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Thursday, July 6, 2006

Okanishi Ichuu


El precio que se paga siempre por separarse de la norma es el aislamiento y la soledad, y esto sucede en cualquier estadio vital en el que nos centremos. En el mundo de la poesía también sucede, por supuesto. Son aceptados los poetas de la remembraza –porque juegan con el elogio–, los que con más o menos conocimiento hacen una poesía recurrente adornándola con algunas flores de modernidad, los que trabajan al dictado de los críticos poderosos y los que cultivan la amistad de los «capaces» –entiéndase en este término a los grandes editores–. Quien estudia, trabaja y experimenta sin pararse en un prediseño de consumo en su poesía, apenas tiene una tronera por la que asomar su nariz al mundo.
Ahora habría que analizar si el aislamiento y la soledad actúan como castigo o son, paradójicamente, un regalo del cielo para los que no quieren pasar por los jodidos aros sociales. Yo estoy convencido de que son un regalo, pero son un regalo cuando caen sobre un espíritu fuerte que es capaz de soportar el silencio y la sensación de inexistencia literaria.

Decir lo que quieres decir y hacerlo como te apetece, como te lo pide el cuerpo, sin tener que someterte a influencias o encajes sociales, sin tener que ser testado por esa censura soterrada y devoradora que encierra el consumismo... El problema surge cuando este tipo de escritor, de poeta, pertenece al gran grupo de los mediocres y se hace un mundo y una soledad para nada, o mejor/peor, un mundo y una soledad para el engreimiento vacuo.
No hace mucho me contaba mi amigo Sergio cómo era la estrategia de agencias literarias como la de Carmen Balcells, e incidía en que muchas obras, con una alta calificación de los lectores profesionales de la agencia, no tenían salida porque no pasaban el tamiz de poder ser colocadas con éxito en grandes centros comerciales.
La calidad, a lo que se ve, sólo interesa si va unida a las posibilidades comerciales y a las estrategias de mercado.

Y ya no quedan Arguedas para darse fin un viernes cualquiera dejando las cosas hechas y un orden escrito para los días postreros; no quedan, porque no es tiempo de revoluciones ni de carencias ciertas –ya se encarga el sistema de armarnos espejismos para no verlas– con las que vivir de verdad y morir de convicción. Ser es una posibilidad inexistente o virtual para los hombres sedados en que nos han convertido.
Antes se sufría y se escribía, y la escritura era látigo, detonante del estar. Ahora sólo se escribe por vanidad o por euros, por ocio o por snobismo... casi nunca por rabia o por necesidad. Y el escritor es un funcionario editorial con horas de entrada y salida, con fechas de cierre y galeradas, con número de páginas y cuerpos de letra cerrados, con temas recurrentes marcados por su jefe, con estilo de «libro de estilo» y con pagarés firmados a 23 plazos. Comenzar a escribir sólo lo propicia una firma contractual y unos tiempos de entrega –como las fases de las obras administrativas–... Ya no existen el desencanto, la desesperación, el desamor, la miseria del escritor... se ha sustituido todo por los estudios de mercado, el marqueting, la programación, los plazos... una pena, ¿no?

