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Saturday, May 9, 2009

Fotos sueltas de otros días (II).


9 de mayo de 2009
FEROCIDADES

Andaba Isla Correyero por esos días con el encargo de Sergio Gaspar de hacer una antología de poesía radical, algo que rompiese moldes y anunciase pujanza de una nueva forma de hacer.
A la chica de “Coño azul” no se le ocurrió otra cosa mejor que convocar a los poetas seleccionados en un adusto convento de Ávila [en el que, como ya puede imaginarse, introdujimos todo tipo de consumibles alucinógenos].
Las reuniones eran absolutamente tediosas, pues a Isla no se le ocurrió otra cosa que intentar poner orden administrativo donde solo existía un caos divino. Intentó test con todos nosotros, concursillos para buscar el título de la antología, lecturas de poemas en grupo que le ayudaran a ponerse al día de aquella radicalidad que apenas conocía, y escuchaba sentada en un sillón igualito al de la peli Enmanuel [solo faltaba el desnudo].
Los poetas íbamos a nuestra bola: absolutamente impresentables, pues nos presentábamos a las sesiones con altas dosis de alcohol en sangre [o lo que fuera], lo que terminó con un desvanecimiento de Isla por incapacidad de sujetar aquella situación.
Las reuniones de pequeños grupos en las habitaciones eran de traca, auténticas fiestas llenas de carcajadas, mandarinas y ocurrencias terribles, pues la idea de Isla era no dejarnos salir de allí, como si estuviéramos concentrados para algo importantísimo.
El caso es que, después del desmayo de Isla, escapamos del convento y nos tiramos a la noche abulense [por decir algo, jeje, pues Ávila es más casta que una mujer muerta]. Recalamos en un local con un nombre emblemático al caso: “Carpe Diem”, donde bebimos hasta el ‘Asturias, patria querida’... y se nos acabó el papel de fumar... así que empezamos a preguntar entre los clientes del local si nos podían dejar papel, consiguiendo un Kleenex que nos dio una chica y la indicación del camarero de que había en el baño [higiénico, claro] y que todo el personal que llenaba esa sala eran alumnos y profesores de la Academia de Policía de Ávila... salimos como pudimos del lío policial y acabamos tirados por las calles. De amanecida, volvimos al convento para desayunar gratis, y juro por lo más sagrado que todos los que compartíamos mesa vimos pasear por los jardines exteriores al fantasma de un monje con hábito blanco y capucha.
Yo no fui seleccionado para entrar en “Feroces”... Uberto Stabile tampoco.... pero ésa es otra historia.
* [En la foto: David González, Manolo Moya –también conocido por Violeta C. Rangel–, Juan Carlos Reche y yo].


JUAN DE CARTAJIMA

Yo creo que Pepe García Pérez ya se había jubilado cuando coincidimos en un curso de verano de El Escorial. Coincidimos en un descanso entre ponencias y nos fumamos un cigarrito de comienzo de amistad que me supo a gloria... después de aquello pasamos muchas horas juntos, charlando en las terrazas de los bares escurialos o en las hermosas noches mágicas del Cafetín Croché... y de aquellas charlas supe de su poesía con enraizada fiebre andaluza, de su calidad de exdiputado de UCD y de su aventura en el parlamento durante las duras jornadas de 23F [las pasó putas el campeón], de su trabajo como director del suplemento “Papel Literario” del Diario de Málaga y de una inteligencia sobresaliente llena de guiños.
Lo pasamos de puta madre e hicimos piña con otros 15 poetas asistentes al curso, hasta el punto de conformar durante una noche bruja y alcohólica una nueva tradición poética a la que denominamos la Nueva Sementalidad, nombrando una Venus Pandémica y Celeste y escribiendo un manifiesto inclasificable mientras cantábamos a voces aquella canción salmantina que dice: “Ya no hay toros en Ledesma, ni tampoco en Villarino, ni tampoco en Fermoselle, porque se ha muerto Faustino...”.
Logramos un círculo de amistad hermoso que dura hasta el día de hoy... y nos trajimos fotos de las braguitas de las chicas, fotos que hacíamos por debajo de las mesas de la cafetería del Felipe II sin que se enteraran... no sé por dónde andarán ahora esas fotos, aunque sí recuerdo parte de un poema que escribía al caso durante aquellos días... “yo vi tus bragas blancas / levemente asomando, / fue en la cafetería del Felipe II / durante unas jornadas de poesía. / Turbado te confieso / que apartar la mirada / de tu centro intuyéndose / resultó ardua tarea...”. El poema lo recogí en la antología “Vuelta a la nada”, dentro del apartado “Palabras para Cintia”.
De esa amistad con Pepe García Pérez comenzó un tiempo de colaboraciones con crítica literaria en el Diario de Málaga, en el que aparecí durante varios años años como redactor en créditos de su suplemento cultural.
*[Juan de Cartajima es el apodo con el que Pepe García Pérez firma sus artículos de prensa].


EL SEÑOR DE FUENTEHERIDOS

Aquel verano nos invitó Manolo Moya a pasar un fin de semana en su casa de Fuenteheridos... recuerdo que acudimos a la invitación del colega todos los que aparecemos en la foto [Abraham Gragera, Antonio G. Turrión, Marino González, José Luis Morante, Uberto Stabile y yo] y nos divertimos de purito abstracto andaluz del interior. Charlamos de todo lo humano y lo divino, comimos y bebimos a placer, recitamos poemas en rondo para un borracho y un tabernero durante las mejores horas de la noche y, sobre todo, dormimos todos juntos en el salón de Manolo, tirados por el suelo y descojonaditos de risa... aunque lo mejor de aquel viaje fue el apretón que obligó a Antonio a utilizar el baño de la casa justo después de haberle contado un cuento al hijo pequeño de Moyita. El niño se quedó con ganas de más cuentos y el baño solo tenía por cierre una cuerdecita de 50 centímetros que dejaba la puerta a media abrir. Todos charlábamos animadamente en el salón [que está justo mirando a la puerta del baño] y el moyita chico empujaba la puerta, la abría y le decía a Antonio [que estaba el hombre apretando con el culillo al aire] “Antoño, cuénteme otro cuento...”... descojonante e imborrable aquella imagen que se repitió por lo menos cinco veces... e irrepetible el encuentro.


