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Thursday, November 22, 2007

Quiero un día.

Un día sin hacer nada, ¡hum!. Levantarme de la cama justo cuando me apetezca y salir al mundo sin peinar, un baño caliente con aromas escuchando el ‘Viatge a Ítaca’ de Lluis Llach y media hora para mirarme el cuerpo ante el espejo y sentir cómo la piel va recogiendo sus meandros, una hora desayunando en albornoz sintiendo el cuerpo desnudo por dentro [leche fresquita con Nestquik y unas magdalenas de aceite de oliva]… Y luego vestirme despacio con mis calzoncillos de Lucky Luke, con mi camiseta blanca de tirantes [justito realismo italiano de los cincuenta con cierto revenimiento 2000], con mis calcetines montañeros, con los pantalones negros de pana vieja, con la camisa verde seco, con la chaqueta grandona gris marengo… y limpiar con grasa de caballo mis botas de andar antes de calzármelas.
Un jodido día sin hacer nada… solo quiero uno.
Un día para ver tres veces ‘2046’, de Wong Kar Wai, y buscarle el latido al comienzo de mis muslos, para sentir en silencio cómo se me blanquea el cabello, para centrarme en el comezón de mi rodilla derecha [un comezón postbalocestístico que a veces me hace cojear], para repatingarme en el sofá negro con los ojos cerrados y con mis brazos cruzados bajo la cabeza, para andar descalzo por la casa y sentir frío.
Solamente uno, coño.



(15:10 horas) Obsesionado por la cosita del día sin hacer nada, pillo de mi biblioteca uno de los libros de arte que más me llenan, precisamente porque hace tres años me llevó a iniciar mi diario gráfico como un frenesí. La artista es la dadaísta alemana Hannah Höch, que hacía locuras con recortes de papel prensa, unas locuras maravillosas que se convertían en collages de auténtico valor artístico [muy recomendable ver sus dibujos y conocer su historia para mujeres que buscan una nueva ‘mujer’ hacia el futuro].
Hannah fue toda una adelantada a su tiempo y me está dejando una tarde hermosísima, para guardar entre sedas y algodones.
(18:30 horas) A veces me sirve mucho pensar en la pintura [que me tomo como un juego personal que me lleva a sentirme mejor] para intentar centrarme en mi forma de ser poética. Me pregunto entonces que si yo fuera un creador plástico en qué estética trabajaría… y enseguida me doy cuenta de mi absoluta dispersión, ya que no atino a centrarme en una estética concreta. Quiero probarlo todo, intentar cualquier tipo de presentación… y, por más que lo peleo, soy absolutamente incapaz de tomar un formato estético como el que más me agrada.
Así las cosas, paso de dibujos apenas esbozados a manchas muy contrastadas, de un realismo rápido al borde más cencano a Otto Grosz, del collage repintado al retrato de manchas…
Entonces me percato de que en lo poético me sucede exactamente igual, con la única consideración de que en este palo siempre, absolutamente siempre, hablo de lo mismo, lo que quizás le aporte un puntito de unidad a la historia. Y acabo conformándome por imposible, quedándome a vivir y a morir en mi tono.
¿Esto es el compendio de mi fracaso? No lo sé, pero me pone algo nerviorso pensar que puede serlo… mi falta de concreción, mi absoluta falta de orden, mi dispersión…


HACIA MI MEDIO SIGLO (IV)
[Relectura de Diario de un Savonarola]

