo que quiere y desea y le gusta y le apetece y basta. Y yo le envidio por esta tartamudez literaria que ya se ha hecho endémica en mi mano y porque respira hondo y claro, mientras el aire que a mí me llega es superficial y lleno de un humo raro que me pone un puntito parilítico de desatar. Va a sacar más islas en Pre-textos mi Manolo y eso me gusta, porque las islas Moya son un cielo en el agua por el que nadar sin siquiera haber aprendido los mecanismos de flotación. Suerte, hermano, y mucho tiempo igual al ya pasado.
(16:57 horas) ¿Por qué lo que ahora conozco no pudo estar en mí cuando tenía diecisiete años? Me habría convertido en autista apagando algunas zonas de mi cerebro de forma irremediable. Ah!, saber decidir qué neuronas son las indicadas cuando el cerebro arde y se pelea contra sí, y dar un golpe de estado haciendo morir todo lo te lleve a la banalidad, una revolución en condiciones para llegar al coito de la idea y quedarse ahí, sin más, disfrutando ese orgasmo en la cabeza. Saber que sufrir no es de recibo si no está el conocimiento como fin, que es absurdo apretar el cuerpo y el espíritu al abrazo del dolor sin consecuencias brillantes. ¿Qué conclusión puedo sacar? ¡¡¡Hedonismo!!!, vulgar y gozoso hedonismo como norma y norte, pasar de la ictericia diaria y ridícula que te pone amarillo de bilis. Ante el problema pequeño basta un «todo pasará», y lo mismo ante el grande. Sonrisas consecuentes e incluso carcajadas contra el que vive en esos nudos ridículos del interés. Mofa.

Thursday, January 11, 2007

Cuando sonrío parece que lloro. No sé engañar a mi máscara

Ya se anda trabajando en una nueva publicación periódica y gratuita para la zona de Béjar, y no niego que me come la curiosidad por conocer sus principios y sus fines. Nos llega de la zona de Madrid. Esperemos a ver qué sucede para sumarla a alguno de los roles ya establecidos o para nombrar alguno nuevo.
Que sea para bien [toco madera y Dios nos coja confesados].

Ayer me llamó el colega Manuel Ambrosio [Manolo es alcalde de Morille] para contarme su cabreo con la gerencia de Premysa. El año pasado se partió el pecho buscando y consiguiendo todos los medios para hacer posible el taller de cantería de la fundación, poniendo su nombre como garantía a las personas y empresas que participaron en el proyecto y hoy, sin más, sin que nadie le informase oficialmente, se entera de que el grupo de canteros formados en ese taller se van a ir a restaurar la muralla de Monleón, cuando él trabajo e invirtió en este proyecto con el fin [lógico] de que Morille se viera beneficiado en el futuro con proyectos de restauración de su casco y entorno [Monleón no lo hizo].
Hay que decir que Manuel es un alcalde distinto, preocupado fundamentalmente por la recuperación racional del casco y el entorno de Morille, en el que ya ha realizado proyectos culturales y de restauración sobresalientes [ejemplos magníficos son los encuentros PAN de poesía rural o el cementerio de arte], y la circunstancia mentada le hace dar un paso atrás en su proyecto mientras ve que su inversión y su trabajo de gestión han sido en vano.
Quizás la gerencia de Premysa debiera ser más dialogante, más abierta a la colaboración y más cuidadosa con las formas y los fondos [conozco algunas quejas al respecto], y tengo muy claro que no se deben cerrar caminos ni generar tensiones cuando no es necesario, y más cuando se está trabajando para convocar voluntades con afán de crecimiento social, patrimonial y cultural.
Y que me encantaría, como Patrono de Honor [me encocora el término porque me da la risa floja], que reinase el buen rollo y se cuidasen las formas hasta la exquisitez, porque creo en el proyecto global de Premysa y en el indicio y las hermosas posibilidades que se alumbran. Que se entienda por la gerencia que cada persona que se acerca a la fundación para colaborar o trabajar lo hace con voluntad positiva y no para pillarse cabreos inútiles. Siempre se trabaja mucho mejor con sonrisas, y mejor si se sabe delegar con inteligencia [que no caigan en saco roto estas últimas palabras, porfa].
Coño, y que se procure solucionar ya lo de Morille, tanto desde parámetros de justicia como de gratitud, que no se puede dejar tirados a los tipos que apuestan fuerte y decididamente por un proyecto.
También se me ocurre –y esto ya es una coña con cuadruple intención– que la Junta de Castilla y León le meta mano a la mimosa muralla de Monleón, que para eso se llevaron el gato al agua en aquella población como se lo llevaron [véanse las notas de prensa al caso en cualquier histórico de noticias]. A mí, como miembro honorario de mi nada personal, me jode un punto... y más si es fastidiando al colega Manolo y a su Morille ejemplar.
(12:22 horas) «Perderlo todo de un golpe, / de un tajo limpio. //... // Mansiones vaciándose, las honro / como a una madre anciana. / Porque vaciarse –madre– es acción: / lo vacío no se puede vaciar. // ... // Nunca pierde quien rompe / y huye al alba. Yo en la noche / me he cosido a ti / toda una vida sin bastas.». Marina Tsvetáieva daba con harta frecuencia en el centro/cetro de la nada. Vaciar la vida para no perderla, usarla hasta agotarla, gastarla hasta la ruina. Porque morir con la vida a medias es un tremendo fracaso. Me lo dicen los ojos tristísimos de mi amigo Santiago Nieto sólo con mirarlos. Morir sin haberse vaciado es un fracaso, morir sin haber dicho a voces lo que te piden las vísceras es un fracaso, vivir sin pensar en el vacío para la muerte es un fracaso.
(16:22 horas) [Recordando un poema de Joan Margarit] «Podría ser contable o profesor», pero ya hace unos años que decidí correr por mi cuenta e intenté aprender a tocar el saxo... y no, no soy de esfuerzos mantenidos, por lo que sólo aguanté un par de lecciones de solfeo y lo mandé todo al garete... En fin, que podría haber sido un lucido bancario o un representante de comercio para surtir a esas tienditas de venta al detall con olor rancio «Punto Blanco» y «Dusen», pero decidí apuntarme a la lista de los hermosos vencidos igual que te apuntas a lista de «VISA» o a la Cámara de Comercio, pagando una pequeña cuota anual por los servicios de pena, cansancio, asco y existencialismo.
Joan Margarit es arquitecto y yo soy arquitexto, aunque ambos nadamos la palabra con distinta suerte y con distinto sueldo.
«Podría ser contable o profesor», motorista de «Telepizza», gigoló de barrio, castrado funcionario, cura párroco o vendedor ambulante de paraguas... y aún podría serlo.
(17:18 horas) He cerrado con José Luis Morante la edición de su diario y sé que será mi proyecto del año, un proyecto en el que intentaré poner de mi parte todo lo mejor. Volver a tener palabras de mi amigo con las que jugar me hace sentirme muy feliz.
(18:27 horas) A veces me desespera saber que algún sentimiento que descubro ya existía antes, como me jode un montón escribir un poema y encontrarme en alguna lectura con ese poema escrito por otro autor antes que yo y mejor. El valor que siempre le doy a un descubrimiento es el de la perdurabilidad, y por eso fracaso, porque siempre el descubrimineto se extingue en otros modificándose, aunque sea levemente, lo que le hurta esa dosis personal de permanencia con el que yo intento insuflarlo. También, a veces, vibro en el tono contrario –repito por enésima vez que soy un tipo contradictorio– y lanzo a voz en grito arengas contra la permanencia de cualquier sentimiento, pensamiento o cosa, abogando con iracundia por cierta suerte de carpe diem que en el fondo no responde a mi narcisismo. En el fondo me voy entreteniendo, que ya es bastante.

Sunday, December 24, 2006

Yo, en vez de sentidos tengo direcciones.