UN RUBITO Y UN CERDITO

Siempre consideré a Juan Carlos Valera un genio de la edición y un maestro incomparable de todo lo estético.
En esta foto andábamos de líos literarios en el Círculo de Bellas Artes matritense, pero a Juan Carlos lo conocí en Vitoria, durante unos encuentros literarios en los que también coincidí con Elisa Serna, José Luis Morante, Antonio Gómez y Antonio Gala.
Yo viajé a Vitoria con Juanito y nos alojaron en un albergue de la ciudad. Llegamos los primeros y nos asignaron a un largo pabellón lleno de literas en el que, de momento, solo estábamos los dos. Salimos a cenar por el centro antiguo de Vitoria y volvimos tarde a dormir al albergue. Ya allí, escojimos dos literas del fondo del pabellón dormitorio y pillamos sendas camas bajas seguidas para dormir. Hicimos nuestras abluciones y nos encamamos, bien cansaditos del largo viaje. A eso de las tres o las cuatro de la madrugada se encendieron todas las luces del pabellón dormitorio y nos despertamos asustados... se oyeron unos pasos fuertes y seguros avanzando hacia nosotros y una voz masculina, aunque algo afectada, comenzó a gritar... “¡Hacerme esto a mí, a Juan Carlos Valera, el mejor editor de Cuenca y de España... hacerme esto a mí... meterme como un paria en un albergue miserableeeee...!”... a esa altura de la historia, Juanito y yo estábamos atemorizados entre las sábanas mirando hacia la sombra que se venía hacia nosotros y con los ojos abiertos como platos. De pronto, Juan Carlos nos vio como aterrados, mirándole, soltó su maletita en el suelo y gritó: “¡Gracias, Dios mío.... Un cerdito y un rubitooooo!”.
La amistad fue instantánea y el gozo de tenerla siempre presente crece cada día.
Juan Carlos presentó en aquel encuentro un mandil decorado por Joan Brossa, y lo hizo desnudo paseando un por el escenario un hueso montado sobre un patín.
En los últimos años está muy ligado a Fernando Arrabal, con el que viaja por el mundo presentando su revista/maleta “Menú”. Mis últimas noticias es que andaba por New York codeándose con las más altas esferas del arte.
Un beso lujurioso desde aquí para mi Juan Carlos Valera... te quiero, tío, y te echo mucho de menos.

BENDITO TÚ ERES ENTRE TODAS LAS MUJERES

Fue descojonante cómo la periquita que cubría un evento literario para Telemadrid no consiguió que ninguna de las personas que estábamos a su lado le hiciéramos declaraciones... jajajaja... recuerdo cómo cada vez que arrancaban a grabar, Ada Salas y su amiga extremeña se arrancaban a contarse confidencias y yo me ponía a hacer cucamonas mirando a cámara... la locutora se desesperaba, pero tenía un puntito de respeto a aquella mesa en la que un montón de tipos del mundo de la poesía [entre los que estaban Antonio Carvajal, Ramón Irigoyen o Pepe Hierro] no le hacían ni puto caso... y solo yo miraba a cámara haciendo tonterías con mi cigarrito.
Al final, la cosa se le arregló de aquella manera a la mona rubita, porque pasaron a su lado dos exmises españolas y le dieron cancha.... ¡hablando de poesía contemporánea!... la rehostia.
Desde aquel día guardo un recuerdo indeleble de mi Adita Salas, un verdadero amor poético lleno de sensibilidad y palabras sobresalientes... y también desde aquel día supe que el temible crítico de poetas alclónicos del norte, José Luis García Martín, era un memo con poder, con mucho poder, pero un auténtico memo. Eso también es otra historia.

Monday, May 19, 2008

De una salida a la noche goliarda.


Salir a la noche como un furtivo a buscar con los ojos su cosita goliarda y libertina, su eterna ‘Fiesta de los Locos’ [el ‘Office des Fous’ de Pierre Corbeil] en honor del Señor circunciso; y ser los ojos por los que tomar la imagen del cura viejo haciendo cola en el prostíbulo, del yonki en su estrategia melopeica y zorola, de los jóvenes a oscuras encontrándose a tientas, de los tahúres casados rifando en los julepes el resto de su paga, de los borrachos tiernos llorando una canción o meando en la esquina, de los hermafroditas con la mano en sus sexos, del rompelunas ido que dormirá en la trena todo el fin de semana…
Salir a la noche como un furtivo, conduciendo mi auto hasta las tantas, enredando en las calles el poema necesario de mañana, mirando para ver y no olvidar, para imaginar y describir.
Anoche salí con auténtico fervor a estremecerme con el polen alcohólico, a mirar los pesebres donde los cuerpos retozan y mezclan sus licores… y lo hice con timidez y algo cansado, sin desprecio y sin aversión posibles.
Del viaje [fueron nueve vueltas en coche a la ciudad estrecha con diversas paradas] me quedaron imágenes tan nítidas como una gangrena: la gitana de rojo hablando por su móvil a voces y enseñando la prodigiosa carne de su cintura globulosa, la jovencita impía que no llegaría a los dieciséis años mostrando su hambre de hombre señalada en sus medias de malla y en una falda corta que dejaba entrever sus braguitas azules, el cuarentón beodo tirándole los tejos a una viuda alegre, el cornudo llorando, la madurita marcando sus pezones sobre una barra escueta, el lunático tres bailando un rock a pelo en el centro del parque, toda la gitanada escuchando a Falete en un coche estupendo, un rico con su chica huyendo apresurados, el magrebí sin ojo comiéndose un bocata, un camarero joven sudando entre las copas, la niña del moratón en el cuello llorando frente a un chico, el delincuente oficial jurando en arameo ante un par de guripas…
Y me lo traje todo para dibujarlo con un fervor de lluvia, y también me guardé a mí mismo en cien autorretratos de salida nocturna.
Hacía meses que no me asomaba a la noche, y me volvió a gustar.




