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Sunday, February 4, 2007

Cada hombre es un mundo por hacer que se va deshaciendo.


¿Cómo he llegado a ser profundamente ateo y gozosamente existencial?
Sinceramente, negar la existencia de un dios es fácil y, además, los hombres de dios te ponen el camino diáfano. Otra cosa es demostrar y demostrarse que no hay un ente anterior y creador y, a la vez, posterior y destructor. ¿Cómo demostrar lo que no existe si no hay parámetros a los que atarse? En este caso sólo se puede argumentar en la demostración la idea que el hombre se ha hecho del concepto «dios», y desde ese punto también es relativamente fácil llegar a la conclusión deseada, la que se quiera, por supuesto, que es cuestión de retórica y no de «verdad».
Ser ateo, en todo caso, es mucho más difícil que ser creyente, mucho más peligroso y mucho más incómodo.
Mi ateísmo niega la existencia de un dios y se preocupa de forma individual por los negativos efectos de esa creencia en las personas de mi alrededor que, por ella, pueden inducir variables en mi existencia que no quiero. Es decir, dios no existe, pero su idea y su creencia en él son capaces de afectarme y de modificar mi entorno.
Así pues, estoy en la lucha de no creer y en la de protegerme del creyente que toma su creencia como verdad tangible y la extrapola al medio con fuerza real llegando incluso a ser agresivo hacia el no creyente.
Además de ateo, me encasillo sin reservas en una suerte de gozo existencial [parecen términos contradictorios, pero aseguro que no lo son, pues puede gozarse del pesimismo existencial precisamente porque desde la seguridad de ser «un hombre lanzado al porvenir» todo se hace más intenso, cobrando cada acto un valor que no pueden degustar los que esperan «otra más alta vida», pues se goza lo que se agota sabiendo que no volverá y se goza lo que se comienza sabiendo de antemano que tendrá un final preciso]. En mi existencialismo lucho por la individualidad como raíz y norte, una individualidad que después del hallazgo se extienda a lo social para «compartir» sin el apellido de «propiedad»: Yo creo –de crear– en lo individual y echo al mundo lo creado con libertad de uso [no me parece que esta idea se pueda dar de cara con los conceptos socialistas o comunistas... sí que los tergiversa en su esencia, pero comparte sus fines y hace que se llegue a ellos con más brillantez y mejores posibilidades de éxito]. Por tanto, tengo claro que soy un hombre único, con existencia individual y con un definido principio y un seguro final; que estoy en un proyecto de vida que me trabajo a diario y que igual que tomo lo que considero positivo de otras individualidades, entrego sin preguntas lo que haya nacido y crecido en mí y pueda ser utilizado por otros, ya que considero que cualquier descubrimiento humano pasa a ser universal –por pequeño o vano que sea– y entra a formar parte de la genética de las generaciones posteriores sin esa mediación de corte capitalista que se llama «propiedad intelectual» y que no es más que intentar sacar un provecho material de lo que pertenece al humano como especie en evolución [en este punto es un ejemplo claro el asqueroso negocio que hacen las multinacionales farmacéuticas dejando morir a millones de hombres mientras tienen las fórmulas para la curación de sus males metidas en cajas fuertes esperando a que multipliquen sus ganancias]. Ésa es la justa inmoralidad del imperante sistema capitalista.
En mi individualidad, igual que tomo del otro, doy y comparto. Y el gozo llega de ambas direcciones del camino... igual que llegan la soledad, el temor, la sensación de acabamiento o la tristeza.
... También procuro ser hedonista cuando se tercia.