La parada técnica de la red de redes le ha traído también silencio a este diario, aunque a mí no me ha traído descanso –ya se sabe, Navidad es un tiempo de consumistas y en las empresas hay que trabajar más–. Le he dado fin a la edición personal de cinco ejemplares de este diario –desde 2002 hasta nuestros días– y me ha dado tiempo a leer algunas cosillas que tenía pendientes.
Cabe destarcar de este tiempo de silencio que la administración autonómica y su azar sanitario están como una puta cabra, y lo digo en base a que Malick ha recibido hace un par de semanas una notificación del Sacyl por vía de urgencia en la que se le reclaman cinco millones ochocientasmil pesetas [5.800.000 pts.] por la atención hospitalaria que se le prestó para curarle de su enfermedad (hay que explicar que Malick llegó a Béjar por un programa de dispersión de inmigrantes sin papeles arbitrado por el gobierno español, y que dentro del protocolo de dicho programa se incluía la realización de un reconocimiento médico para determinar el estado de cada uno de los inmigrantes. Malick llegó con hepatitis B y con tuberculosis en un estado avanzado, por lo que el médico de urgencias determinó su ingreso en régimen de aislamiento, dado que su enfermedad era contagiosa). La carta indica que si en el plazo de quince días no se abona la cantidad requerida, se tramitará expediente administrativo. ¿No es la hostia? El coleguita llega desde Gambia porque en ese país no tiene dónde caerse muerto, el Estado español le declara “sin papeles” y lo deja al pairo [ser un “sin papeles” significa que no puedes trabajar y que no te mereces ni la tierra que pisas porque “no existes”... le curamos, porque somos un país avanzado y solidario, y viene la Junta de Castilla y León y le pasa factura “leonina” y se la envía a «su» dirección postal con «su» nombre y apellidos... ¿Pero no quedamos en que Malick no existe a todos los efectos?, ¿o es que no existe para poder trabajar, como él está deseando, y sí para tener que pagar unos servcios que él no ha demandado, sino que se los hemos dado nostros por la vena de la ayuda humanitaria y se le ha ingresado en un hospital contra su voluntad [él quería irse a Barcelona con el resto de sus compañeros de viaje]? No entiendo nada, de verdad.
Y en el entrecabreo recibo el nuevo poemario de mi Diego F. Magdaleno, «Libro del miedo», al que vuelvo a llamar “cabronazo” por escribir tan deliciosamente como lo hace, y encima me dedica su poema XIII, una pasada: «El dolor de los otros / se amontona en tu puerta. / Ordenas / el amor por colores, / y tus palabras crecen / en los huecos del tiempo, / sin preguntar / por la luz olvidada / que no deja de herirte.». Para matarle y para comérselo a besos a la vez. Gracias, tío.
Y de regalo de Navidad molón y curioso, la felicitación oficial del colega Jesús Mágala, desde la Subdelegación del Gobierno en Salamanca, con un aforismo de mi «Aráñame» que ya me ha traído diversas llamadas y algún que otro pedido de mi librito frasero. Gracias, Jesús, muchas gracias.
También dejo acuse de recibo de una carpeta curiosísisma de la Escuela de Arte de Mérida con un trabajo a medias entre mi queridísimo Antonio Gómez y el fotógrafo Ceferino López. Esta vez mi Antonio vuelve a lo versal en una historia que titula «Agua, pan y cama»... «Nuestro presente // una consecuencia / de sueños ajenos.». Y se queda tan fresco en la sentencia.
Tengo suerte, una suerte enorme de amigos sensibles que buscan y encuentran a veces, que son gloria porque pisan la calle y saben dejar un rastro sobresaliente por el que pisar con indicio. Antonio es un tipo especial y yo me siento orgulloso de tener su afecto en mi cuenta corriente, y me avergüenzo un poquito de no haber respondido aún a su petición tranquila de colaboración en el proyecto «Robos y hurtos. Archivo de confesiones», pues ya he perdido dos de sus fichas (una de ellas, que me entregó en Morille, ya realizada) y ahora recibo la tercera junta a su carpeta creativa. Me voy a poner ahora mismo a currar en ella para enviársela rápido, que estoy en falta.
(12:33 horas) Quisiera olvidarme de esta parte del año, que todo el jodido consumo pasara en un segundo y me encontrase en la misma situación que antes de ayer, en un pueblo vacío y habitable, con su paisaje semirroto en lo urbanístico, pero manteniendo aún esa cosita de soledad y espacio entre personas que tanto me gusta. En fin, será imposible, aunque el calendario se ha encargado este año de ponérselo difícil a los foráneos haciendo coincidir los festivos con el fin de semana. Y quisiera olvidarme también de los ingratos, de los clientelistas, de los negociantes, de los necios y de los borrachos de temporada... pero tendré que soportarlos. En fin...
(13:05 horas) A veces lucho con un rostro que se me ha quedado prendido en la memoria con alfileres, sin más datos que un par de gestos y cierta sensación de agrado. Me paro e intento indagar en esas líneas nítidas que no son nada ni nadie y me desespero por no poder llegar a concretar más sobre esa imagen nítida. Rebusco... y en mi cabeza encuentro millones de gestos sin nombre, sin historia clínica cerebral, gestos que me han dicho algo o me lo han querido decir, rostros que me han agradado o desagradado sin saber por qué. Y no entiendo nada, no domino el proceso, no sé los trámites ni los protocolos que utiliza mi cabeza. Y luego me aburro, me aburro mansamente.

Monday, November 27, 2006

Tariq Ali


Hay un rastro de cosas por hacer que me perturba: Lo hijos, un espacio donde arder y dispararse a la sien sin saber acertar un solo tiro. El trabajo, endiablada virtud de hombres que odio a rabiar y fuente absurda de desesperación y tiempo perdido. La poesía, ese cuchillo tan mellado últimamente. El amor, con sus breves traiciones y sus tontos regresos...
Ayer asistí como sin querer a la inauguración de un local en el que pululaba el «gran Béjar» con sonrisa de plástico... arquitectos, contables, secretarias, bancarios, ingenieros, políticos, vendedores de vinos... Un mosaico perfecto para un pequeño film del mejor Jacques Tati: los personajes justos para ser decorado, el decorado exacto para ser personaje, la luz de lunch, el azar rebuscado de miradas jugando a no encontrarse.
Saludé con mi mano derecha al alcalde en su visita al excusado, jugué a no dejar paso a una chica de moda, bebí como los ricos en orinal de vidrio un vino de ancha añada, probé delicias breves poniendo caras raras, abracé a un par de amigos, rogué postproducción en mi intento Premysa, regalé risas netas y complices miradas, hice algún chascarrillo con fondo de consorte, fumé de gorra y todo...
Hay un rastro de cosas ya hechas que me perturba, y no atino a acotarlo en palabras o en números... no sé si este mes será el último que cobre, el último que viva, el último que ame, el último que fume con justa elevación un Chester sin boquilla... no me importa.
El caso es que he aseado mi rostro, lo he pulido con la rapizadora de barbas endiabladas y se me ha quedado cierta cara de niño cabreado por la falta de un montón de caprichos.
Soy mayor y me siento en esta circunstancia algo más solitario.
La gente me da risa.
Me muero por no verlos.

Saturday, November 18, 2006

Raúl Vacas


El otoño está siendo insultantemente bello este año en Béjar. Los tonos de la xantófila se mezclan con el verde oscuro y con los ocres de los árboles sin hojas y el conjunto me produce sensaciones que sólo sé sentir en este tiempo y bajo esta gama cromática... y si le sumamos la humedad, ya es todo pura lujuria.
Tal circunstancia me pide escritura, pero soy una mierda y no me llega ni una palabra. Sólo sobrevivo en mis ejercicios de mantenimiento: sonetos malos para entrenar el ritmo, este diario que ya se ha hecho necesidad y algunos aforismos que llegan más del apretones al ingenio que de vómito creativo.
La verdad es que ya me anda preocupando este silencio largo, este enorme paréntesis sin poder explicarme en pura incontinencia. Otras veces he sufrido este mal, pero con tanta extensión ni con tanta ansiedad.

(17:15 horas) Comida familiar hecha de risas para celebrar el cumpleaños de mi padre, con los niños radiantes como nunca, con mi hermana feliz en escapadita urgente desde Sevilla, con mi madre pletórica y risueña y con mi padre hermosamente abuelo... pero jovencito de atar. He disfrutado mucho y he realizado un porrón de fotos para mi cuadernito de recuerdos impropios. Me encanta ver a mi gente nítida y feliz. Es un buen presagio.
(18:34 horas) Alguien que seguro que me aprecia y conoce mis debilidades me ha enviado el «Tangolibre» de Yo-Yo Ma a mi correo electrónico en un enlace a You Tube –«http://www.youtube.com/watch?v=uJC2bOmAEn8&mode=related&search=»–... y ya voy por la sexta audición embelesada. Erizado, siento la derrota del verdadero placer en el estómago, se me doblan las rodillas y me concilio por un ratito con mi mejor forma de estar.

Es la hostia este tango, con su cosa decadente, con su tristeza tibia, con su lánguida desgana, con su hermosa sensación de encuentro/desencuentro // espera/desesperación. Es como un continuo encabalgamiento de melancólico placer, un tango para tipos como yo, que estoy empezando a terminarlo todo con cada lumbre del día y ya no siento más esperanza que la que me traiga un recuerdo hermoso... ¡Ah!, la memoria y sus usos... soy hedonista hasta para lo triste.
Gracias, «Alguien», muchas, muchas gracias.

(22:23 horas) El mejor legado que me han dejado mis padres es la palabra, y es por encima de todo el legado que yo quisiera dejar a mis hijos: Palabras para hacerse comprender, para explicarse, para buscar respuestas, para defenderse y atacar, para dar rienda suelta a su poso imaginativo, para exhibirse con ellas y para callarlas. Palabras que contengan el método de hacerles vivir por encima de todo y de todos.
Esta noche, cuando salía de mi casa para venir hasta el estudio, vi a una pareja de jóvenes besándose bajo la lluvia. Pasé junto a ellos con cierta envidia por ser capaces de convocar al amor en la lluvia, y recordé de pronto la primera escena cinematográfica de amor que me impacto vivamente: fue en Salamanca, en mis primeros días de estudiante, justo en el cine Taramona. Ponían «Delicias turcas»: Olga y Eric haciendo el amor tirados sobre la calle y bajo la lluvia... fue una visión intensísima que aún me llega nítida a los ojos. Y todo ello con una magnífica sensación/intención de acabamiento. Tengo que buscar esa película para volverla a ver... o no, que quizás se pierda la magia de mi recuerdo inventado.

