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Tuesday, December 7, 2010

El jodido número cincuenta y tres.


Me desperté pensando en el número cincuenta y tres, así, sin más. Aguanté en la cama como un cuarto de hora mientras oía el golpeo feroz de la lluvia en el tejado, y en mi cabeza seguía con el número cincuenta y tres estableciéndose en cábala... “53... 5+3=8... 8=un cero subido a un cero... 0+0=0... 5x3=15... 1+5=6... el 6 es un 9 invertido, que es mi número de la suerte, el que siempre llevé en las camisetas de basket cuando hacía deporte... 5-3=2... 2=1+1... 1= YO... 2=YO+YO...”... así el cuarto de hora despierto en mi cama... luego me levanté. La lluvia proseguía atacando al tejado con fiereza. Una ducha, un desayuno frugal, un cepillado de dientes mirándome el rostro en el espejo del baño... y a la calle. Van a ser cincuenta y tres años atado a este paisaje y a esta gente, cincuenta y tres años en los que solo puedo contar pequeñas huidas y algunos ataques de inestabilidad, pero no me siento mayor si dejo de lado el rastro de los avisos de la física y la química de mi cuerpo, pues aún conservo cierta candidez y muchas ganas de hacer locuras a pesar de los golpes y las verdades a secas.
La verdad es que este año ha sido de los más duros de mi vida, quizás el más duro, pues he tenido que atacar un complicado proceso de crisis en mi pequeña empresa con un grave embargo de cuentas por parte de la hacienda pública, un ERE cabrón y una situación económica de constantes números rojos de la que he podido salir gracias a la fuerza de una huida hacia adelante propiciada por un ‘no me queda otra’ lleno de adrenalina y, cómo no, por la magnífica actitud de mis trabajadores, que han sido la parte más importante a la hora de salir de este proceso destructivo [gracias, amigos, por comprender cada día apretado, cada jornada tensa, cada escasez y cada susto. Gracias por mantener el latido común a pesar del vértigo constante]. Lo peor es que en el camino han quedado muertos inútiles y algo de sensación de tierra quemada, pero aquí sigo, respirando, latiendo, mirando al mundo con preguntas y manteniendo intacto el verbo “intentar” en mi diccionario de uso.
Lo mejor es que he aprendido a mantener la calma en los momentos de mayor tensión, todo a pesar de que a mi lado había impulsos destructivos que tomaban forma de decisiones tajantes y sin posible vuelta atrás, unos impulsos que he sabido calmar con mucha dificultad, sobre todo por mi falta natural de carácter empresarial y de liderazgo.
Del año me quedo, sobre todo, con un par de poemas que guardo como tesoros, con algunas fidelidades que atesoraré para siempre con verdadero agradecimiento y con el trabajo solidario y quienes se han acercado a él... el resto es ‘mientras tanto’, un mientras tanto hecho de pequeños y constantes dolorcillos articulares, de esa cistitis crónica que me ataca siempre a trasmano, de algunos desabrigos personales y de ciertas decepciones que apenas han hecho mella.
No sé hasta dónde podré llegar, pero sé perfectamente de dónde vengo y con quién me rozo, que ya me parece suficiente a estas alturas... y sé que quiero seguir intentando todo lo que me apetezca intentar, entre otras cosas porque ya no le tengo miedo al otro ni sé sentir vergüenza propia [aunque sí que la siento ajena]. Alumbra mi nuevo año lleno de proyectos que están entre alfileres, proyectos personales y proyectos creativos que no precisan anuencias ni apoyos, gustos ni regustos, empujones ni soplos... solo yo me basto para sacarlos adelante o dejarlos aparcados, solo a mí me interesan y solo a mí me harán crecer o caer derrotado... que ya hace tiempo que no necesito voces ni palmadas, críticas ni bituminosas palabras falsas... sé también lo que soy y lo que valgo [siempre por comparación] y ya no me apetece guardar puñales.
Cincuenta y tres años realmente no son nada, y es esa nada en la que quiero vibrar individualmente, sentir mi tiempo, roerlo, retardarlo o acelerarlo y hacerlo desaparecer un día sin que nadie se entere.
Y que me tomo de un solo trago este poema hermoso de un poeta de derechas, y del Real Madrid, que me gusta un montón [no todo iba a ser bonito para quienes gozan de estro], Miguel D’Ors:

TEMPUS FUGIT

Lo dijeron Horacio y el Barroco:
cada hora nos va acercando un poco
más al negro cuchillo de la Parca.
¿Qué es esta vida sino un breve sueño?