La noche bejarana es como de herrumbre y alfileres, casi sin fiebre a la primera vista, pero con un calor tremendo en sus esquinas. Parece reumática al salir, sobre todo si la penetras solo y para verla; pero si la entras con ganas y agudeza, se te presenta con labios y pupilas dilatadas, turbia como un olvido y desterrada como una promesa.
Yo en ella he visto perros con brazos de mujer, suicidas transparentes, tipos alucinados y quietos como cadáveres, ombligos con vida propia en la hora tartamuda, ciegos sobresalientes de lucidez y trampas, bocas buscando alivio, emergencia, tranquila desmesura, moribundos a tientas con los ojos cerrados, tendones como trenes, óxido en las axilas de sus seres nocturnos, desazón en las espaldas socavadas, dos arterias sin tregua y una luna distinta en cada ojo mirado.
Noche como un caballo atropellando gente con su fiebre arbitraria, abrazándola en haces con alcohol y delirio, y metiéndola en antros de relinchos de grillos.
Noche abstracta y de verdad a medias en la que se vomita a la vez que se canta, noche de paranoicos coagulando su semen con el roce inconsciente, noche de incontenida exudación y de silenciosos cocodrilos, noche de ortiga y trenzas, de carneros y veinte dedos por cabeza, de vientres buscando amparo o una elegía…
Noche digna de ser pintada por Hieronymus van Aeken Bosch, porque tiene ojos y oídos [‘visus et auditus’] como un ser muriendo, porque es una ablación para el día siguiente o un extraño viaje al infierno de los apetitos, porque tiene algo apócrifo y confuso, porque es vulgar y lasciva, porque es bacante y apenas admite resistencia… porque es, sin darle vueltas, el mejor decorado para los ‘fratres jurati’ que ponen los manteles y los cubiertos en los que comerán todos los pecados capitales confinados en los cuerpos de los seres noctívagos.












•••
Acuso recibo con alegría y gritos de "Habitation avec les îles [Anthologie, 1984-1998]" en edición bilingüe, de mi hermanito Manuel Moya, traducido por François Luis-Blanc para la colección "Poètes des cinq continents" del sello parisino L'Harmattan. Conozco todos esos poemas al dedillo y juro que son importantes, muy importantes. Enhorabuena, amigo.

Sunday, September 9, 2007

El delicioso estado de ataraxia.


En la búsqueda de la ataraxia [es el agua en la que intento nadar desde hace unos diez años] encuentro dificultades que no sé solventar; y lo que más me fastidia es que esas dificultades emergen siempre de los asuntos cercanos y pequeños, ya que en los grandes temas sí que soy capaz de encender la serenidad de ánimo. Todo ello hace que no sea un escéptico al uso [que en rasgos generales sí que lo soy], pues sumo pasión cuando alguna circunstancia mínima y casi inexistente me tuerce los postulados ideales a los que quiero agarrarme: Soy, entonces, un escéptico pasional lleno de guiños hedonistas.
Analizando el estado de mi serenidad, concluyo que viene de mi convicción absoluta de que nada es importante [todo relativizado en el tiempo, claro, por el momento y el estado de ánimo]: No es importante ganar dinero como no es importante no ganarlo. No es importante trabajar y no hacerlo. No es importante amar como no amar. No es importante la vida en sociedad como tampoco lo es la soledad completa. No es importante ser y tampoco lo es no ser… pero el valor de la ‘importancia’ es absolutamente subjetivo en todos los casos apuntados y en los suspendidos por los puntos ortográficos. Es decir: está de puta madre ganar dinero o dejar de ganarlo, pero no es importante; Es magnífico tener un buen/mal trabajo y no tenerlo, pero no es importante; es una suerte poder amar y hasta no amar, pero no es importante; es conveniente la soledad y también el bullicio compartido, pero no es importante; es una suerte ser y no ser, pero no es importante…
La calidad de la ataraxia, por tanto, está en llevar con tranquilidad [serenidad] lo que te llega por azar, por trabajo o por búsqueda e intentar sostenerlo sin cerrar la mano, igual que se sostiene un insecto y se le deja caminar, detenerse o alzar el vuelo… tal forma de ver la vida procura una suerte de armonía que resulta gozosa en extremo: tener la vida en la mano y dejarla discurrir a su libertad sin hacer un solo gesto para atraparla, no darle el valor de posesión a lo que toma tu mano, pero sentirse poseedor de lo profundo despreciando sin gestos lo circunstancial.
Vamos, que basta con vivir conociendo el valor de lo potencial y conformarse con lo que termina siendo suceso: Sabes tu capacidad de ser, estar y hacer, pero no fuerzas las situaciones.
Otro claro parámetro que me acerca a la ataraxia [y que me resulta muy difícil de llevar a la práctica] consiste en no tomar decisiones de valor, en no enjuiciar los sucesos, a las cosas o a las personas, dejando que ellos/ellas sean productoras de su imagen y de su consecuencia, de su éxito o de su fracaso, de tal forma que el resultado me llegue ya elaborado, salvándome así del duro curro de la formación de criterios que no me interesan más que como hechos cerrados. De esta forma, en la línea de estos usos, consigo tiempo para enredar en lo que me interesa de verdad y, en consecuencia, extiendo mi tiempo en los caminos interesantes [interesantes para mí, claro].
(17:10 horas) Por estas fechas siempre me da un ataque de incienso que presenta síntomas preclaros: ganas de escribir contra la curia, recuerdo de mi odio cerval a iridólogos, homeópatas, sanadores, naturistas, ufólogos, exotéricos, espiritistas, horoscoperos, psicólogos, santos, milagreros, ouijases, cartománticos, quirománticos… y republicanos estadounidenses. No es grave, pero sí que resulta molesto cuando los males se manifiestan con el roce diario de la gente que cae en parte de los supuestos que alcanzan dicho mal de incienso.
Me produce prurito, por ejemplo, la corrobla de peticionarios doblemoralinos que acuden a la Virgen santa con sus ‘concédeme, sálvame, enriquéceme…’, los pirulis que ponen su mano para que les adivinen el futuro, los que toman potingues sin depósito sanitario recetados por un carnicerito [eso era antes, que ahora es el doctor Ramírez, que lo pone en un título justo detrás de la silla de su despacho] que chapurrea sobre las energías y los oligoelementos, los que no salen de casa porque hay un alineamiento [yo lo llamaría alienamiento] de planetas, los que dejan que les soben un supuesto bulto del brazo para salir de su estreñimiento, los que intentan hablar con el espíritu de don Comín, los jocosamente abducidos por una nave de Raticulín, los que alquilan su futuro en un test de Rochard, los que miran al cielo [Cielo] esperando que lluevan panes con euros dentro, los que toman en ayunas sirope de aloe vera, los que se dejan mirar el iris de sus ojos para que les vean el estado de las témporas… y otras mil aleluyas que me llenan de molestos picores que siempre se convierten en dinero robado o en poder gilipollas.
Hoy ya llevo diez cafés para ver si me olvido y me pongo a trabar un relato mediocre o un poema absolutamente circunstancial.
Lo peor es que este mal endémico del incienso es imposible de erradicar.
Quizás la muerte…