Thursday, June 15, 2006

Izen


Malos rollos por todos los rincones: Estrategias de empresa, justificación de subvenciones, trabajos a mil por hora... y un paquete de Leni –Mérida– con carta y libros jugando a la recriminación y a la disculpa. Y me gustaría contarle a Leni mis sensaciones y mis rarezas. Lo haré algún día en privado con detalle.
En todo caso, sí dejaré nota de mi primer paso por Mérida para recoger el premio de poesía de esa ciudad –y lo haré porque Leni deja caer en su carta que cuando me trataron bien en Mérida no dejé nota escrita–. Fue una Leni encantadora y cercana la que me recibió aquel día y me llevó de la mano por las estancias municipales y ante los políticos –yo creo que respondí con educación en todo momento y ensalcé el premio y el trabajo de la concejalía de cultura ante la prensa y la televisión local–. Me invitaron a comer –de puta madre, por cierto– y crucé un montón de palabras con su concejal durante la comida, en la que el tema monográfico fue la política local y sus relaciones con la Junta de Extremadura. Y me sentí aceptado y bien acogido. En resumen, un viaje positivo que me dejó una impresión muy grata de la gente de allí.
A lo que se ve, todo lo contrario que en mi siguiente viaje para presentar el libro premiado en la Feria del Libro de Mérida –del que ya hablé en una entrada anterior.
Para solventar aquello, sólo hubiera bastado una llamada personal del concejal de cultura esa misma noche para explicarme sus problemas –yo habría aceptado las explicaciones sin más comentarios.
Hoy me llegan de manos de Leni 25 ejemplares del libro con la nota de que no me corresponden porque en las bases no lo decía –circunstancia que acepto sin pararme a comprobarlo y que solventaré con el pago de los mismos a vuelta de factura–, que se me indicó que si quería alojarme, podría hacerlo con cargo al ayuntamiento –es cierto y yo decliné esa invitación– y que nunca se pagan los desplazamientos de los premiados para la entrega del premio y la presentación del libro –no lo sabía, pero paso por ello sin problemas–. Se acepta por parte de Leni que las cosas no salieron bien porque Ussía destrozó el programa y se me piden disculpas por ello –me las pide Leni, que no tiene de qué disculparse, pues ella fue quien intentó quitarle hierro al asunto desde el primer instante buscando soluciones de urgencia que no llegaron–, y yo a Leni nada más le debo agradecimiento por su trato cercano y su atención.
En resumen, que estoy muy satisfecho con la edición de Sergio Gaspar, que me encanta representar a la ciudad de Mérida llevando el título de su galardón literario, que tengo por amiga a Leni –espero que ella lo siga aceptando– y que ya se me ha pasado el mosqueo por aquella luz de gas que se me hizo el día 4 de junio –hay que entender que uno tiene su orgullo y su edad, y estás cosas joden un puntito–. Ah, y que mantengo mis palabrasya escritas, pues responden a mi estado de ánimo del justo momento en que las escribí.
(22:27 horas) Me encanta la falta de pudor de gente simple que se arrodilla ante el Cristo que pasa o te dice de frente que no eres más que un tonto vestido de palabras.
La libertad tiene algo de eso, y por ello se hace incómoda y molesta, y por eso tanta gente –casi toda– siente un miedo atroz a la libertad. Yo también.

Saturday, May 13, 2006

Moritake

Tiendo constantemente a idealizarlo todo y percibo netamente que ahí descansa toda mi debilidad. ¿Cómo podría conseguir hacerme con un específico que me pusiera realidad en los ojos cuando la necesito? Esta jodida debilidad de idealizarlo todo me hace menos libre, aunque quizás más intensamente alegre y más intensamente triste; y si lo que de verdad entiendo como una vida colmada debe basarse en el grado de intensidad, puedo decir que no debo quejarme, porque todo lo siento intensamente. El problema es que caigo con excesiva frecuencia en estados de euforia que me llevan luego a una incómoda sensación de fracaso –justo la sensación que me lleva a la escritura y a la pintura–. ¿Cómo podría controlar estos altibajos sin perderme el desatino creativo? No lo sé.
Todo esto me lleva a no entenderme demasiado bien con los demás, a no estar en su onda y, por tanto, a no ser comprendido ni a comprenderlos. Mientras que yo mido con mis ojos un gesto, unos labios, un cuerpo, el estado de la luz sobre las cosas, una forma de andar... los otros los atrapan inconscientemente y no se sienten perturbados... a mí, sin embargo, esas visiones constantes me incendian, me deprimen, me angustian o me llevan a la euforia; de tal forma que mi realidad se hace tan compleja que a veces soy incapaz de procesarla y me paralizo... sobre todo si al lado de mi percepción surge un conflicto tangible al que hay que poner solución; entonces me detengo mientras los otros ponen manos a la obra y noto en sus miradas estupor y hasta desprecio por mi actitud. Y no sé ser de otra manera, porque si lo intento entro en una terrible sombra que me llena de temores que me paralizan mucho más.
(13:23 horas) Vamos a ver, ¿no es suficiente que no robe, no mate y no moleste a los demás? ¿Por qué tengo que esforzarme en ser más que eso? No me gusta trabajar sino en lo que me pide el espíritu, pero he de hacerlo sin atinar a entender para qué ni por qué. Sé que tengo valores que podría desarrollar con cierto éxito y que podrían servirles a los demás de alguna forma, pero me empeño –se empeñan– en ocuparme en asuntos absurdos que sólo producen mediocridad y basura, asuntos que me dejan destruido y me van deshaciendo poco a poco. ¿Esto significa que estoy castigado por algo que los demás han hecho mal o simplemente que no sirvo para vivir? Lo más triste del asunto es que mis hijos llevan el mismo camino, entre otras cosas, porque no tengo la valentía de enseñarles cómo debe ser la vida, de formarles en la capacidad de vivir y no en la capacidad de sufrir poco a poco, despacito, para morir sin haber tenido una vida intensa. Y todo se va sumando para dejarme hecho unos zorros, empastado de tabaco y café, de cocacola y otros artificios.
No puedo con esta situación... y no sé cómo salir de ella.