26 de octubre de 2004

Hace unos días murió un tipo de vida triste con el que me cruzaba frecuentemente por la calle y me pedía un cigarro o unas monedas. Debía tener más o menos mi edad. Y hoy, no sé por qué, lo he echado de menos al ir a comprar tabaco. Nada más. Lo he echado de menos, yo, que tengo mi vida estanca, cerrada por muros personales, que cada día limito más mi contacto con la gente, que apenas percibo otra sensanción que no sea la que he previsto con anterioridad. La verdad es que me he sorprendido con esta rara sensación de falta de alguien que sólo supuso para mí alguna mirada hosca o un indeterminado y tonto cruce de palabras.
Quizás el sentimiento de la muerte esté empezando a trabar en mí argumentos distintos a los que hasta ahora eran comunes, esos argumentos que he explotado sin mucha vergüenza en mis poemas –«...como un perro que pasa por un campo de minas... como un perro que pasa y no vuelves a verle»–. La muerte como anécdota, sin tristeza por medio, sin lágrimas, sin sensación urgente de descenso... Y Julio Espinosa preocupado por el lugar en que ubicar su foto en la edición de su nuevo libro, y el tipo de la O.P. del Banco Popular llamándome a casa para que recoja un par de tarjetas de crédito/débito que ponen valor a mi deseo, y mi hijo Guillermo dudando entre el «golosinero» de Batman o el Ciclonic blanco, y yo intentando sustituir mi «Chester» por un «Excite» que pone la lengua gorda pero que cuesta un euro menos. Atar y desatar o viceversa. El sí y el no en un para nada.
Tumbarse quizás sea lo más decente, tumbarse y destapar el cuerpo con las manos para sentir el frío que es y que soy.
Por cierto, ¿tumbarse viene de tumba?



De FUMADORAS

Wednesday, November 21, 2007

Horas de otoño.

Hay horas que debieran tener como mucho un par de segundos para luego irse al campo y hacerlas largas, largas, entre las hojas secas y mojadas por la lluvia reciente.
El cielo vuelve a ser de plomo esta tarde.
Anoche me sentí muy feliz al ver a mi hija y a mi madre juntas. Acababan de salir del cine y habían asistido al pase de ‘Las trece rosas’ justo en esa fecha tan emblemática para mi familia [imagino que también para muchas familias]. Mi madre salía encendida y rabiosa, con una sensación durísima de haber vuelto a aquellos tiempos de asesinos fascistas que le tocó sufrir en sus carnes. Mi hija salía con los ojos enrojecidos y firmemente amarrada a su abuela, entendiendo [otra vez] que la verdad fue dura y que hay que estar unidos en el recuerdo.
Las quiero a las dos a rabiar.
(20:53 horas) Sé que estoy solo, absolutamente solo, y todo a pesar de que sé también que tengo padres, hijos, esposa, amigos… Ellos también están absolutamente solos aunque aún no lo hayan percibido de forma neta. Estoy solo y moriré solo un día, porque en la vida todo se hace a solas, hasta el amor. Nadie podría aguantar mi peso como yo no podría aguantar el peso neto de nadie… y a ello se une la jodida necesidad de los otros, una necesidad falsa y agotadora, un mentira que nos sirve para creer otra cosa distinta a lo que somos y a lo que nos compone y nos desata.
Y no es un sentimiento poético el que aquí expreso. Es la jodida realidad… por ello debemos aprender a vivir con nuestra soledad y a saber atenderla.
Escribo solo, leo solo, siento el amor solo… odio y admiro solo, y soy yo, individuo aislado, el que siente y presiente, el que toma determinaciones acertadas o erróneas, el que sabe cuáles son las máscaras que colgarse en la cara.
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Quizás mi mal radique en que parto del pensamiento de que ya está todo escrito [y, además, mucho mejor escrito que lo que yo intente]. Lo mismo debiera replantearme todo y partir de nuevo pensando que mi voz será descubrimiento hacia los demás y no solo hacia mí.
Suena ahora el ‘Chan-chan’ en la voz del Compay Segundo y en su bellísimo sonsonete repetitivo veo cierta luz de lo que es mi mundo expresivo: necesito decir millones de veces lo mismo… “De Alto Cerro voy para Macané… llego a Cueto, voy para Mayarí. El cariño que te tengo yo no lo puedo negar, se me sale la babita y no lo puedo evitar. Cuando Juanica y Chan Chan en el mar cernían arena, como sacudía el 'jibe' a Chan Chan le daba pena… Limpia el camino de pajas, que yo me quiero sentar en aquel tronco que veo y así no puedo llegar… De Alto Cedro voy para Macané, llego a Cueto, voy para Mayarí…”. Todo un viaje iniciático y circular… las mismas estaciones, los mismos rostros, el mismo paisaje, la misma voz, el mismo protagonista solitario en busca de una nada habitada o que habitar.
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Este diario me ha traído de nuevo la voz hermosamente irónica de C M Aguirre, un poeta raro y magnífico, catador de los 'Clásicos' [y quizás también de los más antiguos aloques y viandas frenéticas]. Gracias por conectar, amigo, mil gracias. Llevo un día enterito disfrutando de tu blog… Eres bueno, cabrón.