Thursday, November 16, 2006

Enrique Baltanás

Quizás el toque de la vida esté en la búsqueda de la dificultad por la dificultad. Así somos y así actuamos. Pasamos de largo de los caminos rectos y nos enredamos en trochas que nos hacen caminar en círculos. Sí, nos empeñamos en la dificultad. Cuando algo se acaba y somos consciente de ello, no nos damos por vencidos, no comenzamos a sembrar otras huellas en terrenos vírgenes, no; rememoramos, buscamos la solución del bucle y revolvemos en un pasado que sólo tendrá la capacidad de hacernos daño.
Si todo es muy simple: algo termina y se acabó... y a continuar muriendo hacia adelante.
¿Por qué sucede esto?, ¿qué mecanismo nos lleva a ser tan redundantes?... La búsqueda absurda de la dificultad y el empecinamiento moral son los dos casos humanos que más me disgustan y por los que me pregunto con más frecuencia.
Y en el fondo, lo más desquiciante en el itinerario vital es conseguir con éxito todas las metas marcadas, ya que quien lo consigue siente el fracaso desde el componente positivo, sin encontrar razones que lo apoyen, siendo tal fracaso neto y de golpe seco, un fracaso sin posibles culpables en los que apoyarse para salir. Morir de éxito, creo que así lo llaman esos tipos de letras y números... Lo mejor es tener una vida promediada y trabajar en ella con soluciones simples en las que el porcentaje de errores sea adecuado y nunca nulo.

(22:33 horas) He recibido un libro delicioso desde el Ateneo de Sevilla con tarjeta cordial de su presidente, Enrique Barrero González. El volumen lleva por título «Homenaje a la Fiesta del Soneto celebrada en el Ateneo de Sevilla en 1912», una recopilación de éxitos de colegas tan queridos como Luis Alberto de Cuenca, Enrique Baltanás, Antoñito Carvajal –al que ya voy echando de menos–, Gamoneda, Pura López Cortés, María Rosal Nadales, José Antonio Sáez... Un divertimento extraordinario para un tiempo sin rima y sin ritmo... que se agradece.
Y a pesar de que el día ha sido de calendarios –son los peores días de un impresor–, he recordado a mis coleguitas de siempre y de nunca mientras pegaba faldillas y he pensado vivamente en los que acumulan problema sobre problema... lo he hecho con fuerza, como creyendo que en mi pensamiento anidase alguna solución entre tonta y exotérica.
Va por ellos este día, con fervor.

Wednesday, November 15, 2006

Josep María Rodríguez


Es tan fácil conformarse... y resulta tan difícil querer crecer... ¿Qué nos conviene?
La soledad de la ciudad es dramática... Reniega y vente al mundo, busca piel si la precisas, caricias si no las presientes, besos si tu boca se ha vaciado, amor si entrenas odio, gozo si hay humedad buscando los muslos, lágrimas si tus pañuelos permanecen bien planchados en los cajones... Busca en tu soledad el camino de perfección que son las manos... y mírate en los espejos el desnudo que has hecho de tu vida –míratelo con detalle, tocándote con curiosidad, como un descubrimiento–... Lee a Gogol, a Gorski, a Valéry, a Samain, a Turguenev, a Th Gauthier... busca en librerías de viejo antiguos textos de Kawaji, Gyofu Soma o Rofuu Miki... escóndete en un cine de barrio a ver reposiciones de Maciste o de aquellos ojos Loren mirados por un Fabrizio en camiseta de tirantes... píllate en dvd «2046» de Wong Kar-Wai y encuéntrate en los ojos de Maggie Cheung o en el ardor de Tony Leung... escucha como si fueras yo el «Living in road» de Lhasa de Sela y siente cómo la seda te rodea para hacerte dormir en su tensión...

La soledad de la ciudad es bellamente dramática, y en ella son los muertos los que caminan y rezan, los que alzán las calles antes del mediodía, los que cierran las puertas si atardece... La sombra es de los hermosos vencidos... de nosotros... la sombra siempre será nuestra, y por eso la sembramos cada tarde mirando con nuestros ojos a la tierra.

Monday, November 13, 2006

Emilio Carrere

Es curioso cómo los estados de ánimo van marcando el camino de la posibilidad, de tal forma que todo el mundo tenga en cualquier momento un motivo para matarse y otro para no hacerlo en ninguna circunstancia. Y son los estados de ánimo los que vencen las dificultades o las hacen insalvables, los que propician el éxito o los que lo niegan de forma neta.
Todo es posible partiendo del cero... y también todo puede resultar imposible... de ahí que tenga una gran importancia la actitud que tomemos ante cualquier circunstancia de la vida... y que conste que no hablo de estados de optimismo o pesimismo, sino de disposición individual hacia consecuciones de índole positiva o negativa, porque también lo negativo hay que trabajárselo, y a veces duramente.
En todo caso, sí que es importante que a los estados de ánimo se sume la razón para moderar la carga intuitiva con la que generalmete determinamos nuestros movimientos, y eso siempre entraña dificultad y, sobre todo, aprendizaje.
En una persona fundamentalmente intuitiva es necesario que concurra la razón para que no sea la arbitrariedad la que domine en sus actos.
No sé.

Sunday, November 12, 2006

Ángel García López

Sentir piedad es la forma más hermosa de venganza que conozco, pues colma a quien la «asesta» y salva a quien la recibe.
Que no sirve la tierra quemada para conquistar si se compara con una sonrisa piadosa que contenga la sabiduría de la derrota que le otorgas al vencido.

(13:24 horas) Sigue mi Felipe cerril y preadolescente, jodiéndome cada día los minutos de sonrisas que reservé hace tiempo. Está convirtiendo esos minutos de recuperación diaria en los minutos basura que marcan la inflexión entre mi felicidad y mi desastre. Ya no le sirvo como modelo, está claro, ya no me quiere como modelo de nada y todo su afán es chocar conmigo, contra mí. Y yo no sé encotrarle modelos en los que crecer; a su edad los modelos se buscan por uno mismo y se gestionan en clave de gozo y comodidad, no de esfuerzo. Sí, sé que me he equivocado en su educación, pero también sé que me hubiera equivocado con cualquier otro proyecto educativo distinto.
Ahora tengo claro que él marcará su camino y yo sólo podré hacer funciones de refugio y de intendencia, y que con esas razones tendré que saber negociar bien para que no me devore.
Cuando llego a casa por la noche, entro a su habitación y le beso en la mejilla mientras duerme, y le digo despacito todo lo que le quiero –algo que no podría entender si estuviera despierto–. Le tapo con el edredón y percibo que un hijo preadolescente dormido es un gozo del que hay que abusar para no caer derrotado.
Con el tiempo será un buen tipo –ya lo es– y quizás vuelva a mí como antes, pero hecho a sí mismo –mal o bien, que no lo sé ni lo puedo controlar– y volveremos a hacer cosas juntos porque él así lo decidirá.

(17:16 horas) Dos mujeres merendando juntas como en el relato «Arcilla» de «Dubliness», dos mujeres comprando pastelillos, dos mujeres hablando en un café, dos mujeres anarquistas paseando por la Rambla en el 36, dos mujeres odiándose... siempre dan buenos resultados literarios dos mujeres... o no.
Balthus, el hijo de Rilke, pintó a Thérèse con las piernas desnudas y cruzadas, mirando justo detrás de mí, relajada, impúdicamente sentada para la soledad, con sus manos posadas de forma magistral... Y en «Los días dorados», otra Thérèse mirándose al espejo, dejada a su alegre suerte, tendida, desarreglada y bellísima... La genética almacena y desenvuelve, regala y castiga... Y no es azar; es una vieja maleta que se lleva sin saber su calidad de tesoro o de infierno, y se abre un día, y uno se viste con la ropa que contiene, y crea o destruye... o simplemente se ve tan mediocre como sus antepasados y se queda igual, justo donde estaba cuando abrió el bulto genético.
Balthus, Rilke, Joyce... con su cosita Ulyses de imaginarse el padre párroco que en su púlpito acumula el poder... Pavese, Celan, Pizarnik, Zenobia... con sus misterios únicos y eternos... Yo, solitario y tendido como las calles que se estrenan cada mañana, pisadas tantas veces, sinuosas, sin conocer la misión de las sombras que las transitan.
Dos mujeres merendando juntas... Un hombre solo que espera... Las calles preparadas para el desfile de sombras, acumulando pasos perdidos... La genética eclipsándose en unos y amaneciendo en otros... El Norte indefinido que se hace Sur justo a la vuelta... Dios no existe... Dios no puede existir... Dios no debe existir.
(18:44 horas) Debería reírme de cualquier cosa que me afecte y que no dependa exclusivamente de mí; así caminaré más tranquilo, sin intentar ser parte del solucionario hasta que mi única postura sea la de la decisión. Me ahorraré pérdidas enormes de tiempo en pensamientos absurdos y en planteamientos indecidibles, y así podré decdicar más tiempo a mi podre particularidad, a mi fugaz individualidad y a mi pereza creativa.
Somos demasiado de los demás, y todo por voluntad propia, por exacto metichismo, por ese jodido pensamiento que se sustenta en que unidos somos más fuertes –claro, siempre que compartamos sólo los beneficios, no te jode–. Las cadenas de soledad ya son suficientes... como para meterse en los millares de cadenas de cada uno de nuestros conocidos.

