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Sunday, September 3, 2006

Mu Zimei


Ayer me explicaba mi amigo Ángel Pasos que «nunca pasa nada» y que sólo debemos esperar a que la naturaleza cumpla sus ciclos y ponga las cosas en su justo lugar. Y tiene razón el colega hasta donde no me afecta, porque en mi humana calidad soy enormemente propenso a ganas y desganas, prisas y pausas, amores y odios, cansancios y holganzas... y ese «no pasa nada» me gusta mucho, pero no me sirve a veces para sentirme medianamente bien. ¡Coño!, y digo yo que la vida también es para los altibajos, para los valles y las cimas... sentirse mal para poder sentirse bien, o para crear, o para morirse.
No pasa nada cuando a mí no me pasa nada, ése es mi pensamiento al respecto. Que se caiga el mundo, que exploten las bombas en otros cuerpos, que el hambre toque en la puerta de al lado... así no pasa nada, amigo Ángel, mientras yo lo vea todo suceder y no forme parte del espectáculo.

(17:26 horas) Sigue sin aparecer Mª del Carmen Hernández, la hija de Marino, que desapereció ya hace una semana. Anoto esto porque el asunto ha dado de sí en un aspecto trágico que dice muy poco del periodismo provincial y de la gente en su disfraz de gentío. Todo se ha movido en el trasunto del comentario de barra y en las especulaciones locas de un imaginario colectivo que hace daño como mil cuchillos clavados. Somos lo que somos, una pandilla de inconscientes, y nos dejamos llevar por cualquier regato que fluya. A día de hoy, Mª del Carmen no está entre nosotros, hay un detenido y se está examinando un vehículo... nada más. Todo lo que se escriba o se diga será para clavar dolor en los allegados. Guardemos respetuoso silencio, coño.

(22:40 horas) Después de repasar ciencias con Felipe, salimos juntos con Guillermo a pasear por el mercado medieval. Fue un paseo tranquilo como hacía un montón de tiempo que no habíamos logrado. Compramos una flautita de caña, una rana de madera y un diábolo. Jugamos un ratito con los juegos medievales, vimos una pantomima con un preso puesto en el cepo y volvimos a pasear hasta la zona de las casetas para tomarnos unos refrescos en la caseta de La Alquitara y celebrar así el nacimiento de Elsa, la hija de Miguel. Luego unos churros para una cenita tranquila con la madre y a repasar ciencias de nuevo con Felipe –una tarde familiar a tope y sin abuelos.

Saturday, August 19, 2006

Zhao Jingshen


Ayer, a última hora, vinieron a visitarme Mari Sol, Urceloy y su hija Julia –encantadores, como siempre–, como los Reyes Magos, cargados con un delicioso queso de Cabrales y con una botellota de tequila reposado «Mayorazgo» que Mari Sol me ha traído de su periplo mejicano... también traían un recorte de prensa graciosísismo en el que mi libro «El gato sólo quería a Harry» figuraba como el cuarto más vendido en el apartado de poesía durante el mes de agosto –ja, ja, ja....–, nada menos que por delante de Edmond Jabes, Valente y el colega de Cuenca... Para partirse el culo o para darse cuenta de que uno tiene colegas por ahí que le cuelan de mentirijilla en estas listas.
Salimos de marcheta corta –estábamos todos derrotaditos– y pillamos cama a la primera excusa. Me acordé un montón de mi Morante –cómo le echo de menos últimamente.

(11:30 horas) Murió Hilario Camacho y en mi casa hay otro vacío pequeñito en el que aguardarle. Su recuerdo permanece vivo en mi discoteca breve y en mi álbum de fotos, en aquellas canciones de los años setenta que emborrachaban de sensibilidad, en su imagen –ya algo rechonchete– poniéndose ciego a helado en el privado de La Alquitara, en sus visitas a mi local de Colón y en las charletas encantadoramente interminables y bejaranas –le gustaba Béjar hasta el punto de que venía a cantar un par de noches y se quedaba veinte días... teníamos que echarle–, en los constantes correos electrónicos –había días de ocho y diez correos seguidos–... Me quedó pendiente escribirle la letra para una canción que le prometí hace nueve meses y que por desidia y curro no llegué a enviarle nunca a pesar de su insistencia.
Hoy le veo enredando entre los libros de mi biblioteca con esa curiosidad que tenía para todo, riendo como un chavalillo y contándome sus aventuras musicales, su declive temporal y la lucha por salir otra vez adelante en lo que él más amaba, que era la música.
Hilario ha dejado un trabajo original, sensible y dignísimo; un trabajo que habrá de ser reconocido con la pátina del tiempo por otras generaciones menos enredadas en el consumismo feroz y en la música enlatada. Su mensaje vive y vivirá mientras los que supimos recibirlo tengamos un hálito de aire en los pulmones.
Hasta pronto, colega. Hasta pronto.