*CONECTAR EN: http://erasmusreloaded.blogspot.com



HACIA MI MEDIO SIGLO (III)
[Relectura de Diario de un Savonarola]

8 de octubre de 2002

Diversas circunstancias me hacen darle vueltas a los compromisos personales y absorbentes que algunas personas tienen con la religión. No me parece nada mal que cada uno baraje sus posibilidades vitales, se instale en sus creencias y las practique; pero no entiendo el afán catequista de enredar a los demás, ese espíritu de formación para sumar adeptos/adictos. ¿No supone coartar la libertad personal el involucrarse en el pensamiento plural para llevarle a la idea única?
No quiero herir susceptibilidades -aunque me apetece-, pero me fascina la idea de Dios como creación del hombre, como clave grupal para dominar a los colectivos más débiles. Y es que Dios no es nada más que lo que nosotros deseamos que sea. Hombre, si nos ponemos prácticos, Dios viene muy bien para los malos momentos, porque aporta esperanza más allá del final predecible, pero no nos engañemos, Dios es sólo una muletilla que unos utilizan en su provecho y que a otros les suma alienación y miseria.
Sería mejor pensar en un Dios más práctico, un Dios que arreglase los horarios para que yo pudiese comer a diario con mi mujer y mis hijos, un Dios que propiciase que a final de mes no tengamos que conformarnos con las jodidas galletas maría hasta que el banco arroja saldo positivo, un Dios que te pague las facturas y que consiga que pueda salir quince días de vacaciones a la costa con la familia completa -llevo más de diez años sin poder disfrutar de unas vacaciones, y eso es demasiado infierno-. Un Dios que ponga en su sitio a los escritores de mierda y eleve a los raciales, un Dios de goma al que darle estopa cuando llega la rabia -y hacerlo sin miedo a represalias-, un Dios para charlar de periquitas cuando estoy triste, un Dios que tome cañas con tapa y de vez en cuando se tire el detalle de pagar la ronda. Yo sí creería en un Dios así de natural y bondadoso, así de normal.
Pero no me jodas, un Dios que propicia que mi mujer se vaya de casa a las ocho con mi hija, que yo me las arregle con los niños para despertarlos, vestirlos, hacerles que orinen, ponerles el desayuno -y que desayunen-, conseguir que se laven los dientes, llevarlos al colegio a rastras un día sí y otro no, hacer las camas -cinco jodidas camas con sus sábanas, con sus mantas, con sus colchas y sus almohadas-; un Dios que hace que mis hijos salgan a las 13 horas, que les tenga que preparar la comida rápido rápido rápido, que se laven otra vez los dientes, que entren a las 15 horas -justo cuando mi mujer y mi hija salen de clase-; un Dios que hace que mi mujer tenga que volver al curro muchas tardes mientras deja a los críos cargados en los cansados hombros de los abuelos, un Dios que luego, a las ocho, se inventa cursos de cristiandad para que tampoco pueda cenar con la familia completa en la mesa, un Dios que hace que mi mujer se acueste agotada a la una o a las dos de la mañana... ¿Para qué quiero yo creer en un Dios así, para qué?
... Y sus acólitos, sus fieles, no entienden nada, no entienden que mientras defienden la familia como unidad incuestionable, la destrozan a puritos machetazos. Más le valiera al clero encontrar pareja, crecer y multiplicarse para ser consciente de lo que significa tener una familia numerosa, de lo difícil que es en el seno de esa unidad «divina» verse unos minutos al cabo del día, porque hay que buscarse los garbanzos como sea, que nunca llegan solos a la unidad familiar indisoluble.
No nos abusen catequizándonos que lo mismo nos destruyen. No nos abusen y crean en lo que ustedes quieran, como quieran creer, pero crean solos, por favor.
Y ahora, ya las 22,07 horas, me pongo a Art Telonious Blakey & Monk e intento relajarme para no estallar de tanto Dios y tanta historia.