Friday, November 10, 2006

Antonio Gamoneda


Recibo hoy un bonito regalo de noviembre, pues Antonio Gamoneda me envía su nuevo libro, «Sílabas negras», editado por la Universidad de Salamanca como saldo en letras del XV Premio Reina Sofía que le fue otorgado al poeta y amigo; y me agrada más porque la edición está a cargo de su hija Amelia y de Fernando R. de la Flor.
Recuerdo ahora al poeta en Cambrils, achacoso y locuaz, intentando un cigarrillo a escondidas... o en la Sierra de los Pedroches cordobesa, ambos sentados en el recibidor de un hotel mediocre... o en Béjar, conociendo de primera voz una salsa para carne que hace mi madre a la que en casa llamamos «hijoputa» –no sé si Antonio llegó alguna vez a probar la receta–. En fin, que leeré sus negras lágrimas con lentitud arcana, en silencio –sin música– y buscando concentración... porque yo aún tampoco sé que soy unas manos.
Gracias, Antonio.

(22:24 horas) Los días de otoño que sienten nostalgia del verano me deprimen profundamente. Suelo despertar con la idea clavada en la frente de un paisaje xantofílico con media niebla jugando al escondite de los castaños, los robles y los álamos... incluso en el entresueño huelo la humedad de una noche eterna de lluvia.
Cuando abro la ventana de mi habitación y me doy de narices con un sol hiriente, casi insultante, se me cae el mundo...
Despierto a Guillermo –ya estamos él y yo solos en casa a las ocho y media– y lo llevo a mi cama para que vea diez minutos la tele mientras me ducho y me aderezo –eso le sirve para conectarse poco a poco con el mundo–... me visto y luego procedo a vestirle a él entre cosquillitas y risotadas –más dosis de conexión positiva con el mundo–... Desayunamos nuestro tazoncito de leche con Nestquick, arropado por unas galletinas o unas magdalenas, y de ahí al rito de los pises, la lavada de dientes a la par y el peinado repeinado con agua corriente y colonia –mi niño se ducha siempre antes de acostarse, porque si no la prisa de la amanecida nos sacaría los nervios a los dos–. Luego, el rito de las gafas, ponerse los zapatos, revisar la mochila para el cole, embuzarnos en abrigos, cazadoras o trenkas... y armar un zipizape de carreras para ver quién llega primero al ascensor, quién abre la puerta del portal o quién toca vencedor el capó del coche.
Y de esas carreras breves pasamos a la más importante del día: llegar a la puerta del cole antes que Daniel y su madre o que Juan y su padre, adelantar al furgón de reparto de pan o poder detenernos justo en nuestro lugar de parada favorito –al lado de la barandilla que protege la puerta del cole–. Y dejo allí a mi compañerito diciendo adiós con la mano y tirándole besos mientras le veo enredarse en conversación con algún coleguilla que espera en la puerta...
Y de allí a la tristeza del día de otoño soleado, con la chaqueta y el alma sobrándome, camino al curro –más tedioso y desolador que el puñetero día de sol– para ser un cero a la izquierda de la nada.
Mi hijo me salva, por lo menos.
¡Gracias, chaval!

Sunday, November 5, 2006

Roger Wolfe

Una constante del hombre es trabajar para aminorar sus incertidumbres –quizás sería mejor decir «su incertidumbre»–; no quedarse perplejo y no tener dudas parece el no va más de la seguridad y, por tanto, es muy sugerente pensar que cuando se aminora la incertidumbre se alcanza felicidad... pero la falta de incertidumbre lleva a la quietud, y de la quietud llegan los males propios y ajenos al intentar mantenerla y protegerla.
Prefiero buscar la felicidad en la incertidumbre y en la inquietud, en las preguntas y en los temores, aunque sé que nunca llegaré a ella, pero percibo que ése es el camino más atinado.

LISTA DE LA COMPRA PARA INTENTAR SER INQUIETO

• No me haré viejo.
• Desharé siempre cualquier estado que me lleve a la armonía.
• Practicaré la desobediencia civil, la religiosa y la militar.
• Viajaré todo lo necesario.
• Buscaré constantemente cambios en mi vida.
• Intentaré comprender todo lo simple.
• Alimentaré mi curiosidad a diario.
• No me enamoraré de personas.
• Aprenderé cualquier ritmo para saber romperlo mejor.
• Intentaré que nada me sea necesario ni suficiente.
• Buscaré la belleza en el desorden.
• No faltaré a las leyes de la naturaleza [es absurdo].
• Sólo me sentiré obligado con mis hijos.
• Propiciaré la confusión entre quienes me rodean [es un magnífico principio de soledad].
• Tan sólo reconoceré mi mediocridad ante quien me merezca respeto.
• Crearé y destruiré mi tiempo como me venga en gana.
• Seré el dios de mí mismo.
• Tendré siempre en cuenta que es mejor intuir que comprender [la intuición abre puertas y la comprensión las cierra].
• Daré la calidad de real a todo lo que me permita salir de mi agujero.
• Crearé para conocerme y reconocerme.
• Buscaré lo improbable para crecer o ser eliminado.
• Moriré solo.
• Intentaré morir por sorpresa.

(14:06 horas) Recibo jugosa llamada de José Luis Morante y percibo que andamos en el mismo tono de siempre y que caminamos a la par, tanto en los momentos de vacío creativo como en la mirada hacia el mundo. Tengo muchas ganas de verle para charlar largo y tendido del mundillo mierdoso de la literatura y, cómo no, de levantar nuevos proyectos en común que me pongan ganas y algo de esperanza.
(16:30 horas) Ya estoy dándole final a la antología de Luis García Montero y debo apuntar dos cosas: que su primera época me gusta mucho más que la de los últimos tres o cuatro años y que le noto imbuido de un aura que no le pertenece, vamos que se ha hecho un poeta del dinero que no ha sabido marcar diferencias entre su poesía y sus ahorros... y eso se nota siempre para mal.
Mala suerte la del poeta con suerte... mala muerte la del poeta con suerte.
Después de leer el libro sólo se me ocurre preguntar: ¿De qué vas, Luis? Eras bueno y ahora eres rico. ¿Por qué lo has jodido todo? Es una falta de inteligencia no saber llevar estos dos aspectos –el creativo y el económico– por caminos paralelos.
(16:48 horas)

Te preguntarán
verdades tautológicas,
subíndices de anhídridos,
el valor de una curva a partir de dos datos,
la historia de Plutarco,
el arte en Capadocia...

Te preguntarán
los flujos migratorios desde el sur a tu tierra,
la estética de Tápies,
el sintagma verbal
y la función sináptica del sistema nervioso...

Querrán que tengas base
de moral y de historia,
que entiendas cómo crecen
las plantas en los campos,
que sepas operar
con una o dos incógnitas
o que sientas el mundo
tal como lo hacen ellos.

No tendrás más opciones
que rendirte a sus normas
o ser un desclasado
feliz –entre otras cosas–,
pero ten muy presente
que si no te doblegas
debes ser fuerte y uno,
sensible y destructivo.

Ellos querrán que sepas
lo que les hace fuertes.

Yo estaré satisfecho
con un «insuficiente».

[dando esperanza a un hijo fuera de los percentiles educativos actuales]

(22:14 horas) Noche para ofrecerme a la loca pensando en su somier, en su despertador antiguo, en las sábanas de su cama estirada. Noche para ser el amor en soledad, la risa cáustica y sardónica de Welles. Noche para cruzar mis piernas frente a la computadora en blanco y negro, y escribir como un insecto con los ojos compuestos y las alas quemadas. Noche para el teléfono portátil –para apagarlo, claro–, para el verso antipoético de Nicanor Parra –«estos hijos de puta no me dieron tiempo ni para ponerme el abrigo sin decir agua va me sacaron a empellones uno me dio un culatazo en el tórax otro degenerado me escupió pero yo no perdí la paciencia... me llevaron a una calle desmantelada cerca de la estación de ferrocarril en un furgón de los radiopatrullas y me dijeron ahora puedes largarte... yo sabía perfectamente lo que eso quería decir... ¡asesino! ...debiera haberles gritado pero morí grtando Viva Stalin»–. Noche para el vicio que no se perdona, para perpetrar un poema, para saber a ciencia cierta quién es el sicario, quién el humillado, quién el adúltero, quién el pobre, quién el corrupto... La corrupción... el peor de los estados del hombre... el corrupto es peor que el asesino, que el violador, que el vulgar ladrón... y en esta noche andan los corruptos salpicando su baba por las calles de camino a sus casas, con los bolsillos llenos de un dinero miserable y hacia la peor soledad, la soledad sin escrúpulos. Noche para la ebriedad que haga olvidar tanto asco.
Soy blanco y negro para no ser gris, blanco de las miradas más hostiles y negro de los que toman mis versos como suyos. Estoy vacío como una botella que embriagó y no queda ni una gota de palabras en las vísceras. Blanco y negro y vacío. Bonita noche con niebla al fondo para confundir a las alimañas y a las víctimas. Noche de otoño.
Fúmame (jajajajaja).