(22:02 horas) La tarde fue aburrida en parte, pues no he sido capaz de escribir nada interesante en dos horas de intento. Desesperado recogí a mi Guillermo y nos subimos hasta la Fuente del Lobo para hacer desde allí unas fotos de Béjar con mi nuevo objetivo de 300 mm.
Mientras hacía las otos recibí llamadita de Jesús Márquez: ‘tío, ¿me puedes acercar hasta la estación de autobuses, que parece que va a llover y llevo la guitarra…?’. Nos montamos Guillito y yo en el coche justo cuando caían las primeras gotas y sonaban algunos truenos a lo lejos.
Pillamos a Jesús y a su encantadora niña de porcelana y nos llegamos hasta la estación.
La despedida fue apresurada y me quedé algo triste, porque me vino un presententimiento extraño de final que aún no he sido capaz de descifrar.
Mis amigos partieron camino de Madrid y Guillermo y yo salimos a septiembre sin más, a un septiembre que nos cambiará los horarios y el humor, que volverá a unirnos en las comidas y en las cenas, que hara posible, por fin y de nuevo, esa soledad que tanto añoro durante los veranos.
También me escribieron Manuel Moya y Felipe Benítez Reyes, ambos cercanos, entrañables, amigos [os aprecio un montón, tíos].
De FUMADORAS

Friday, April 6, 2007

Me encanta que hablen de mí los desconocidos. [reseña]


Poco acostumbrado a ver mi poesía reseñada o sometida a crítica [ni para bien ni para mal], me he quedado sorprendido esta mañana al descubrir en una búsqueda Google mi nombre junto a una crítica de J. A. Arcediano en la página de la revista “Caravanasari” [http://www.caravansari.com/imgs/Caravansari_p.pdf] en su número 1 del primer trimestre de 2006. Habla de un libro ya viejo que publiqué en 2004 [“Con la muerte en los talones”] y lo hace a partir de una buena lectura [o eso me parece a mí desde este subjetivo punto de vista de autor]. Dejo copia del texto de Arcediano por su valor de oasis y de oxígeno, y lo hago dándole las gracias encarecidamente por echar un rato en mis versos. Gracias, tío.


[Con la muerte en los talones
Luis Felipe Comendador
De la luna libros, Mérida, 2004
J. A. ARCEDIANO