(17:21 horas) Ando engolfado, Alberto, en explicar lo combativo de mi poesía para dejarlo escrito y que no se hagan interpretaciones ajenas a mi intención, como más de una vez ya han hecho algunos críticos, hasta el punto de no reconocerme ni en los trazos de mi obra como base de sus argumentos peregrinos, ni en lo que terminan afirmando sin conocimiento alguno de causa.
Afirmo mi interés decidido por lo confesional enmarcado en una expresión simple y clara; lo confesional como hilo conductor de una experiencia personal de vida que deje un latido de mi mundo prosaico unido al devenir de una sociedad que me ha colocado justo donde estoy: Desde mi tacto directo intento mostrar el decorado de un sistema que corresponde a mi tiempo, un decorado en el que cada día y cada noche represento mi papel y que considero que debe ser esbozado poéticamente y éticamente como percepción directa e individual de un tipo que pisa la calle en estos días. Por ello apenas toco temas que me sobrepasan o se salen de mi círculo vital [excepto los relativos a los sentimientos más profundos], pero intento hacer un juego de alta dificultad, que no es otro que dejar indicios de lo universal desde lo absolutamente personal. Por eso desnudo mi vida, me desnudo, porque me considero un tipo mediocre que responde perfectamente a los percentiles aceptados en este tiempo, y al mostrarme desnudo pretendo desnudar también al hombre de mi tiempo. Así, para hablar del hombre de mi tiempo y de sus miserias, hablo de mí mismo y lo hago en primera persona, pero siempre con la intención de que ese «yo» sea siempre un enorme «nosotros».
Con lo antedicho afirmo mi decisión constante de aportar en mi obra una importante intención política que no sé qué dimensión tiene, pero que me parece preclara cuando los poemas se leen con distancia y se sabe ver en el individuo que los protagoniza todo un grupo social que hoy late y respira.
También es poesía de combate, también, porque desde el existencialismo que la hace nacer siempre se dan claves para la rebelión contra todo y contra todos, incluso contra uno mismo. Y no es una poesía de combate hecha al modo de los poetas de guerra, con la voz altisonante y una clara arenga cada tres versos, es una poesía de combate diario y callado, pero con la clara misión de hacer sangre y herida en órganos tan sensibles como la moral, la humillación, la solidaridad, la justicia y la aceptación de una vida anodina.
Para mi poesía siempre busco música, una música que sale del heptasílabo y del octosílabo [en los que me entreno casi a diario junto a la itálica forma del soneto, en el que me siento como pez en el agua a pesar de que apenas decida publicar algunos pocos de cuando en vez], e incluso fuerzo a veces esa música y la patentizo con rupturas estéticas de rima interna que resultan tan imperfectas como el tiempo en que vivimos, de tal forma que algunas veces busco el poema malo como expresión de un tiempo malo, de tal manera que hasta la forma sea combativa y rebelde: El poema es espejo del tiempo en que se escribe... hasta espejo formal.
Sé, amigo Alberto, que al hacer esto corro riesgos, pero lo hago con conocimiento de causa y pensando siempre en que la forma también es indicativa y vindicativa del contenido del poema.
Alguien podrá decir: «Este petulante escribe con la intención de permanecer»... y no se equivocará, porque en mi narcisismo estoy decidido a que alguien alguna vez se sirva de mis palabras para explicarse este tiempo de otra forma, y esa es una razón esencial en mi escritura, ésa y la de curarme en salud echando toda la mierda de la cabeza en pequeños o grandes vómitos.

Saturday, February 3, 2007

La razón a veces sobra.


Si algo envidio de ti, amigo Alberto, es la magnífica gestión que haces de tu instinto cuando el azar tiene tanto que ver en los resultados.
Instinto y azar que sabes favorecer siempre con la reflexión precisa.
Yo siento que ahí hay algo alquímico para lo que hay que estar dotado y formado. Y luego el dominio del tiempo, el saber escoger el grado exacto de calor en un segundo, el lanzarse a la obra candente como un suicida para intervenir en ella con un juego enervante de triunfo o desastre.
Sí, Alberto, ya sé que el instinto es una mecánica incierta de la mente, un gesto de hormonas que apenas responde a pensamientos previos y elaborados, quizás hasta una suerte... pero su valor reside en que te dota de una calidad animal de la que el hombre ha desertado y te acerca a un orden bioquímico que para el hombre es caos. En el instinto es tu naturaleza química la que busca salidas posibles y viables, y en él eres profundamente idividual, porque el latido es tuyo y para ti, dado que el otro es una química distinta y distante. Con el instinto juegas en unos límites a los que la razón nunca sabría llegar, y en esos límites es donde se roza el descubrimiento y la innovación.
La razón siempre lleva a instalarse en la media y escalar desde ella hasta lo original, lo que predice caminos difíciles en los que, para brillar, debes jugar a desestructurar, a deshacer, a desmadejar... para poder ir descubriendo caminos nuevos y alternativos. Desde la razón siempre tendrás que valorar al otro y estimar su reacción y las consecuencias que ella te depare, encontrando con harta frecuencia barreras insalvables que no proceden de ti. El instinto no se viste con esas reglas ni con esos obstáculos, pues sólo mide los aspectos de gozo individual como acicate y los de dolor como prevención.
Como ves, Alberto, la mejor forma de saltarse al otro es no pensar en él y dejarse llevar por la intiución particular, por el latido, por la prisa de hacer y deshacer... de esta forma se precipita el proceso de acierto/error y se gana un tiempo precioso en el que el aprendizaje es rápido y sabe ofrecer resultados.
Yo, amigo, cada día fío más a mi instinto, aunque luego pongo la razón como apéndice postrero, lo que me ayuda a interpretar mis gestos y, por qué no, a dotarlos de literatura y máscara; es decir, a adaptarlos al mundo «normal» de los hombres para intentar sumarlos a esa «media» en la que está instalada la razón.
Y soy más feliz, y me siento más vivo.