Saturday, November 4, 2006

Luis Alberto de Cuenca

Mis pensamientos, mis actos y mis sentimientos crean el tiempo en el que suceden, y jamás al contrario. Está claro, por tanto, que el tiempo –mi tiempo– lo creo y lo destruyo continuamente, constantemente... y no es él quien me marca su paso, sino que soy yo quien lo va anotando y tachando. Por tanto, el tiempo ni se gasta ni se usa... sólo se crea.
Esta nueva percepción de potencialidad me hace más fuerte, me empeña más en hacer, en crear, en pensar, en sentir. Si vives intensamente, está claro que vives más tiempo, porque el volumen de tiempo creado es mayor que el que emana del hombre anodino, y por tanto el tiempo vivido es también mayor. No es cuestión de años, meses o días... es cuestión de tensión e intensidad, de tal forma que alguien con treinta años cumplidos puede haber vivido mucho más tiempo que otro ser con cien años contados.
[Trabajar más en esta idea].

(12:55 horas) Entre la bella aforística de Jonathan Swift, hay un apartado dedicado a la religión que no tiene desperdicio alguno. Dice el colega en su aforismo número 67 que «Somos lo bastante religiosos para odiar, pero no lo suficiente para amarnos los unos a los otros.»... Y vuelvo a mi convencimiento de que en la idea breve y bien trabada está la mejor filosofía, la mejor creación y el mejor arte... Y comienzo la lectura de «Poesía (1980-2005)» de Luis García Montero para intentar reconciliarme con esa palabra que un día fue luz para mí y que con el tiempo recaló en palabrería. Me apetece salvar al García Montero que me tocó con sus «Flores del Frío», con los «Poemas para Tristia» o con «Diario cómplice», sólo eso... que a lo mejor es demasiado.
(19:54 horas) La conducta de las personas que dirigen el mundo globalizado es infame, pues juegan a excluir y a incluir a su antojo en ese paraíso del conocimiento que han creado. Ahora el pobre es más pobre, el rico es más rico y el olvidado mucho más olvidado... pobreza global y olvido global... nunca riqueza global. Claro, que estoy hablando de conceptos virtuales, y me afirmo: ¡¡¡Pobreza global!!!

(22:51 horas) «Es horrible morir así de fea...» escribió Raymond Chandler y me gusta la porposición como título, como principio y como fin de un libro... Llegar bella a la muerte es un asunto interesante sobre el que dar vueltas y vueltas... Es horrible morir así de fea... es horrible morir... así de fea... es horrible... morir... así... es horrible... morir.
Y es que la muerte no quiere presas agotadas, quiere muñecas rotas, bocas húmedas y calientes, ojos grandes, cabellos bien peinados, cuerpos para celebrar con ellos el rito más necrófilo, ardor, guiños, tersura... la muerte quiere ángeles caídos, rosas frescas cortadas de su tallo... para darles el beso último y dejarles el gesto más sereno que nadie ha imaginado... Puede ser delicioso prepararse mil días para una muerte bella y para ser bellos en la muerte... un fin en sí mismo de la estética... un hedonismo militante hasta el final... un arte tan concreto como una naturaleza muerta o un cuadro tediosísimo de Antonio López.

Friday, November 3, 2006

Máximo Hernández Fernández


Envejecer es un proceso inexorable de humillación: humillación de lo potencial, humillación del pensamiento, humillación de la idea de libertad, humillación del cuerpo, humillación de la especie... La naturaleza también nos humilla cuando nos oxida, y lo hace, rebajando la atención y la tensión de cada uno de nuestros órganos, tanto de los receptores como de los fenectores.
Un anciano, por tanto, es un tipo que ha sobrepasado los percentiles de vida, por lo que se ve castigado en un humillante y lento proceso de apagamiento que agota e invalida.
El hombre, con sus afanes científicos, no es capaz de arbitrar medidas asociadas contra el envejecimiento que lo dignifiquen, de tal forma que mientras se avanza en el retraso de la muerte, no se producen apenas avances en el humillante proceso de degradación, lo que conforma sociedades con un índice cada vez mayor de personas no válidas para el disfrute de la vida ni para el progreso en un espacio natural. El fracaso se patentiza en la gran legión de enfermos de tiempo y desgaste, personas que no son capaces de mantenerse si no es con la ayuda social o familiar, personas que ya no habitan su cuerpo –puros vegetales– o cuerpos que no son capaces de mantener la lucidez de sus mentes.
Alguien está cometiendo un grave error no dejando que la naturaleza actúe con sus leyes, un error que se ha de pagar cuando alguien decida acercar la ley natural a la norma moral... Y, mientras, continúa la humillación desolando a millones de individuos y sojuzgando a millones de familias en la obligación de cuidar a sus ancianos a cambio de vida.
Yo no quiero llegar a esos extremos jamás. Prefiero morir de lo que venga o de lo que yo decida, no quiero sentir la humillación de que mis hijos me limpien las heces, de sentirlos hundidos y fracasados por mi culpa... No quiero vivir si no puedo hacerlo por mi cuenta, no quiero.

(22:06 horas) Caigo de pronto en la cuenta de que el icono más repetido en la obra de Alberto Hernández son las cruces –ni las espirales, que son muchas, ni los peces, ni los últimos árboles secos (¿viñedos... plátanos podados... acacias torturadas?) aparecen en sus cuadros tantas veces como las cruces–. Cruces como sombras, cruces como grafías, cruces conformándose en sus eternas presentaciones adameradas, cruces clavadas en la sombra, echando raíces, cruces de luz, cruces de humo, cruces en aspa, cruces invertidas... ¿Por qué estas cruces?... ¿Por qué no había yo dado con este icono en las constantes visitas que hago a la obra del amigo? Por curiosidad he pillado algunos de los catálogos de Alberto que tengo a mano y me encuentro en el titulado «Secando la luz», editado por la Diputación de Lugo, una obra de 2002 de 85x80 cm. –que también aparece en «Pintando con fuego»– realizada sobre el atercipelado tono naranja clásico de Alberto y conteniendo una cruz amarilla en la parte superior izquierda y una suma de tres cruuces blancas horizontales jugando a deshacerse. En el mismo catálogo aparecen otras 5 cruces adameradas de gran formato. En el catálogo «Polípticos» aparecen tres grandes cruces adameradas y en el catálogo «Cercos 05» aparecen también las presentaciones adameradas con cruces, en siete obras exactamente.
En el caso de los cuadros adamerados podría entenderse que las cruces vienen marcadas por la simetrías de las teselas... pero en los dípticos o en los cuadros de una sola pieza, ¿por qué aparecen con tanta frecuencia?. Y lo mejor, ¿por qué me hago yo estas preguntas?... Más cuando sé que Alberto es un heterodoxo y que su juego plástico bulle en terrenos que están más cercanos a lo instintivo que a lo racional. ¿Por qué tengo la necesidad de interpretación de una obra que ya acepto como monumental y, cómo no, indescriptible?

Lo cierto es que me he empeñado en ir dejando la huella del artista Alberto Hernández porque siento como una suerte única poder compartir con frecuencia su mundo sensible, poder disfrutar de su obra en mi trabajo y en mi casa, poder horadar en alguno de los resquicios de su mundo cuando tomamos café. Sí, yo sé que es grande porque trabaja para esa nada que es la eternidad, porque lucha en una vibración del arte que tiene mucho nuevo que decir y muchas bases que sentar y asentar, porque es un autentico pionero y sabe arriesgar en la realidad experimental dando pasos de gigante en cada una de sus nuevas propuestas. Sé que Alberto será hito, referencia y referente –ya lo es–, y sé también que el tiempo habrá de escogerle entre los hombres buenos y valiosos.
Yo sigo mirando su obra cada día con estupor y verdadera admiración, sin poder creerme que voy siendo un pequeño testigo de su suceso vital y artístico, y ello me hace feliz y me llena de orgullo.