Hoy lo repite, a su manera, el Marca:
en junio se retira Butragueño.

Monday, December 11, 2006

John Keats


Llamada de Morante con promesa de visita en las fechas navideñas –¡¡¡Albricias!!!– y con el comentario de que Miguel d’Ors anda molesto conmigo porque no ha salido su libro «Virutas de taller», que era una edición de la colección «4 Estaciones» dirigida por Lara Cantizani y perteneciente al ayuntamiento de Lucena.
Por dejar aclarado el asunto, apunto en estas páginas mi visión de la jugada:
1. Se me encarga como impresor –por llamada directa de Lara– la edición de ese libro hace aproximadamente un año y medio, circunstancia que le comunico a Antonio Garrido con el fin de que atienda a la maquetación hasta arte final del mismo –yo apenas estoy en el asunto, pues mis labores en la imprenta son otras.
2. El libro se maqueta a partir de un original enviado directamente por Miguel d’Ors a Lara en un documento word que no resulta compatible con el sistema operativo de Mac, que es el que utilizamos en la imprenta, perdiéndose en el tratamiento tipográfico realizado por el autor todas las cursivas y algunos signos específicos. Se anota que no se nos envía prueba de papel, por lo que nos resulta imposible cotejar con un original.
3. Se le envían primeras pruebas a Lara comentándole la incidencia y Lara se las pasa a Miguel.
Ya en esa fecha Lara me comenta que probablemente no haya fondos a corto plazo para ese libro, a lo que yo le respondo que no hay problema, que me puedo adaptar a sus condiciones, que realizamos la tirada de edición y ya se arbitrará la forma de pago como sea.
4. Se reciben primeras correcciones de Miguel con comentarios algo fuera de tono al margen de algunas páginas –sí comentamos en la imprenta al leer sus notas que el tipo es un maleducado–, sugiriendo que Antonio le ha cambiado con intención palabras de su texto original y adjuntando unos dibujos en línea para sumar a la maqueta, lo que trastoca el trabajo ya realizado y hay que comenzar de nuevo.
5. Se envían varias pruebas más con correcciones y cambios indicados por Miguel, recibiendo siempre sus nuevas correcciones con palabras contra el maquetador –quizás suponía que era yo y que mi voluntad andaba por los caminos de que su libro saliera mal, pero repito que no he tocado jamás la maqueta, pues era un trabajo de Antonio Garrido.
6. Después de un montón de meses con el trabajo realizado y con un montón de pruebas enviadas al autor, recibo una llamada de Lara para indicarme que se retira el título de edición por razones que debe explicar él, que yo no las conozco. A partir de esta situación nueva, sólo puedo decir que el perjuicio fundamental lo sufre mi empresa, que no puede realizar un trabajo en el que ya se han echado un montón de horas, y todo sin haber hecho más que lo que se nos indicaba por el cliente –dejo claro que no mezclo mi trabajo con mis aficiones, con mis filias y con mis fobias.

Y ahora me cuenta José Luis que Miguel está cabreadísimo conmigo(?) y que me pone a parir por una carta que le remite –a mí nunca me ha escrito ni me ha llamado Miguel con referencia a este asunto–, cargando sobre mis hombros el que no salga su libro en «4 Estaciones».

Yo, sinceramente, a Miguel le he respetado siempre como poeta y como crítico, es más, he llegado a sentir admiración por él. Su ideario político me la trae floja y su forma de ver la vida y vivirla, pues también. Lo que sí me preocupa es que me utilice como culpable absurdo de un asunto en el que no tengo nada que ver. Su problema será, en todo caso, con el ayuntamiento de Lucena y con Lara Cantizani, editor y director de la colección en la que iba a salir su texto editado.
Mi relación en este asunto ha sido directa con Lara, y también cordial, como siempre y como corresponde a dos personas que se consideran atadas por la amistad.
Los problemas entre autor y editor deben resolverlos entre ellos de forma amistosa o en los tribunales, y los problemas entre la imprenta y el editor deben seguir el mismo cauce –en este caso han bastado unas palabras para saldarlo todo con un «no pasa nada, colega».
Así las cosas, sólo me queda decirle a Miguel que me olvide, que me borre de sus listas y que haga que sus amigos literarios también me borren, coño, que yo voy por libre y a mi bola... y que se deje de alucinaciones, de fantasmas y de monstruos/menstruos, que yo estoy en mi empresa para trabajar y ganar dinero con mi trabajo y no para aguantar payasadas absurdas de tipos con fijaciones extrañas.
¡Ah!, y prometo comprar el jodido libro cuando lo edite alguien, aunque sea para no leerlo.
(22:09 horas) Llevo tres semanas con internet jodido y me siento tecnológicamente herido de gravedad, como ahogándome en un silencio muy distinto al que estoy acostumbrado. Tal circunstancia me ha hecho perder la comunicación con mis colegas y la conexión con las cosas que suceden en el mundo. Lo bueno es que este silencio me ha dejado tiempo de escritura y de lectura, por lo que, si no dura mucho la avería, podré decir que no ha estado mal.