(14:12 horas) Ayer estalló el televisor de mi casa y se produjo un pequeño incendio que me hizo pensar en la precariedad. Si hubiera sucedido sin estar yo en casa, la cosa podría haber acabado en tragedia. Pensar en mis hijos, en estas circunstancias, ha vuelto a traerme el miedo y una inseguridad total sobre mis fines.
No sé por qué, también se me vino a la cabeza la figura de Alberto Hernández y una sensación extraña de que compartimos algo inexplicable. No sé lo que es, pero cada día le entiendo mejor –entiendo mejor sus creaciones– y me siento muy unido a su solucionario creativo.... impresiones fugaces, caídas, cimas llenas de vértigo, desgana, pasión por lo que se podría hacer y no se hace... Alberto es un tipo impresionante escondido en sí mismo. Un día lo sabrá el mundo, estoy seguro.
Y escribo como esperando una señal, con tensión y con desesperación. Escribo buscando la escritura... y no llega.
(17:06 horas) Aún no sé por qué no me atrevo con una novela en serio, pues me siento preparado y noto cómo esa técnica creativa se produce en mí con facilidad en los últimos tiempos –cincunstancia que no sucede con la poesía–. Sí, siento vértigo a meterme en un proceso que me separe de todo durante un tiempo largo y que me produzca más tensión que sumar a la que ya llevo encima. El trasunto lo tengo muy claro y siento que sólo debo dejar fluir el verbo, y también siento que escribir un relato largo me daría una opción de libertad distinta a la que ahora intento frecuentar.
Me apetece crear personajes y jugar a ser un dios menor con ellos.

(18:05 horas) Estoy un poco preocupado con «El gato sólo quería a Harry». Sergio Gaspar me pide un esfuerzo para mover el libro entre gente de letras con posibilidad de realizar una reseña crítica en prensa nacional y José Luis Morante me anima enviándome direcciones de los más nombrados estilitas literarios españoles para que les haga llegar mi nuevo poemario rogándoles lectura y reseña, pero estoy harto de arrastrarme y no sé si lo que realmente me interesa es escribir para vaciarme o escribir para vender libros. Confieso que sólo he hecho una llamada, al colega Fernando Rodríguez de la Flor, intentando colocar el libro... su respuesta ha sido la que me esperaba: «¿Te llevas bien con Luis García Jambrina?, él es quien puede colocar tu libro en ‘El Cultural’ de ‘ABC’»... Y yo no me llevo mal con Jambrina, que es un tipo que siempre me ha caído bien, pero me repatea eso de que para estar en los medios tengas que llevarte bien con unos y con otros. ¡Joder!, yo quiero que mi libro se defienda sólo o que se autodestruya, y si no me sirve de aval la palabra, ¿para qué quiero el currículo y las amistades? Siento que mi libro es bueno, lo siento con sinceridad y con intensidad, y me molesta mucho tener que venderme.
Si no llega ahora, que es su tiempo –un tiempo antiliterario lleno de usura–, ya llegará a destiempo junto a algún lamento ajeno. No me importa su vida, pues yo ya gocé de su creación, pero sí que me importan sus consecuencias paraliterarias, que no quiero que me rocen ni me afecten.
(19:24 horas) Creer que estás desesperado hace que te sientas desesperado.

•• RECOMENDACIÓN ••

«Diarios»
Alejandra Pizarnik
Edición de Ana Becciu
Ed. Lumen
ISBN: 84-264-1394-3
Barcelona, 2003

Recoge uno de los textos más bellos, lúcidos y tristes que yo he leído en mi vida entera de lector.
Lo recomiendo encarecidamente como libro de cabecera para abrir y leer por cualquiera de sus páginas en cualquier momento del día o de la noche.