Thursday, November 2, 2006

Karmelo Iribarren


La magnitud de la improbablilidad es la que me arroja siempre cierto grado de esperanza, porque lo improbable acaba sucediendo con asombrosa frecuencia: Improbable era la evolución desde lo unicelular hasta lo humano, y sucedió, como improbables son cada uno de los sucesos diarios que afectan a animales, plantas y cosas. No se espera el suceso –pues hay mil posibilidades de mucha mayor probabilidad–, pero lo improbable llega y produce sus giros, cambia destinos, enturbia futuros o los despeja... y en eso fío, porque la vida ya me ha demostrado varias veces que el control no sirve, como no sirve el camino perfectamente trazado. Damos bandazos en unos parámetros que nos resultan inexorables y el cedazo de la fortuna hace su juego, unos pasan a ser la justa mena social y el resto sobrevive en la escoria y la alimenta. El hombre es una anécdota que ríe o llora sin poder dominar el gesto de su boca.
Un buen remedio para ir pasando el trago hasta que llegue el día en que lo improbable suceda, es reírte a mandíbula batiente de los demás justo cuando despiertas con el día y partirte el culo de ti mismo en el exacto instante en que el cansancio te vence por la noche. Otra solución implica siempre más sufrimiento del necesario, y no estamos como para ir derrochando esa clase de energía.
(21:04 horas) Hay ciertas personas con las que hay que utilizar siempre el tono categórico –que es el de los predicadores– para que caigan sin problemas en tus redes. Normalmente son los tipos más mediocres, los que cuando te ven lleno de dudas venidas de la razón se elevan sobre ti para machacarte. Yo confieso que cada día utilizo más este tono impostado en mi voz, pero suelo mezclarlo con ironía y acidez.
(22:13 horas) Asentarse en una idea y dormir... eso es lo que más me molesta del hombre, ojo, pero de cualquier hombre... Mis amigos de izquierda adaptados a su idea de la izquierda como mojados conservadores, mis amigos poetas chorreando en su rol de palabreros egregios de la nada, mis amigos profesores imbuidos del «no» que es tener la vida arreglada en un margen de nómina cercano a los dosmil o tresmil euros, mis amigas templando su halitosis feminista y disfrutando en problemas de nada como musas, mis musas con su insana costumbre de olvidarme por otros hombres... Todos/as muertos de complacencia, todos ataditos a sus convenciones –las convicciones son otra cosa–. Ser distinto también resulta convencional cuando te empeñas en ello sobre todas las cosas.
Quisiera despertar mañana y hablarle a cada uno de ellos a la cara y con franqueza: decirle al amigo de izquierda que hay una estética de la resistencia que le es opaca, decirle al amigo poeta que sus versos son mucho menos que una gota sumada al mar, decirle al amigo profesor que hay una ética que está por encima de las palabras y habita por debajo de la piel, decirle a cada una de mis amigas que en su sexo aún hay jugos que no han sido libados, decirle a mis musas que hago el amor de tarde en tarde y ya no pienso en ellas... y decirme a mí mismo que también soy convencional en mi cobardía, que soy un cero a la izquierda de todo lo que me rodea, que no doy ni un uno por ciento de lo que podría dar, que no sé ni ser fugitivo, que estoy adormecido, blando, muerto, completamente imbécil.

Wednesday, November 1, 2006

Antonio Gómez


Día festivo sin salsa, soso de atar, aunque bonito como descanso para el curro calendariero. Lo salvó un poco una actividad de la Fundación Premysa a la que asistí con mis dos chavalotes, un partido de basket sobre ruedas protagonizado por el equipo Fundosa, de la Fundación ONCE, que tiene en su palmarés gran cantidad de éxitos nacionales e internacionales. Me llamó mucho la atención uno de sus bases, Jorge Iglesias, un tipo vivo, nervioso y muy mediático que me pareció el alma del equipo –le hice una foto junto a mi hijo Felipe–. Es impresionante ver cómo dominan la silla y la bola al mismo tiempo, sus estrategias de defensa –son duras– y sus armadas jugadas de ataque... y sobre todo la alegría, el buen rollo y las ganas de todos los integrantes del grupo, gente amable y dura a la vez, con la sonrisa siempre en la boca y con un afán de superación que para mí lo quisiera yo.

Muy bien por Premysa en esta actividad, que va un poco por el camino que ya anoté en una densa reflexión de hace un montón de meses, hay que tener presencia social en el ámbito de actuación con propuestas tan lúdicas y apasionantes como la de hoy, que la gente empiece a hacer suyo el nombre de la fundación y a masticarlo con la amabilidad que le suman este tipo de actos –sólo falta que esto sea más y más frecuente–. Y una pequeña pega –que para quienes empiezan en estas cosas no es nada–, y es el protocolo que ha de cumplirse en estos actos para vender mejor la imagen del proyecto.

Desde mi punto de vista, no debe ser el gerente el que actúe de presentador, que la gerencia siempre es para estar en tribuna atendiendo a invitados y sirviendo imagen junto al presidente y las distintas autoridades. Y otro detalle: creo que ya es fundamental que Premysa tenga su imagen en distintos soportes dignos y unitarios (placas, figuras en peana, insignias y todo tipo de «vending») para ofrecerla a sus invitados y a sus visitantes en vez de un extraño Quijote metálico metido en cestita de castaño... Y es que vender imagen es tan importante como llevar a cabo buenos proyectos. Por si me leen los colegas premysos, a los que aprecio de verdad, creo que ya es tiempo de pensar en darle un buen formato a su protocolo y ponerlo en práctica cada vez que se presente la ocasión. También faltaron unas breves palabras del presidente centrando la actividad de la fundación para que alguno se enterase de lo que va... Se notará en el resultado, lo juro.

Y me repito porque me apetece, y lo escribo con mayúsculas porque la actividad se lo merece de verdad: ¡¡¡OLÉ LOS COJONES DE LA FUNDACIÓN PREMYSA!!!
Mis hijos llegaron a casa entusiasmados y con la admiración hacia los jugadores grabada en sus frentes.

Felipe, que se atrevió a participar en el concurso de tiros desde una silla de ruedas (quedó segundo... y por poco se lleva el balón firmado por todos los jugadores del Fundosa) no hacía más que comentarnos durante la comida que era muy difícil manejar el balón sin ayudarse del cuerpo... «y luego mover la silla de ruedas y el balón a la vez, papá, eso si que debe de ser chungo...».
Lo dicho, enhorabuena.

(17:21 horas) tomé café con Alberto Hernández y el colega mostró curiosidad por los títulos que hace unos días le puse a las obras de su catálogo «Malen im feuer / Pintando con fuego». Como sé que lee estas páginas con frecuencia, paso a enumerar el rol de fracasos que se me ocurrió (por lo menos me sirvió para pasar la tarde y acabar mi poema de castigo):
Pág. 11: Las banderas son el metal de sus mástiles.
Pág. 13: Arquitextura orgánica para un vino joven.
Pág. 14: No es remanso la paz de los nublados.
Pág. 21: El rey ha muerto y Arlequín viste de luto.
Pág. 25: No hay bosque inquieto cuando las ramas son ceniza.
Pág. 27: La herida geométrica también sabe a dolor.
Pág. 29: Tratado de mineralogía orgánica (salazón en pareja).
Pág. 31: No basta una espiral si buscas cruces.
Pág. 32: El vacío se llena con vacíos menores.
Pág. 35: El Grito [Homenaje a Munch]
Pág. 37: El humus fertiliza los colores... los contiene.
Pág. 38: Bon apetit [madrigal marino]
Pág. 40/1: Tratado de urbanismo
Pág. 40/2: Tánatos no duerme nunca.
Pág. 40/3: Dios mira raro.
Pág. 40/4: Paralelo contrastado imposible.
Pág. 41/1: Runas abisales presagian la muerte.
Pág. 41/2: Las hijas blancas miran con estupor su mundo.
Pág. 41/3: Los clavos de Cristo se oxidan sin remedio.
Pág. 41/4: Las hijas blancas en el mar de noche.
Pág. 43/1: Busca su vertical el muerto.
Pág. 43/2: La memoria es sólo la sombra de los túmulos.
Pág. 44: Odio el Quijote.
Pág. 45: Desnudo de Melibea.
Pág. 47: Noche que encierras cada amanecida [resurrección y muerte]
Pág. 49: Paspartout para un haiku.
Pág. 53: Busca el muerto su vertical y encuentra sombra.
Pág. 54: Libro abierto.
Pág. 56: La magnitud cromática del humus.
Pág. 59: Paspartout de invierno.
Pág. 60: Caleidoscopio adamerado de una esfera.
Pág. 61: Las huellas dactilares del dedo que fue dedo.
Pág. 62/1: La corbata de Caín.
Pág. 62/2: La corbata de Abel.
Pág. 63: La tragedia y sus ángulos más críticos.
Pág. 64: Un clamor de metales se hace sombra en las manos.
Pág. 67: Al escribir se tacha la vida.
Pág. 68: Noche en el centro del día.
Pág. 69: Cuatro relojes sin horas posibles.
Pág. 73: Sábana Santa.
Pág. 75: Paspartout para nada.
Pág. 77: Minarete a la izquierda [Guerra santa]
Pág. 82: Aurora se peina tras los visillos a las tres de la tarde.
Pág. 85: Hija blanca leyendo sentada.
Pág. 86: A mis hijos les crecen espinas [pubertad]
Pág. 89: Placa Petri con cultivo de una idea abstracta.
Pág. 90/1: Escena de caza.
Pág. 90/2: Cosecha de 2006 [buena en cenizas]
Pág. 90/3: Paisaje textil [naturaleza muerta]
Pág. 90/4: El horizonte es rojo y hace señales líricas.
Pág. 93: Comida de familia con la muerte mirando.
Pág. 94: El peine planetario de Aurora mira la noche tras un árbol.
Pág. 95: Cuarto de baño con pendientes, pasadores y el peine de Aurora.

