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Tuesday, March 3, 2009

¿Esto era la muerte?


3 de marzo de 2009
Jeroen Anthonissen van Aken, que fue un baluarte de lo anacrónico [andaba de gótico mientras el mundo buscaba el humanismo del Renacimiento], tañía en la simbología y en los secretos para armar una ‘tensión’ sobre la vida y la muerte, particularmente sobre la muerte. De tarde en tarde, cuando estoy entre chungalí y eufórico, me meto en su obra como en un teatro y percibo cómo se unen nuestros ‘simbolein’ [aquellas tablillas de cera que se rompían en dos trozos, quedándose con una parte quien la había realizado y entregando la otra a un amigo que debía viajar a otras tierras, de tal forma que, al pasar de los años, si los descendientes llegaban a encontrarse por un azar, pudieran, uniendo los dos trozos de la tablilla, identificarse y reconocer aquella unión como propia] y nos reconocemos hasta el punto de vibrar en un mismo tono negro y portentoso. Así, atados Jeroen y yo, me llegan noticias de la muerte, sus claves y sus nadas, su azar y su montura de huesos, su metáfora... y sé nítidamente lo que es, de pronto, sin más, mientras miro a los cuatro personajes que cruzan el puente en la tabla izquierda del tríptico las “Tentaciones de San Antonio”.
Jeroen, hijo de la gran puta, claro... la muerte es tan solo el miedo a la muerte.

Tuesday, May 20, 2008

Béjar por la mañana es menos Bosco y bastante más Brueghel el viejo.


Béjar por la mañana es menos Bosco y bastante más Brueghel el viejo. Basta apostarse en una acera con un cigarrito en la boca y esperar a que vayan pasando los personajes deliciosos que pueblan el lugar.
Hoy, ante la falta de curro, decidí posarme en una acera durante una hora larga cargado de Chester y con los ojos dispuestos a pelear el tedio. Allí la santa con el pan del día que olfatea sus bragas antes de ponerlas a lavar, allí el anciano despertando a la muerte con su bastón pulido de castaño mirando a la argentina grandona como con hambre, allí la mamá indescifrable que presiente mi mirada mientras va con su vástago afanosa moviendo sus tejanos como una actriz antigua, allí los dos adolescentes que se gustan pero que no se atreven, allí la cubana y los tres africanos con sus mochilas llenas y sus móviles, allí la cruz de unos ojos que perforan como queriendo sumar y multiplicarse, allí un estremecimiento y unas ganas, un casi desmayo y una refriega escueta con el municipal que no deja aparcar a la justa hora de la salida del colegio. Y en un momento se arremolinan madres y abuelos esperando el goteo de los críos y confundiéndose como en un letargo. Y pasa el fontanero –como todos los días– y me saluda, y corre la criada extranjera detrás de su señora –que tiene inflado el culo por las ínfulas del ‘doña’ que le dice la mucama–, y el que por la noche se pone hasta el culo de cubatas reposa bajo el sol aguardando a su retoño, y la peluquera que pasa y me sonríe con un movimiento de cabeza, y el cura jubilado con su panza bien llena bufando por los doce pasos que acaba de dar, y otra vez el fontanero en su furgón con su saludo… Y las madres, apresuradas, llegan con botas altas y los pantalones remetidos, en chándal blanco y rojo escondiendo sus mallas de la horita de batuka que se acaban de pegar en el gimnasio, con jerselones Belle de Jour, con gafas de sol que les tapan media cara, con carritos de la compra llenos de verduras, con sostenes de tirantes transparentes que brillán en los hombros con los rayos del sol, con cinturones de hebillas desmesuradas, con tacones y manoletinas y tenis blancos y botitas de running… todas me saludan porque nos vemos siempre a la misma hora y en el mismo lugar, y pasan las dos gitanonas vestidas de negro como tapando la calle con sus enormes zamoranos de reserva.
Béjar a las 12:45 a.m. no está como fallecida porque la gente se roza en las aceras o se retuerce sorteando a los coches. Y si lo miras bien, verás que todos ellos se apetecen, se buscan, se acometen deseando palparse… e incluso se codician con cierto ardor de calle.
Y de pronto dejé como colgados mis ojos infantiles en las cornisas breves y abandoné mi oído a todos los sonidos familiares que me llegaban sonámbulos como charcos pequeños. Todo se hizo viscoso en esa necedad de mirar lo imposible… Cal viva en el misterio de las cosas comunes que pasan y no sé percibirlas, cal viva para ocultar las víctimas de mi mala memoria perceptiva… y atardeceres turbios, y angustia de pan reciente, y olor a nubes bajas, y seducción anónima mirando unas caderas, y grillos en los ojos, y lenguas que se mueven, y alacranes de musgo humedecido, y el eco de unas manos… porque en el asfalto frío no caben las huellas de los hombres.