Sunday, August 20, 2006

Mencio


Me llamó José Luis Morante y lo agradecí un montón, pues andaba con muchas ganas de volver a conectar con mi amigo del alma -yo le había llamado varias veces a su casa, pero andaba de vacaciones y fue imposible el contacto–. Le percibí con ganas, con muchas ganas, pero con el jodido peso de un montón de «demás» a cuestas. hablamos de la vida –de nuestras vidas–, del comienzo del curso, de la responsabilidad del enseñante y de cómo una decisión en los cursos menores puede truncar la vida de un chaval o cambiarla en un giro de 180 grados, de la cuesta familiar que son los hijos y los padres, del tiempo que nos queda, de los «amigos» que sólo resultan ser conocidos accidentales con un puñal en la mano, de buscar un día para vernos y charlar. También me recordó a Lara Cantizani, del que no sé nada desde hace un montón de tiempo a pesar de que tengo un libro de su colección listo para entrar en máquinas desde hace meses sin recibir el visto bueno –es un libro de Miguel D’Ors, un diario de corte literario, «Virutas de taller», que ya va por la enésima corrección–. No sé qué sucede en Lucena, sólo sé que hay un silencio largo y extraño del que no me dejan preocuparme mis continuos quehaceres y problemas –espero que el tiempo me traiga noticias como suele hacerlo siempre.
También me contó José Luis que anda en una antología de los textos poéticos de Luis Pastor –lo que me trajo a la memoria que llevo inacabando su biografía desde hace dos años, ¡perdón, perdón!– y que cuenta conmigo siempre y para todo –circunstancia que hago recíproca.

(17:06 horas) A veces los conocidos que te llaman «amigo» se tornan en fantasmas y se transforman en un cero a la izquierda de la izquierda. No sólo no existen, sino que te perturban con jodidas energías negativas que tú no has buscado y que ellos se montan por noticias de ti que ni siquiera se aproximan a lo que eres ni al lugar que ocupas. Se apagan igual que crecieron y quieren llevarte consigo en su fracaso o en su miseria. No miden, porque no lo saben, cuál es tu escala de valores ni entienden que no son necesarios, y menos con su carga de ricino.
No entenderán jamás que intento hacerme un mundo autogestinado que alimente mi hambre y mi libido –ya casi estoy en él–, que mi energía llega tan sólo de mismo y ya ha aprendido a retroalimentarse hasta el punto de no necesitarme más que a mí y a quien yo decida en cada paso que me invento. Sólo son necesarios si yo los estipulo como tales. Sé sus tristes miserias, pero no me interesan; sé bien de sus valores y los anoto en su cuenta sin pensarlo; sé cómo funcionan sus dobleces y las paso por alto... No me afectan sus cuitas ni sus odios, nunca les pedí nada que no fuera alegría y buenos rollos... No saben que no existen si no me hacen reír o pensar un ratito. Les jode mi locura, que logre lo que quiero cuando quiero, que hable en justa plata o cuente la lujuria de mi farsa, que es la suya, sin más. Les duele en los riñones que no le dé importancia a lo que hacen, porque yo lo hago igual, mejor y peor, pero sin ínfulas. Les duele que me integre unos minutos y logre lo que a ellos les cuesta lametones de culos importantes... y al rato me descuelgue y cuente la saliva, el sorbo, el lametazo...
No entenderán jamás que estamos en un juego que no tiene importancia y el valor es el roce, la risa, el tierno abrazo... no el galardón del asco, no el mísero clarín puesto en un nombre, no el ser más ni el ser menos.
Si vienen, los abrazo; si se van, los despido; si no quieren volver, me olvido lentamente; si me envidian, sonrío; si triunfan, yo me alegro y sigo en mi charada.
¿Qué importa no ser algo, si estás donde decides?
Yo disfruto.
Ellos tiemblan.