El juego puede ser chulo si lo descontextualizas todo, si juegas a imaginarte cómo serán las obras a partir de los títulos mediocres con los que las he nombrado. En todo caso, el mejor hallazgo para mi gusto es el de las hijas blancas y el del peine de Aurora.
Cuando el Diablo no tiene nada que hacer...
(21:20 horas) ¿Por qué razón hay palabras oficiales en los idiomas y otras que no lo son?... si todas se pronuncián, se mastican, definen sentimientos, situaciones, animales o cosas; si todas encierran un concepto que sirve para la comunicación... No entiendo en qué se basan para que un término de argot no entre en los reales diccionarios académicos –sí entiendo, por supuesto, que hay norma establecida, coño, pero no entiendo esa norma–, y cómo se adjudican valores contrarios y contradictorios a términos preclaros y se permite que los comunicadores de masas los usen a diario de forma equivocada sin que les multen gravemente o los suspendan de empleo y sueldo.
La educación lleva mal paso por dentro y por fuera... hasta la Lengua –como asignatura– renombra cada año sus conceptos y confunde a las mentes necesarias para extenderla... lo que antes eran adjetivos, pasaron a llamarse algo así como determinantes... y veo en el libro de Lengua de mi hijo que vuelven a ser adjetivos este año... no podrían sancionar también gravemente a esa jodida caterva de filólogos que asesinan a nuestros muchachos desde los libros de texto –con los que hacen negocios magros–. ¿Dónde quedaron los clásicos conceptos de «nombre», «adjetivo», «verbo», «preposición» o «artículo»? ¿Por qué los «sintagmas», los «complementos» y tanta pollología vinagrera? Limpien, fijen y den esplendor, camuñas de culos planos, y dejen de confundir tanto, que nuestros chavales ya tienen bastante con tener que chapar Educación Física (antes Gimnasia) –el trigémino y sus adláteres–, Música (antes no había) –los instrumentos africanos, la zarzuela y su puta madre–, Tecnología (antes Trabajos Manuales) –los altos hornos, la escofina y la sierra de inglete–, Sociales (antes Geografía e Historia) –los movimientos demográficos, la morbilidad y el IVA–, Plástica (antes Dibujo) –la estética de Munch, la evolución de Miró y sus iconos o dibujar la apotegma en una circunferencia previo estudio matemático–, Francés, Inglés, Religión –que ahora ya se imparte en las horas de mejor rendimiento–... No nos compliquen la vida ni el futuro, coño, que antes teníamos dos asignaturas troncales con muchas horas –Lengua y Matemáticas–, tres materias medias –Física y Química, Latín y Geografía e Historia– y unas cuantas marías a las que sólo había que asistir a clase para salir con el cinco fijo. No nos jodan, coño, de verdad, hombre... que de los de antaño salieron abogados, químicos, matemáticos, directores de banca, profesores eméritos, ingenieros... y también pasteleros, carpinteros, churreros... de todo, coño, de todo... y aquí estamos, habitando el mundo –que él ya se encarga de moverse solo–... Como mínimo sería bueno que argumentaran un sistema educativo que aportase a nuestros hijos confianza y no tanto jodido fracaso.

Sunday, October 29, 2006

Herme G. Donis

Hoy ando como Gorgias, coño, o peor, porque para el difunto periquito no existian el «ser» ni el «no ser»; sólo admitía la palabra como existencia bella o poderosa... Y para mí, hoy, ni la palabra parece tener existencia.
Gorgias Comendador de los cojones... metido ya diez días en un poema y sin saber salir... dándole vueltas a un concepto que está claro en la cabeza, pero que se niega a aflorar en la mano para ser poetizado.
Las horas bajas son así... lentas, tediosas, fracasadas... y cuando se enfrentan a los pequeños momentos de lucidez, parecen la postal de un enorme muro o de una selva inexcrutable.
Lo curioso es que me entreno en sonetos y funciono, estoy ágil, vivaz, ocurrente; aparecen los vocablos con facilidad, las rimas nacen y la medida es una marcha militar que no requiere más que el tiempo de escribir sus trazos... pero el poema que busco, el necesario para estos días, se niega a salir, está enquistado en la cabeza como un forúnculo enorme y doloroso.
Y ya llevo escritos varios folios de texto con la intención de centrar mi idea y para buscar pistas que me lleven al poema, pero no funciona... no funciono... y el reto sólo está ya en que aparezca preclaro el verso final, el que resume y ciega, el agota y deja puesto el indicio como un lazo que es trampa y decorado.
Seguiré en la pelea todo el día, pues esta vez he decidido no desertar, que es lo que hago siempre que esto me sucede.

(12:35 horas) Ando desconcertado con el cambio de hora –mi estómago también– y dedico un buen rato a releer y a remirar el catálogo de la última exposición de Alberto Hernández –«Malen im feuer/Pintando con fuego»–, y caigo de pronto en la cuenta de que mi colega no pone título a casi ninguna de sus obras –en este catálogo sólo figuran tres obras tituladas: «Pi a tu derecha», «Peces» y «Somier» (este última título en dos casos)–... Y me pregunto la razón de esa parquedad tituladora. Puede ser que de esa manera no se predisponga al observador a caminar por una sola senda interpretativa, lo que le aporta un gran apoyo al alto valor de indicio que aporta cada obra... pero también puede ser un temor del artista a no saber definir el sentimiento que proyecta el cuadro o a cerrarlo de forma arbitraria en un concepto verbal.
El caso es que he dedicado un buen rato a poner posibles títulos a las obras de ese catálogo y, paradojas de la vida, he dado de pronto con el verso final que me faltaba para cerrar mi poema pesadilla... «...un clamor de metales se hace sombra en las manos.»... y es perfecto para ese poema que habla de guerra interior y de incapacidad para mover un ápice de la organización del mundo, que habla de rabia y de incapacidad, de mirada absorta y de no poder hacer otra cosa que pasar y pensar.
Otra vez he encontrado en la obra de Alberto una salida, exactamente en la obra que se presenta en la página 64 del catálogo, un cuadro de 120x120 adamerado con cinco pares de manos abiertas perfiladas con humo y salteadas con cuatro manchas metálicas en las que gritan unas cruces de cobre.
Gracias, colega.

Saturday, October 28, 2006

Odysseus Elytis


Me hubiera gustado ser como Falstaff –o como Oldcastle, que es justo lo mismo–, un gracioso caballero bebedor, gordo hasta estallar y juerguista hasta la muerte. Ser como Falstaff para recibir a mis amigos como se debe, con cenas Pantagruel y perfidias Maldoror... Ayer pasaron por Béjar Tony y Miguelón... y sólo pude tomar un triste café con ellos... ¡Joder!, después de tantos años sin vernos y de tantos buenos años pasados juntos... un triste café de mierda. Por eso también le dije ayer a Maite –que me propuso visita– que espere hasta que le haga señales que propicien un encuentro más vivo. Es jodido querer recibir y no poder hacerlo.
(10:24 horas) Había previsto visita de Urce y Marisol, pero todo se ha torcido por azares tristemente humanos, y lo siento, porque su presencia fugaz suponía un poquito de oxígeno para mí. Tenía preparada la edición de los talleres de poesía de Madrid con la misteriosa intención de escrutar en sus caras el resultado de mi curro... Otra vez será, amigos, que no pasa nada.
(11:49 horas) La mujer es la magia y la pesadilla, el lazo buscado y la posesión destructora. Yo confieso que estoy absolutamente subyugado por lo femenino, pero también extremadamente atemorizado. En fin, a mis amigos Urceloy y Maite les cuento que con una mujer se puede pisar la gloria o se puede caer de por vida en un terrible infierno, y que por ello hay que andar con pies de plomo, pues la química del deseo quita razón y lógica, y la electroquímica del odio sólo funciona para destruir.
Lo mejor, a nuestras edades, es buscar el paralelo a cualquier situación que sugiera conflicto, es decir, mantener la tensión del cruce con la convicción de que nuestras líneas nunca podrán encontrarse. Ahí es donde las relaciones vibran mejor, en saberse sin estar... en eliminar la jodida química que nos hace actuar sin el componente volitivo.