Luis Felipe Comendador (Béjar, 1957) aborda una vez más, en su última entrega poética, Con la muerte en los talones (De la luna libros, Mérida, 2004) el tema de la muerte, confiriéndole importantes dosis de extrañeza y ACCIDENTALIDAD, en tanto no está al alcance del individuo mantener el más mínimo control sobre ella. Nos hallamos, a mi juicio, ante un poemario en el que no debe buscarse una impresión general –no porque carezca de la suficiente unidad y coherencia– sino aceptar las dosis de verdad que nos sobrevienen paso a paso, poema a poema, a lo largo de su lectura.
Así, vamos hallando en el camino la exposición de toda una serie de sensaciones e impresiones absoluta y radicalmente humanas, personales, privadas, pero susceptibles de universalizarse, por la incidencia abrumadora en el resto de los individuos. La ansiedad ante la potencialidad de la existencia, ante lo posible y ante el hecho de que lo posible nos sea inabarcable. El miedo (a la muerte, a la vida) que produce hallarse en la soledad más absoluta, en la carencia de referentes y en la constatación de que no hay salida, de que las cosas, los hechos, las personas empiezan y se acaban, algo consustancial a la existencia y, por tanto, completamente natural. Esto produce en el personaje de Comendador una reacción inmediata: la de la autoinvitación a quemar las naves, a huir del fracaso por la vía de la participación activa en los acontecimientos, aunque actuemos a ciegas, pues la lucidez –nos dice Comendador– es muerte / porque es final, ocaso.
En todo un repertorio de impresiones acerca de la soledad, van apareciendo una serie de matices destacables: Una soledad al servicio del otro, de quien quiera aprovecharla, sacarle partido con fines cualesquiera. Una soledad que tiene como consecuencia el distanciamiento, la frialdad, y como origen remarcable la extrañeza respecto del entorno. Una soledad que se traduce, asimismo, en inidentidad, en incapacidad para afrontar la vida de forma original, personal, y que puede constituirse en detonante para que se desarrolle, sin ir más lejos, la propia capacidad de matar, de aniquilar la vida. Una soledad que nace, en cierta medida, de la presión ejercida por la figura divina como otro elemento de tensión sobre ese frágil hilo que es el individuo. Una soledad de la que no es posible desembarazarse ni tan siquiera en la huida, pues el individuo que huye está también abrumadoramente solo. Tal vez sea esa soledad tan profunda la que empuja al personaje de Comendador al descubrimiento del “otro”, descubrimiento éste que no deja de producirle miedo e incertidumbre, aunque representa una importante novedad respecto a este sujeto conformado por una sustancia porosa, a través de la cual discurren los días, uno tras otro, sin dejar el más mínimo rastro de su paso, y que va adquiriendo plena conciencia de que carece en absoluto de importancia, estando a merced del azar. Únicamente parece intuirse o apuntarse una salida a la soledad en ese descubrimiento del “otro”. En ese sentido, el otro quedaría fijado principalmente en la mujer, traída al papel de compañera y ocupando el espectro más íntimo del yo, en un ejercicio de alteridad, de empatía y de reconocimiento de ese “otro” femenino, que se erige en medio de supervivencia, en receptáculo del propio yo, aunque se intuye tal vez insuficiente ante la sed de aislamiento e individualidad del personaje: Algunas tardes meriendo algo / y siento que me llena esa mujer / que me abraza y me alimenta / cuando estoy solo.
El otro eje del libro, la idea de la muerte, que subyace en esa enfermedad incurable que es la soledad, la alimenta y la hace crecer y desarrollarse como un cáncer del espíritu, da lugar también a una importante sucesión de impresiones plasmadas en la letra y en el verso de Con la muerte en los talones, título de por sí significativo y esclarecedor y que –dicho sea de paso– rinde tributo a los escenarios y personajes cinematográficos a los que alude también el autor en otras de sus obras. La obsesión por la muerte transluce en versos como nací para la tierra, esto es, en la seguridad de que el ser humano nace para morir, por lo que resultaría incomprensible el miedo a vivir, a volar; o la de que la vida, como huida de la muerte, es un hecho imposible, ya que la muerte se encuentra inexorablemente en todas direcciones. La dialéctica entre atracción y rechazo lleva al personaje de Comendador a situaciones paradójicas. Así, se alternan la huida y la espera del momento crucial, componentes indispensables de toda relación y enfrentamiento obsesivos.
La profundización en el hecho de la muerte conduce también a una idea podríamos decir “metafísica” de la misma, abarcando en ella un aspecto más amplio que el de la mera muerte física y tomándola como un hecho previo al nacimiento de nuevas cosas, como punto de inflexión en el discurrir hacia nuevos ciclos, en la observancia de una norma ineludible, la de que para alcanzar un nuevo ciclo debe producirse la degradación y acabamiento del anterior.
En el punto intermedio de la dialéctica atracción / rechazo, el retrato de una postura de serenidad ante el advenimiento del final, en el sentimental y excelente “Expreso a ninguna parte”, o la invitación a vivir intensamente y sin miedo de “Un coche rozando los precipicios”, junto con la exhortación a convivir con la idea de nuestra propia mortalidad (la amenaza es sólo posibilidad) del magnífico “Policía en la puerta”.
Otro de los aspectos inherentes a la muerte, la herencia, no es pasado por alto por Comendador, quien conjuga desde un punto de vista existencial la expresión del legado y de las últimas voluntades de su yo poético, atendiendo formalmente a ese aspecto extensivo de la muerte, como es la expresión de lo póstumo.
Finalmente, destacar la familiaridad del individuo con la muerte, expresada en pequeñas figuras muy explícitas y tremendamente certeras, tales como voy
a casa como a la muerte (Documento traducido al búlgaro) o despreciar el cadáver/ que te escupe el espejo (“Amordazado en el maletero de un Continental”).
Todo un discurso, en fin, vertebrado de principio a fin con la presunta (y ampliamente conseguida intención) de situar al individuo ante el hecho definitivo y
crucial de su existencia, siempre presente y raramente bien digerido y asimilado, pero que por su importancia no deja de ser constantemente abordado de forma intuitiva y/o reflexiva, y ante el cual es fundamental detenerse y pensarlo, para rentabilizar al máximo esa ficción que designamos con el sustantivo “vida”.]

