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Sunday, July 4, 2010

Intento Wittgenstein y un bajo con goteras.


Conocer y guardar silencio, pero no un silencio ignorante o un silencio que niegue, guardar silencio de complicidad con cada misterio descubierto, es el universo de Wittgenstein... y de pronto, mientras escribía esto con el fin de arrancar una entrada que hablase de conocer y callar, del vicio que contiene el lenguaje... plonc... plonc... plonc... escucho como un goteo y algunos sonidos relacionados con el agua... reviso los grifos de los lavabos, el del fregadero de rodillos, las tomas de agua de la procesadora de planchas, y no observo ningún escape, todo está normal, como siempre... plonc... plonc... plonc... pero insiste el goteo y me pongo nervioso... suena cerquita, pero no sé de dónde procede... enciendo todas las luces de la imprenta y guardo silencio para intentar acercarme al sonido del agua... plonc... plonc... plonc... es la recepción, está todo el suelo encharcado y el agua cae del techo y ha mojado uno de los equipos informáticos, una impresora y el teléfono... decido limpiar primero los equipos y taparlos con plásticos, y luego friego el suelo [el agua que cae huele fatal, a desagüe] y coloco un cubo para que recoja el agua que cae... ya hay tres manchas grandonas en el techo, pero solo cae agua de una de ellas. Quito la placa del techo por donde cae el agua y la dimensión de la gotera es bastante amplia... aviso a los tipos de la cafetería de arriba, miramos sus electrodomésticos y no se aprecia ninguna pérdida de agua, por lo que debe ser alguna tubería subterránea que se ha roto... va a ser una avería gorda con obra incluida... y me pongo de mala hostia, pues esto es el remate a un mes decididamente nefasto, lleno de torceduras y de absurdos.
Hago unas fotografías con el fin de ver la evolución de la avería y de tener material con el que hacer valer mis derechos ante la aseguradora que tenga que ver en el asunto.






El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas.’
[Wittgenstein]

La muerte no es ningún acontecimiento de la vida. La muerte no se vive.’
[Wittgenstein]

He aquí dos pensamientos del filósofo que trata a cada pregunta como a una enfermedad... entonces, ¿quién pregunta es un enfermo filosófico?... ¿un hombre sano es el que no se hace preguntas?... ¿para ser hombre hay que estar enfermo?... ¿el conocimiento es la cura de algo?...
Estoy disperso mientras oigo el constante plonc... plonc... plonc... de las gotas que caen del techo al cubo, tienen el tiempo medido y lo van marcando como un diapasón, hasta el punto de que me siento como encerrado en una clepsidra enorme que machaca al silencio con un goteo nítido que significa paso... también tengo calor y estoy sudando... y me apetece escuchar el ‘Broken’ de Tracy Chapman, que comienza con un conteo parecido a ese cuentagotas hasta que arranca la guitarra acústica, sola, sin más instrumentos... y la voz caliente de Tracy, tan caliente como esta tarde de iguanas y lagartos, temblorosa como la evaporación del asfalto al fondo... en un momento habla del supermercado... acaba la canción y salta ‘The promise’... ‘Si me esperas, iré a buscarte aunque he viajado lejos... Si piensas en mí, si me extrañas de vez en cuando, regresaré... Si, mientras esperas, sueñas conmigo como yo sueño contigo, encontraré el camino... Juro que iré a buscarte, pero promete guardar un lugar para mí en tu corazón... If you wait for me then i’ll come for you...’.
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Y me dejo llevar...

Sunday, November 30, 2008

El Kuriaki


El Kuriaki subía de la Plaza Mayor cuando yo bajaba a hacer fotos hasta la muralla. Iba cogiendo la nieve de los coches y armándose de bolas bien promediadas, apretadas, duritas, que metía en los bolsillos de su zamarra marrón. Le pregunté y me dijo: “se va a enterar la vieja, que anoche me tiró un jarro de agua desde la ventana, con la noche que hacía, se va a enterar hasta su puta madre…”, y tosía hasta las lágrimas, como congestionado. Le dije que no hiciera burradas, pero solo conseguí que se le calentara la boca… “por el coño se las voy a meter todas, me cago en todos sus muertos…”. Y le dejé tosiendo y jurando en arameo.
Ya en la muralla, me crucé con la peluquera, que había salido a pasear al perro por la nieve con una bata azul celeste de boatiné y unos calentadores de lana en la piernas… “¿cómo está tu mama, mi niño?, dale muchos besos, que es mu buena”. Sonreí y le conté que mi madre está magnífica, y le devolví los besos mientras me zafaba de la conversación que andaba buscando la mujerina… “voy a hacer unas fotos, llevo algo de prisa…”.
Durante media hora pisé la nieve virgen y tomé algunas instantáneas jodido por el obligado contraluz [no era la mejor hora para hacer fotos de nieve], me fumé un par de cigarritos sentado en una roca y mirando el paisaje, pensé en el frío y en los que lo padecen [debe ser muy jodido] y regresé hacia mi estudio por el mismo camino que me había llevado hasta allí. La peluquera seguía con su perro y con su bata, y me dijo de lejos un adiós hecho gestos al que respondí con mi mano.
Al llegar a la plaza, otra vez El Kuriaki, se le habían deshecho las bolas de nieve y tenía la zamarra absolutamente calada, chorreando. Estaba hablando solo hasta que me vio… “me cago en to lo que se mueve… tío, anda, dame un cigarrito, anda, ¿sí?, que estoy congelao, la hostia… y ¿fuego?, que no lo tenga yo que poner todo?…”. Le encendí el cigarro y le dejé sonriendo bajo los soportales del ayuntamiento mientras me decía: “a la vieja la dejo pa luego, que se va a enterar, se va enterar…”.
Subí la cuesta y me encerré. Hasta ahora.