Yo, que en el fondo soy un tipo con suerte, tengo una compañera que sabe ser complemento y dejarme espacio, mi Mª Ángeles, y de ella he aprendido que se suma a partir de la tolerancia y la confianza ciega, amando sin perturbar, teniéndose sin pararse a mensurar la calidad o la cantidad del amor, simplemente dejándolo fluir en común y por separado. Y para que esto suceda, nunca hay que pedirle pruebas al amor, ni hacerle preguntas, ni buscar en él respuestas... y también quitarle el posesivo a cada una de las cosas que se van sumando al vínculo –sé que es pura contradición lo que digo si lo enfrentamos al concepto aceptado y genérico de «amor»– y saber siempre que lo que nos une nos separa, que lo que nos apetece nos quita libertad, que lo que nos embruja nos esclaviza.
Una mujer tranquila, sin temor a la pérdida, sin avaricia afectiva, sin otra pasión que dejar respirar para poder respirar... es la mejor imagen que se me ocurre del amor y para el amor.
Y para el odio... olvido y tiempo.

(13:13 horas) Ayer, enredando en mi biblioteca, encontré mi ejemplar de «Hyperion», y sólo de ver bajo el título el nombre de Hölderlin, recordé algunos pasajes que hace años me llegaron y me dispuse a buscarlos entre el texto. Tenía subrayados, anotaciones, frases inconclusas escritas a bolígrafo en los márgenes, respuestas lacónicas a la narrativa lírica de Hölderlin. Releí con velocidad, parándome en algunas páginas y pasando otras de largo... y me iba llegando la magia de aquella lectura con anotaciones... De allí nació un tiempo literario personal en el que trabajé sobre la imposibilidad de ser, sobre las desilusiones y la posibilidad de superarlas, sobre la evocación de un tiempo feliz y la valoración de sus tristes resultados.
Percibí con nitidez cómo me marcó aquella lectura y cómo me peso la imagen de Diotima, llevándola a la presencia física y poética de Mª Ángeles y construyendo un buen montón de poemas en esa clave y en ese latido Hyperion.
Y el desencanto, que tantos versos me ha dado y me ha quitado, resumido en el dolor de un Hölderlin que fue Hyperion y que terminó siendo yo mismo: «Oh, tú, Naturaleza, con tus dioses; he acabado de soñar el sueño de las cosas humanas y declaro que sólo tú vives, y aquello que los hombres sin paz han conquistado por la fuerza y han escogido, se disuelve como las perlas de cera al calor de la llama».
(16:43 horas) Vengo del café y la conversación allí ha corrido sobre el futuro del colega Cipriano González. Todos mis contertulios –y yo mismo– piensan –pienso– que es la opción más fiable del PSOE en Béjar para acometer una salvadora llegada al ayuntamiento. Si tal circunstancia se diera –que yo apuesto mi mano derecha en ello–, habrá que darle una salida a la dirección de la Fundación Premysa, y en este punto me gusta imaginarme activo, pues ese vacío contiene una bonita impronta de proyectos en los que meterse hasta las cejas y poner en ellos fervor ideológico personal. Sería una bonita salida a este impás de mediocridad en el que ando sumido últimamente, y ahora tengo ganas de moverme. Sí, sé que lo llevo muy crudo como para que alguien piense en mí, pues siempre he sido un tipo incómodo, y también sé que habrá sus dificultades para ajustar con la persona indicada para tal labor. En todo caso, dejo anotado hoy en mi diario –que nunca fue políticamente correcto– que me apetecería un montón poder trabajar en una serie de proyectos que siento pendientes de realizar, y veo en el probable vacío que se acerca una oportunidad preciosa. A ver cómo se desarrolla todo.

(17:15 horas) Hay una foto deliciosa de Manuel Álvarez Bravo, realizada en 1931, que lleva por título «El ensueño», en la que me detengo con mucha frecuencia cuando paso las páginas del catálogo donde aparece. El gesto bellísimo de la muchaha apoyada en la barandilla, la posición de sus manos y el extraño apoyo de su cuerpo me llevó un día a escribir un poema que lleva por título «Una mujer se peina y llueve», uno de los pocos retratos poéticos que he hecho en mi vida, que tiene la curiosidad personal de que cada vez que vuelvo a él me llega un sentimiento concreto que tiene mucho que ver con el amor. Ese poema lo conservo siempre cerca y lo leo asombrado de que alguna vez fuese capaz de juntar las palabras con tal sentimiento estético.
Miro la foto y me deshago.
Leo el poema y me pongo triste.
(18:50 horas) El mejor amor es el imposible, porque siempre mantiene el deseo latente... y el mejor poema es también el imposible, porque sólo es capaz de ser vivido en el sentimiento intimo. Amar la imposibilidad del poema y poetizar el amor como imposibilidad... Una buena forma de no ser para sentirse vivo. Qué jodidamente bonito es el término «imposibilidad»... Hace ya seis o siete años que escribí el poema «No hay posibilidad para los hombres penúltimos», y ahora recuerdo que durante aquellos días mi cabeza era todo un tratado de la imposibilidad.

(22:43 horas) Leo en «i-bejar.com» un artículo de Óscar Rivadeneyra –«Razones y sinrazones de una crisis»– en él me hace una cita ciega para esbozar un retrato de la busguesía bejarana que me resulta muy atinado. Está de puta madre eso de «Son menos mundanas sus crisis, menos numéricas y pragmáticas. Porque el oficio constante de burgués tiene prioridades que la razón de la clase media no entiende, y que van mucho más allá de la perduración de las grandes osamentas del textil en el tiempo, primero, y en el espacio, después. La crisis introspectiva de la élite tradicional bejarana (a menudo oculta detrás del Lacoste y de la Vigilia del Castañar) lleva años dirimiéndose entre el fingimiento de la ostentación o el disimulo de la ruina; no acosada por más horizonte que el de la usurpación de sus privilegios y sus bulas por la insolencia agnóstica de los "nuevos ricos".». Está fetén, chiquillo; lo que sumado al calificativo de «poeta barbudo» que me dedica –y que me gusta un güevo, porque me trae a la memoria cierta cosa Bahía Cochinos que me hace sonreír– es para enviarle un ¡Felicidades!.
Lo dicho.

Thursday, October 26, 2006

Jurij Brězan


De pronto, hoy, como traída por los vientos ábregos, ha llegado una lluvia de realidad que me ha dejado inundado y vulnerable. Sin quererlo, he notado todas mis responsablididades como un cáncer a punto de entrar en metástasis: Tres hijos hacia la nada, una casa con miles de gastos, siete nóminas que pagar cada uno de los meses del año con sus seguridades sociales, siete u ocho créditos que ocuparían tres vidas de pagos, un porrón de gastos generales de orden empresarial, inversiones en maquinaria... los padres y los suegros... la muerte hacia adelante con El Sornabique... las palabras que ya no saben llegar...
«Hay que ser valiente, atrevido, audaz... no hay que tener miedo», me dice una voz adentro, pero la jodida realidad me dobla el espinazo cada tres minutos.
Triunfar es una mierda traída por el sistema social en el que estamos inmersos, una mierda inmunda que viene acompañada de prisa, estrés, dolor de espalda, falta de sueño, competencia y constante sensación de fracaso y de falta de oxígeno.
Si me metí en el negocio de las artes gráficas, fue porque realmente me gustaba –el gusto tiene mucho que ver con los sueños y con el fracaso– y porque quería hacer un intento decisivo de montar algo con lo que poder asegurar el futuro de mis hijos. El jodido resultado es que dedico mi tiempo a la pura mediocridad, realizando trabajos absolutamente prosaicos y teniendo que pasar cada día por mil aros de mal gusto a cambio del dinero con el que pagar mis deudas. Y es un callejón sin salida en el que me voy enredando hacia la infelicidad y, lo peor, es que me doy perfecta cuenta de ello.
El dinero –súmese también la religión, por favor– es el puto mal del mundo, y de él parte esa filosofía de que el cliente siempre tiene razón, una razón vulgar que hace de lo mediocre la opción más brillante. Y en las artes gráficas –inclúyasé el diseño gráfico en el mismo saco– es donde más se sufre la vejación del cliente –del dinero–, pues constantemente te ves obligado a crear imágenes bien pensadas que son escupidas con argumentos tan peregrinos como «cambia el negro por naranja... pon una tipografía inglesa... a la mujer de la foto le quitas diez kilos, le pones una camisa de lunares y los ojos azules... ¡Qué feo, coño!...» y un sin fin de comentarios y obligaciones de cambio sobre tu idea primigenia que la llevan a parecer una prostituta vieja y arrugada.
No hay respeto al trabajo creativo ni a las propuestas que se ciñen a una normativa lógica y establecida, no se da valor a la idea –y nunca se paga si no es a regañadientes–... y luego todo se utiliza para ganar más dinero de mierda.
Si no fuera por mis hijos, le daba hoy mismo un giro de 360 grados a mi vida y me dedicaba a mofarme de todos esos tipos de flor en el culo y mierda en el cerebro... pero seguiré en esto hasta que estalle o me acabe, eso sí, intentando mantener mis dos o tres horas nocturnas de libertad personal y mi callado criterio sobre cada uno de los pericos que me abrasan a diario... seguiré tirando de la ironía y de la acidez en lo que pueda... hasta donde pueda.