En el mismo número de esta revista figura un amplio artículo de Eduardo Moga que, bajo el título de “La limpieza del realismo sucio”, da un repaso a esa tradición poética que nació en los sesenta. En ese artículo me incluye Eduardo Moga como parte de tal tradición dentro de la poesía española, alumbrando que mis poemas beben en la fuente de Roger Wolfe y dejando caer cierta sensación de emulación epigónica. Suma mi nombre a los de Karmelo Iribarren, David González y Manuel Moya.
En este punto considero que debo puntualizar algo:
1º Sí, me encanta la poesía de Roger Wolfe y reconozco que durante un breve periodo ensayé ese tono descarnado y directo, pero pronto entendí que no era el mío, ya que mi vida no respondía ni de lejos a esa estética. En todo caso, supone para mí un alto honor que se me sume a cierta epigonía wolfina.
2º Me encantan los compañeros de viaje, pues admiro sin sonrojo a Karmelo, a David y a Manolillo Moya, pero sólo me veo cercano en la propuesta poética a Manolo, y eso cuando no toma la máscara de Violeta C. Rangel [Manolo y yo estamos muy unidos por sus “Islas sumergidas”].
3º Es patente que mi amigo Eduardo, al que no veo desde aquellos deliciosos cursos de El Escorial en los que trabamos una amistad simpática, no ha vuelto a leer mi poesía [pues no sé dónde puede encontrar mi amigo a Roger Wolfe en “El amante discreto de Lauren Bacall”, en “Paraísos del suicida”, en “Travelling”, en “Con la muerte en los talones” o en “El gato solo quería Harry”].
Los citados poemarios se alejan tranquilamente del realismo sucio para entrar en una suerte de 'poesía de la conciencia' mezclada con ciertos toques de 'poesía de la disidencia' y un poquito de cierta 'estética de la resistencia' [es una coña personal; perdón, colega Eduardo]. En ellos desaparece totalmente el feísmo por voluntad propia así como las presentaciones directas y conversacionales que tanto se patentizan en el realismo sucio; tomo conscientemente un tono más filosófico y trabajo con cuidado la forma de mis poemas intentando, eso sí, no impostar mi voz.
En este punto y en este día, amigo Eduardo, me considero instalado en una poética individual y solitaria que es mezcla heterogénea de todo lo que leo y me emociona y de todo lo que vivo y me impacta o me deja hundido.
No pertenezco ni por estética ni por obra ni por prebendas a ninguna de las tradiciones establecidas por los culos planos para llenar de letras sus folios interminables. Estoy sólo en contra y a favor de mí mismo y no me interesa nada que me ubiquen en una forma de hacer o deshacer porque, entre otras cosas, no me interesa el mundo de la taxonomía poética, ya que está fuera del mundo creativo y se mueve únicamente en la especulación [que por cierto, da de vivir a demasiada gente sin valor formal, estético o literario].
Muchas gracias por acordarte de mí después de tanto tiempo, amigo, y queda aquí mi casa abierta para ti cuando desees, con una copa puesta y un montón de abrazos.
(17:24 horas) Escribir es también un acto reflejo o exclusivamente un acto reflejo… y antes está la vida, siempre antes.
Acabo de recibir llamada de Jesús Urceloy para decirme que viene hasta Béjar con Marisol a visitarme. También el viaje es un acto reflejo y antes de él está la vida.
(21:29 horas) Me he pasado toda la tarde trabajando en un libro objeto [llevo ya dos meses de curro con él] y me ha sentado francamente bien estar sentado frente a sus páginas con las manos manchadas de tinta y buscando formas y contenido.
El soporte es una edición de “Los cipreses creen en Dios”, de José María Gironella, fechada en 1970 y realizada por Círculo de Lectores. Mi intención es que el libro consiga la capacidad de leer al lector a través de figuras que le miran desde sus páginas. Es un proyecto a largo plazo, pues no en vano el volumen cuenta con 785 página que he de tunear una a una. Esta tarde he llegado a la 211, por lo que calculo que al ritmo que llevo pueden quedarle del orden de seis meses de trabajo.
Cuando me cansé de libro objeto, me acerqué hasta mi casa paseando. Béjar está a tope de gente y salir a la calle en estas circunstancias supone para mí un costoso trabajo, pues cada día llevo peor el asunto de las multitudes y también me jode un punto encontrarme rostros desconocidos que no me da tiempo a escrutar.
Olía a muerte, y no sé por qué. Me ha quedado una sensación de tragedia que no acierto a saber de dónde viene.
No me gusta la Semana Santa en ninguna de sus ofertas. Lo siento… o no.
De Tontopoemas ©...


* "Diez años atrás" de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés.

Monday, January 22, 2007

El hambre tiene don de gentes.


Abro boca de lunes con un nuevo libro de mi amigo del alma Manuel Moya, esta vez de relatos cortos, que bajo el título «La sombra del caimán y otros relatos» me lleva a aquel otro tesoro que el de Fuenteheridos intituló «Regreso al tigre» y que me dejó tocado con un relato hiperbreve de una niña dormida y un tigre. Voy a devorar esta sombra de saurio al amor de los fríos que llegan para pillar algo de calor en la frente.

Y un par de horas después, aparece el cartero con paquete de mi Paulina Cervero: carta entrañable para un encuentro que quiero cercano y el volumen «Víctor Botas y la poesía de su generación [nuevas miradas críticas]» editado por la Fundación Universidad de Oviedo y Llibros del Pexe. Otro bocado para comulgar y descomulgarse, con trabajos sobre Víctor, el gran poeta Víctor Botas, de tipos tan entrañables como mi José Luis Morante o mi José Luna Borge y de pericos tan extrañados como el chiquito de Aldeanueva del Camino que escribía en el ABC. Gracias a superpaulina voy a volver a Víctor Botas como maestro de poetas, como genio en variaciones del clasicismo y como norte de la más fina ironía literaria europea del siglo XX.
No empezó mal el día, no.