(17:00 horas) Rematar la lectura de la obra de Francis Ponge me ha resultado arduo y trabajoso. He accedido a él desde una edición bilingüe de Miguel Casado [«La soñadora materia»], y debo decir que estoy agotado de color y de naturaleza... a la vez que decepcionado por una poesía que no soy capaz de entender, de la que dicen los «entendidos» que es creadora de espacios... Y tanto, coño.
Y ya vuelvo a estar harto de la literatura de la dificultad, del decir escondiendo, de la tensión sin resolución posible. Ahora necesito palabras claras y conceptos concretos que se me muestren diáfanos y no me enreden en un apretar que ni quiero ni busco.
El mal de la Literatura es el rodeo churrigueresco y el jodido retruécano.
La poesía de Francis Ponge no me ha gustado nada... Seguro que es mi culpa.
(18:25 horas) En un pasaje inteligentísimo de «El oficio de vivir», Pavese argumenta que «la única y exclusiva razón de la moralidad individual es que un día morimos y no se sabe lo que viene después». Tan vivo como siempre, el magnífico poeta y altísimo pensador lleva esto al terreno de la política para indicar lo que sigue: «La razón por la que en política se permite cualquier porquería y el criterio es astuto/necio, y no bueno/malo, parece ésta: el cuerpo político no muere y, en consecuencia, no responde ante ningún dios».
QuÉ bonita forma de llamar inmorales a los políticos. Se arman unas proposiciones al gusto, se silogismean y se escupen verdades sin paliativos bien armadas en la lógica.
Políticos inmorales para destruir lo que les hace permanecer y para permanecer por lo que destruyen.
Viene esto a que ando mirando las noticias sobre la manifestación convocada hoy en Madrid por el Foro de Ermua y veo con claridad la manipulación política de un Partido Popular que utiliza a las víctimas de ETA con fines espurios y partidistas. Ellos son el centro, la cabeza y el culo de una protesta que sólo existe para dar pábulo al terror y llevarse la carnaza en votos de mierda con los que jugar al ordeno y mando, con los que hacernos ser un país beligerante con el gobierno asesino norteamericano y con los que inflarse a ganar dineros con prebendas constructoras en un camino despejado de «rojos». El PP hace de la INMORALIDAD muy buena caja mientras logra que a los ciudadanos de paisano nos dé verdadero asco la política.
Yo no puedo hacer nada más que llamarlos a voces ¡¡¡INMORALES!!! mientras siento cómo el miedo me hace temblar ante estas nuevas falanges, más fascistas aún que el carnicero Caudillo, y más frías.
Me jode decir lo que voy a decir, pero estoy seguro de que se frotarían las manos si ETA volviese a matar. Quizás es lo que buscan.

¿Qué poesía me gusta? Siempre la que va acompañada de descubrimiento, la que me obliga a escribir, la que rompe algo adentro...
¿Qué poesía no me gusta? La decorativa, la que busca dificultad para expresar sentimientos vivos y sencillos, la del alarde, la que se abstiene del sentimiento y se queda en la estética del decir...

Siempre espero que mañana sea el día de acabar con este diario para volver a escribir de verdad, pero mañana siempre es mañana y este diario es lo único tangible que tengo en las manos en los últimos tiempos.

Mi escritura es un fin en sí mismo.

(22:17 horas) Hay un retrato femenino inacabado de Edward Burne-Jones, que lleva por título «Hope», en el que me detengo con frecuencia cuando miro un libro de arte que guardo en mi biblioteca sobre el pintor [tengo marcada la página con un separador antiguo para volver a él cada vez que puedo]. Expresa mi ideal de belleza de una forma inimaginada: pelo rizado y rojo, recogido sobre las orejas, perfecta simetría en el rostro, nariz pequeña, ojos entre tristes y agresivos mirando a otro lugar distinto a mis ojos y con un arco de cejas inigualable, labios carnosos sugiriendo amargura mezclada con algo dulce, mentón redondeando una cara cuadrada, un cuello de vasija delicada, de corza, largo, interminable, llamando al beso... y una mano apuntada aguantando una pieza de fruta.

El hecho de que el cuadro no fuera acabado por Burne–Jones le aporta un halo de misterio que lo hace mucho más interesante.
Me quedo siempre absorto ante esa visión de belleza tangible, ante la pregunta del pensamiento de la modelo, ante esa tristeza que se patentiza en uno de los cuadros más bellos que conozco.