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Como por el monismo neutral de Bertrand Rusell, que propugna que el mundo se constituye por los acontecimientos y no por los datos que nos otorgan los sentidos, transito hoy por el día entre sabiendo y esperando que la lógica me aplaste o me empuje un poquito. Voy fotograma a fotograma haciendo mi película, construyéndome el yo de hoy [que no se parece nada al de ayer y quizás se parezca menos al de mañana] con momentos de sentido común –pocos– y con otros de falta absoluta de sentido.
Me hago y me deshago en percepciones que llegan azarosas, analizo mi relación con cada cosa que me roza un poquito, busco la propiedad de lo que toco y lo que razono –¿cómo hacerlo mío?–, indago buscando las formas más simples de cada una de mis ideas para llevarlas al papel en forma de palabras o dibujos… y siempre me salen mujeres para interpretar cualquier cosa que me ocurra o se me ocurra… y da lo mismo, porque cualquier cosa puede suceder o no suceder y el mundo seguirá igual –que lo argumentó en su día Wittgenstein, no yo; y si él lo dijo, que pensaba mucho y bien, quizás tenga razón–. Vistos los mimbres [que haga lo que haga, todo seguirá igual], me dedico a buscarle el placer propio –el gusto personal– a este oficio de ser para mí mismo y, cómo no, le voy sumando variables que, como poco, me entretengan.
Lleguen los acontecimientos y me encuentren empeñado siempre en otra cosa, de tal forma que los vea con sensación de paso y llegue a creerme que ‘es’ lo que yo soy y no lo que sucede fuera de mí. Es decir, que me explico mejor, coño, que busco ser vocación, pero que el exterior me resulte siempre relativo… pero también quiero ser escéptico y creer a la vez en todo, científico en la mirada y también absolutamente idealista, lógico e intencionadamente ilógico, la nóesis y el azar mismo en todo.
Estas tontunas son siempre los previos a un poema o a un dibujo… es cuando entro en este absurdo de pensamientos cuando necesito buscar una salida limpia y me enredo en la intención de escribir o dibujar, quizás con la idea de entenderme con el mundo sobre algo concreto [Gadamer fue un monstruo indagando en estos temas, lo recomiendo, sobre todo su trabajo “Verdad y método”]… sí, escribo y dibujo para entenderme con Sinda, con Alberto, con Manolo, con Antonio, con Marina, con Donce, con Mojadopapel, con Isabel… con cualquiera que decida en un instante entrar en ese campo de entendimiento y busque comprenderme y comprenderse…
¿Y qué obtengo?
Yo qué sé. Solo puedo afirmar que escribir y dibujar me relaja, me vacía y me llena, otorga sentido a mis minutos y a veces los llena de sensación de verdad [que eso me calma mucho]… y me pueblo de ambigüedad –que es algo chulo, casi como un éxtasis físico– y me creo que existo, y me interpreto e interpreto todo lo exterior a mí…
Pero siempre dibujo mujeres, poetizo mujeres como un ser primitivo, y las hago arquelogía de lo que fui y arquitectura de lo que seré… por ellas me conozco y me presiento, por ellas me descubro poco a poco, por ellas leo a Moore y paso el trago de empaparme en Foucault… por ellas degusto los poemas de Nerval y de Villon, de Larronde y de Keats, de Laforgue y Corbière, de Artaud y de Rimbaud, de Chatterton o Villiers, de Ángel González o Severo Sarduy [“… el ambar que me baña / opaca transparencia que espejea, / no macula ni daña. / Lo que más se desea: / que el ser de su retiro escape, y sea.” (Sarduy dixit)].
Día rarito el que llevo. A lo que se ve.