(21:17 horas) Pasé el día entero maquetando el nuevo libro de José Luis Morante, su diario desde 2002, que bajo el título «Reencuentros» aparecerá durante el mes de febrero en mi colección «La viuda alegre». Cuando terminé de maquetar comencé la lectura del texto de mi amigo –ya tengo la buena costumbre de no leer mientras trabajo, no como antes– y ya me he comido más de la mitad del texto, pues lo he hecho con hambre. El diario es muy literario y tiene algo que me gusta mucho, pues fundamentalmente juega con el enigma, un enigma creado al eliminar el nombre de muchos protagonistas, dejando el suceso vital que les rozó con José Luis a modo de juego con el lector. Ese juego no implica que haya que conocer al autor y a su personaje, no, pues José Luis lo ha trabajado con verdadero conocimiento de causa, lo que hace que sentimientos puntuales y personalizables se universalicen conformando un material literario de mucho interés.
El diario es entrecortado, jugando a una guerra de guerrillas en la que la munición, en muchas ocasiones, alcanza gran altura poética, consiguiendo crear un libro dentro del libro lleno de aforísmos bellísimos e inteligentes –creación dentro del acto notarial, una magnífica mezcla con la que matar sin hacer sangre.
Nunca me decepciona el colega, nunca.

Sunday, January 14, 2007

Me miro en el espejo y veo a otro.


Leo, no sin admiración perpleja, que la ciudad de Béjar se sitúa con el número 346 en el listado de ciudades con mayor capacidad de autofinanciación de nuestro país [estudio realizado por la Universidad de Málaga sobre 7.500 ciudades de España]. Luego pienso: ¿Eso qué supone? Pues que se ha perdido la propiedad de servicios públicos deficitarios, cediéndola a la empresa privada y ganando con ello en tesorería. Habría que ver si eso es bueno para el ciudadano en lo que le afecta en calidad de servicio y aportación económica propia. Tengo claro, por ejemplo, que el agua ha subido por los cielos en Béjar [carga pública sobre los hombros del ciudadano para el beneficio de la empresa privada y, cómo no, para abundar en esa autofinanciación] y me gustaría conocer con detalle el funcionamiento de cada una de las privatizaciones realizadas por el gobierno municipal... Vamos, que la pregunta del millón sería: ¿Estamos mejor los ciudadanos con la situación de autofinanciación creada en la ciudad? No tengo ni puta idea, pero estaría bien que alguien nos hiciera este análisis con datos.

(12:01 horas) Existe una hermosa tragedia que tiene que ver con la duda y la certeza, con la verdad de la duda y con el error de la certeza. El hombre que ama intensamente debe ser campo trillado a una duda que duele, y el hombre que ama con certeza se equivoca decididamente en esa dirección. Sucede lo mismo con la creación, la misma tragedia de error y dolor. Y no tiene que apartarse el gozo de taL circunstancia, y por ello es una tragedia hermosa, ¿verdad, amigo Alberto? –hablo hoy contigo y para ti porque necesito un interlocutor atento en mi soledad; perdona que te use, amigo–. No saber que lo que se crea con intensidad y desasosiego es exactamente descubrimiento o magia [duda, siempre duda] o asertar firmemente que lo es [certeza/error] hasta caer en la cuenta de todas las carencias que contiene, que contenemos... y luego hundirse. Sí, una hermosa tragedia, Alberto, en la que crecemos y vamos anotando cada arruga de vejez en nuestros rostros.
De ese celo, que es la duda, nos acaba siempre amaneciendo el paso siguiente, un paso exacto al anterior que nos lleva a avanzar tímidamente... pero a avanzar. De aquella seguridad, que es la certeza, nos llega la niebla gris que nos hace perder el norte y, acaso, dar pasos atrás o caer a un precipicio sin vuelta.
En todo caso, Alberto, debemos preguntarnos qué ganamos y qué perdemos, qué dejamos en el camino y qué nos llevamos puesto sobre los hombros en este viaje desde la nada hacia la nada. Quizás lo importante sea el camino y no los pasos ni quien los perpetra, dejar la trocha limpia para el siguiente que quiera pasar por ella o detenerse.
Respiro y me pregunto cómo he de amar lo que soy, Alberto, cómo he de darme/mostrarme al mundo si aún me siento inocente y, por tanto, absolutamente vulnerable. No te pido respuestas, amigo, tan solo hablo suponiéndote ahí porque necesito el muro que recoja esta voz que no sabe hacia dónde caer ni cómo hacerlo, y tú eres hoy el muro perfecto –lo has sido siempre– sobre el que lamentarse sin más por no saber crecer con la máscara puesta todo el día.
Quiero dudar, amigo, y me llegan certezas... Lo llevo chungo.
(13:40 horas) Recibo mail Escobar de mi Manolito Moya asilvestrado como un dondiego de noche entre los castaños finiseculares de la Sierra de Aracena. Escribe como una máquina porque es lo que quiere y desea y le gusta y le apetece y basta. Y yo le envidio por esta tartamudez literaria que ya se ha hecho endémica en mi mano y porque respira hondo y claro, mientras el aire que a mí me llega es superficial y lleno de un humo raro que me pone un puntito parilítico de desatar. Va a sacar más islas en Pre-textos mi Manolo y eso me gusta, porque las islas Moya son un cielo en el agua por el que nadar sin siquiera haber aprendido los mecanismos de flotación. Suerte, hermano, y mucho tiempo igual al ya pasado.
(16:57 horas) ¿Por qué lo que ahora conozco no pudo estar en mí cuando tenía diecisiete años? Me habría convertido en autista apagando algunas zonas de mi cerebro de forma irremediable. Ah!, saber decidir qué neuronas son las indicadas cuando el cerebro arde y se pelea contra sí, y dar un golpe de estado haciendo morir todo lo te lleve a la banalidad, una revolución en condiciones para llegar al coito de la idea y quedarse ahí, sin más, disfrutando ese orgasmo en la cabeza. Saber que sufrir no es de recibo si no está el conocimiento como fin, que es absurdo apretar el cuerpo y el espíritu al abrazo del dolor sin consecuencias brillantes. ¿Qué conclusión puedo sacar? ¡¡¡Hedonismo!!!, vulgar y gozoso hedonismo como norma y norte, pasar de la ictericia diaria y ridícula que te pone amarillo de bilis. Ante el problema pequeño basta un «todo pasará», y lo mismo ante el grande. Sonrisas consecuentes e incluso carcajadas contra el que vive en esos nudos ridículos del interés. Mofa.