Monday, May 19, 2008

De una salida a la noche goliarda.


Salir a la noche como un furtivo a buscar con los ojos su cosita goliarda y libertina, su eterna ‘Fiesta de los Locos’ [el ‘Office des Fous’ de Pierre Corbeil] en honor del Señor circunciso; y ser los ojos por los que tomar la imagen del cura viejo haciendo cola en el prostíbulo, del yonki en su estrategia melopeica y zorola, de los jóvenes a oscuras encontrándose a tientas, de los tahúres casados rifando en los julepes el resto de su paga, de los borrachos tiernos llorando una canción o meando en la esquina, de los hermafroditas con la mano en sus sexos, del rompelunas ido que dormirá en la trena todo el fin de semana…
Salir a la noche como un furtivo, conduciendo mi auto hasta las tantas, enredando en las calles el poema necesario de mañana, mirando para ver y no olvidar, para imaginar y describir.
Anoche salí con auténtico fervor a estremecerme con el polen alcohólico, a mirar los pesebres donde los cuerpos retozan y mezclan sus licores… y lo hice con timidez y algo cansado, sin desprecio y sin aversión posibles.
Del viaje [fueron nueve vueltas en coche a la ciudad estrecha con diversas paradas] me quedaron imágenes tan nítidas como una gangrena: la gitana de rojo hablando por su móvil a voces y enseñando la prodigiosa carne de su cintura globulosa, la jovencita impía que no llegaría a los dieciséis años mostrando su hambre de hombre señalada en sus medias de malla y en una falda corta que dejaba entrever sus braguitas azules, el cuarentón beodo tirándole los tejos a una viuda alegre, el cornudo llorando, la madurita marcando sus pezones sobre una barra escueta, el lunático tres bailando un rock a pelo en el centro del parque, toda la gitanada escuchando a Falete en un coche estupendo, un rico con su chica huyendo apresurados, el magrebí sin ojo comiéndose un bocata, un camarero joven sudando entre las copas, la niña del moratón en el cuello llorando frente a un chico, el delincuente oficial jurando en arameo ante un par de guripas…
Y me lo traje todo para dibujarlo con un fervor de lluvia, y también me guardé a mí mismo en cien autorretratos de salida nocturna.
Hacía meses que no me asomaba a la noche, y me volvió a gustar.




La noche bejarana es como de herrumbre y alfileres, casi sin fiebre a la primera vista, pero con un calor tremendo en sus esquinas. Parece reumática al salir, sobre todo si la penetras solo y para verla; pero si la entras con ganas y agudeza, se te presenta con labios y pupilas dilatadas, turbia como un olvido y desterrada como una promesa.
Yo en ella he visto perros con brazos de mujer, suicidas transparentes, tipos alucinados y quietos como cadáveres, ombligos con vida propia en la hora tartamuda, ciegos sobresalientes de lucidez y trampas, bocas buscando alivio, emergencia, tranquila desmesura, moribundos a tientas con los ojos cerrados, tendones como trenes, óxido en las axilas de sus seres nocturnos, desazón en las espaldas socavadas, dos arterias sin tregua y una luna distinta en cada ojo mirado.
Noche como un caballo atropellando gente con su fiebre arbitraria, abrazándola en haces con alcohol y delirio, y metiéndola en antros de relinchos de grillos.
Noche abstracta y de verdad a medias en la que se vomita a la vez que se canta, noche de paranoicos coagulando su semen con el roce inconsciente, noche de incontenida exudación y de silenciosos cocodrilos, noche de ortiga y trenzas, de carneros y veinte dedos por cabeza, de vientres buscando amparo o una elegía…
Noche digna de ser pintada por Hieronymus van Aeken Bosch, porque tiene ojos y oídos [‘visus et auditus’] como un ser muriendo, porque es una ablación para el día siguiente o un extraño viaje al infierno de los apetitos, porque tiene algo apócrifo y confuso, porque es vulgar y lasciva, porque es bacante y apenas admite resistencia… porque es, sin darle vueltas, el mejor decorado para los ‘fratres jurati’ que ponen los manteles y los cubiertos en los que comerán todos los pecados capitales confinados en los cuerpos de los seres noctívagos.












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Acuso recibo con alegría y gritos de "Habitation avec les îles [Anthologie, 1984-1998]" en edición bilingüe, de mi hermanito Manuel Moya, traducido por François Luis-Blanc para la colección "Poètes des cinq continents" del sello parisino L'Harmattan. Conozco todos esos poemas al dedillo y juro que son importantes, muy importantes. Enhorabuena, amigo.