De FUMADORAS

Monday, November 19, 2007

El frío prometido

Llegó el frío prometido y he tenido que desabrigar el armario para abrigarme yo. Han vuelto a ponerme apellido los forros polares, las bufandas, el chambergo de cuero, las camisetinas interiores, los calcetines gordos, las botas abrigadinas y mi palestina blanquinegra… otra vez a lo gris mientras el campo ya pardea y la sierra empieza a pillar su tono más blanco [hasta puede que se arregle un poquito la temporada de nieve covatillera]. Y que estoy alegre, alegre de ponerme ropa sobre ropa, de sentir sobre mi rostro el frío cortante y la deliciosa sensación del agua helada que cae como una bendición. Han sido demasiados días sin lluvia para un lechuguino huertano como yo.
Y con el frío me llegan unas hermosas ganas de sentarme a escribir sobre, por ejemplo, por qué no sirven los muertos, sobre el arma que termina siendo la moral contra el hombre, sobre cuál es la mejor compañía de un solitario, sobre el estremecimiento del amor, sobre la opacidad de los días en blanco, sobre la fascinación de la necesidad del hombre de ser perverso, sobre el fastidio de la vejez y cómo obviarlo, sobre el valor del infinito en el terreno de los deseos, sobre el protagonismo femenino en la sociedad actual, sobre todas las patologías religiosas, sobre la mentira del arte, sobre la intensidad en todo, sobre la diferencia entre el tiempo poético y el tiempo social… Muchas ganas, ahora tengo muchas ganas.



HACIA MI MEDIO SIGLO (I)
[Relectura de Diario de un Savonarola]

6 de octubre de 2002
Vuelve la lluvia y ya es otoño. Vuelve la lluvia y he podido pasar todo el domingo en soledad, por fin, he vuelto a la lectura y he recuperado un poquito las ganas de escribir. Me gustan los días grises, cuando la luz sugiere tranquilidad y encierro en uno mismo, y me gustan porque me activan y me siento capaz de multiplicarme.
Entre otras cosas, hoy me he detenido a analizar el panorama literario de Castilla y León, reafirmándome en lo que ya pensaba el año pasado y el anterior y el anterior: La literatura en Castilla y León es un archipiélago de islas sumergidas (expresión robada a mi buen colega Manuel Moya). Cientos de voces negadas y un pequeño mar interior de popes empeñados en conformar un grupo de poder al amor de las instituciones -y no digo que sea malo que esto suceda, sino que no me parece nada bien que no estén todos los que son o debieran ser-. Por otra parte, percibo infinidad de guerrillas, mínimos odios a muerte, operaciones de maquillaje, ediciones locas, insulsas, trabajadas, regaladas, inútiles, magníficas...
Escritores mediocres -demasiados-, juntaletras excesivamente sensibles, dinosaurios buscando una jaula caliente donde terminar sus días, prebostes que eran de izquierdas y ahora son de ultranosequé, letristas del Movimiento que se aparcan como defensores de la libertad, jóvenes imberbes que van dando lecciones de todo... un caos sin orden y con demasiado desconcierto. Lo malo es que los sensibles levitan siempre cerca de los políticamente afortunados -eso sí, sin mancharse nada más que sus manos enguantadas-; los jóvenes imberbes son capaces de bajarse los pantalones para el bujarrón gozo de los popes y alguno empuja con ediciones de cartón piedra bien cebadas de dinerito público mientras ponen a parir a la
mano que les da de comer en prensa y radio. Un desastre.
Pero, al fin, gracias a ese Dios que no existe ni existirá, la creación siempre es una carrera de fondo que se hace en absoluta soledad, y esa prueba la pasan muy pocos, poquísimos. Y es que la gente se mete en esto de la literatura por pose, para intentar follar algo y para dar de comer al ego el alpiste de la admiración ajena. Luego, a la hora de la verdad, pocos son los que se mojan, pocos son los que arriesgan jugándose los garbanzos y consiguiendo el silencio de todos -sumado a esa asquerosa mezcla de miedo, odio y respeto-. Somos hombres y, por ello, todo esto debe ser inevitable, pero una cosa cierta es absolutamente inviolable: un creador es único y los pseudocreadores lo saben a pesar de que se dediquen a enfangar su trabajo y su devenir creativo, y eso es lo que más les jode: saberse falsos mientras llenan de mierda la mena.
Para poner a cada uno en su sitio está el tiempo.
Decía un amigo mío hace unos días que las guerras literarias actuales son fiel reflejo de la política internacional norteamericana: atacar al enemigo con todas tus mejores armas y no sufrir ni un arañazo.
Las buenas guerras literarias eran las de antes, guerras creativas en las que un autor atacaba o se defendía con ironía creativa llamando a su adversario con versos inigualables «bujarrón», «cabrón», «hijo de una puta bizca» o simplemente «sinsubstancia». Tendríamos que volver a ese estilo y cuidarlo.