Friday, October 13, 2006

Hubrecht Duijker


Hago balance positivo porque hoy me duele terriblemente la cabeza, justo desde que desperté, y ni las aspirinas –ya van tres– me atenúan el latido cabrón en mi sien izquierda.
Hasta el día de hoy he dado lo que he sabido dar... sonrisas animosas, algún poema con ganas de decir o de gritar, mentiras amables buscando armonía, silencios cómplices... Me ha gustado siempre compartir lo que he poseído y regalar lo que entendía que podría ser más felicidad en otros que en mí. He compartido penas y las he escuchado aunque no me tocasen, he intentado recibir y despedir, acoger y atender a todos mis invitados como mejor he sabido... He rectificado cuando sentí que el error era mío y he pedido disculpas por ello siempre, he intentado ser justo con todos los que me rodeaban y sé que por ello he conseguido enemigos menores y odios absurdos... También he intentado decir la verdad en los asuntos importantes, y siempre lo he hecho de forma pública y sin dobleces –por ello me han acusado a veces de ser contradictorio, cuando no de otras cosas peores que no caben en mi boca–, he sido contradictorio siempre y nunca me he arrepentido de ello.
Sin embargo, siento cierto sabor a fracaso en mi boca, y es una sensación triste, porque me lleva a entender que lo que fui no ha servido para nada, y lo que seré está más cerca de la derrota que de la vida.
No he sido bueno, pero tampoco malo... En fin, que busco soledad y quizás muerte donde otros buscarían compañía y descanso.
Me duele jodidamente la cabeza y siento que estoy un poco más vivo que ayer, pero más triste.

[CARL GUSTAV JUNG: Incluso una vida feliz comporta cierta oscuridad y la palabra feliz perdería su sentido si no se viera compensada con cierta tristeza.]

El jodido baile de los contrarios que deben jugar a equilibrarse para ofrecer armonía. ¿Por qué no somos capaces de idear un absoluto que funcione en lo experiencial? Ser simplemente feliz y dormitar toda una vida con una sonrisa floja.. hasta morir con ella puesta... Claro, no sería natural sentir gozo si no existe la sensación de fracaso para darle valor.
Vaya.

(23:19 horas) Anoto mail entrañable de Manuel Moya –qué ganas tengo de recuperar a este tipo maravilloso y olvidarme un poco de mi proyecto empresarial–, y llamada a Mari Sol para preguntar por el compañero Cipriano González –¡fuerza, compañero... y tantas ganas de vivir como tú sabes tener!

Saturday, July 8, 2006

Etsujin


El que todo termine repitiéndose en la vida me resulta bastante inquietante, entre otras cosas, porque el pasado contiene una dimensión terrible y porque los medios humanos hacen que cualquier repetición sea mucho más perniciosa por la enorme capacidad de mal que maneja el hombre. Sí, también se repiten las cosas buenas y agardables, pero lo catastrófico anula cualquier sonrisa por amplia que sea. En este asunto resulta sorprendente el desarrollo tecnológico y de conocimientos que ha hecho la humanidad en los últimos ciento cincuenta años: hace poco menos de un siglo apenas se conocía la naturaleza de montones de animales superiores, se creía desde la ciencia en seres míticos como el unicornio, no se había explorado el 80% del continente africano, se conocía algo de la costa de Oceanía y los polos eran asunto de un par de pirados. Si hablamos de armas, las blancas y las de fuego más simples eran el no va más. Sólo la filosofía, el arte y la literatura daban tipos importantes para el desarrollo reflexivo del ser humano, siendo mucho más destacadas estas atenciones que las científicas. Ahora, sin embargo, la ciencia ha tomado el cuchillo por el mango, sobre todo después del descubrimiento asombroso de las ciencias aplicadas. Cualquier artista, escritor o filósofo se queda en nada ante la progresión geométrica de científicos inteligentes asociados a la industria y al consumismo feroz.
Aquel «Shock del futuro» que pregonó Alvin Toffler hace unos 25 años es ya una realidad tangible que me llena de temor. Industriales poderosísimos controlan y frenan los avances científicos en aras de su enriquecimiento infinito, privan a sectores del tercer mundo de bienes que debieran ser de la humanidad –cualquier avance del tipo que sea pertenece a la humanidad– para sacar tajada de todo el proceso, de cada paso del proceso. No se elaboran productos definitivos con las más avanzadas tecnologías, sino que se van sumando pequeños avances a los resultados primarios para que sean objeto del consumo feroz y repetido que ellos han diseñado.
Este maridaje entre ciencia e industria a veces resulta de lesa humanidad, muchas veces, y quizás habría que trabajar en una revolución que destruyese sus armas de capital y propiciase el acceso normal de todo ser humano a esas tecnologías que nos niegan por pura usura.
Esto acabará mal cualquier día. O peor.

(17:59 horas) Tenía una carta en el coche que no había abierto por despiste. Era de Manuel Moya y contenía una carta entrañable –me alegra saber del colega– y una de sus ediciones Tabula Rosa/Rasa divertidísma, una selección de poemas al mejor estilo Catulo firmados por Ásdrulo de Ferdus al cuidado de Buenaventura Fernández. «de Libro Tercero (llamado de los pijos)» se titula esta breve y verde delicia. Lo he pasado de puta madre leyéndolo. Gracias, Manolillo.