A lo que se ve, en octubre de 2002 andaba yo por los mismos caminos que hoy y, lo que es peor, el mundo andaba también en el mismo jodido tono, pues en cinco años no han cambiado los nombres ni los hombres.
(21:03 horas) Mi primer vástago [mi hija], al llegar al mundo asomó su cabecita y la volvió a esconder en el vientre de su madre como queriendo quedarse allí ante la tremenda visión que se le presentaba. Mi segundo hijo nació rapidito, en un parto ideal y muy bien trabado. Mi tercer hijo llegó de improviso, haciendo puenting entre las piernas de su madre mientras caminaba junto a mí para intentar propiciar el parto [con él estuve a solas, frente a frente, durante una hora eterna mientras atendían a Mª Ángeles, que se desangraba].
Asistí a los tres partos de mis hijos con expectación y con miedo, maravillado y acojonadito por el peso que con cada uno de ellos se me venía encima. Lloré en los tres de felicidad y en los tres sentí que un peso enorme caía sobre mí.
Hoy ya he acostumbrado mi cuerpo y mi cabeza a esa divina circunstancia que me puso el nombre de ‘padre’ y me coronó de una responsabilidad que no sé aún si he sabido tramitar, pero que me ha colmado mucho más de lo que yo podía imaginar entonces.
Con mis hijos me llegó el miedo, un miedo terrible que me hacía estremecer por temporadas.. miedo de mí y miedo por ellos. Y también me llegó esta sensación de imposibilidad que me asola desde hace años.
Pechar con esa carga es duro, porque he tenido que jugar durante diecinueve años a ser un dios menor, un dios absolutamente imperfecto que debía [debe] solucionar a diario todos los pequeños problemas, un dios capaz de ofrecer seguridad sin tenerla, un dios sobre el que subirse y al que acudir ante cualquier problema.
De esa calidad de Dios menor me ha quedado un sentimiento durísimo de incapacidad y una sonrisa dispuesta siempre para no crear preocupaciones innecesarias.
Mis hijos me han hecho grande y también me han destruido, me han dado lo mejor y me han quitado de las manos mi abanico juvenil de posibilidades, me han quitado el sueño y me han dado realidad a paladas.
Todo es contradictorio hoy.
Los adoro.
Sé que se irán de mí poco a poco.
¿Sufriré por ello?… Sí, claro… porque no son míos… yo soy suyo.
De FUMADORAS