Showing posts with label ROGER WOLFE. Show all posts
Showing posts with label ROGER WOLFE. Show all posts

Friday, April 6, 2007

Me encanta que hablen de mí los desconocidos. [reseña]


Poco acostumbrado a ver mi poesía reseñada o sometida a crítica [ni para bien ni para mal], me he quedado sorprendido esta mañana al descubrir en una búsqueda Google mi nombre junto a una crítica de J. A. Arcediano en la página de la revista “Caravanasari” [http://www.caravansari.com/imgs/Caravansari_p.pdf] en su número 1 del primer trimestre de 2006. Habla de un libro ya viejo que publiqué en 2004 [“Con la muerte en los talones”] y lo hace a partir de una buena lectura [o eso me parece a mí desde este subjetivo punto de vista de autor]. Dejo copia del texto de Arcediano por su valor de oasis y de oxígeno, y lo hago dándole las gracias encarecidamente por echar un rato en mis versos. Gracias, tío.


[Con la muerte en los talones
Luis Felipe Comendador
De la luna libros, Mérida, 2004
J. A. ARCEDIANO

Luis Felipe Comendador (Béjar, 1957) aborda una vez más, en su última entrega poética, Con la muerte en los talones (De la luna libros, Mérida, 2004) el tema de la muerte, confiriéndole importantes dosis de extrañeza y ACCIDENTALIDAD, en tanto no está al alcance del individuo mantener el más mínimo control sobre ella. Nos hallamos, a mi juicio, ante un poemario en el que no debe buscarse una impresión general –no porque carezca de la suficiente unidad y coherencia– sino aceptar las dosis de verdad que nos sobrevienen paso a paso, poema a poema, a lo largo de su lectura.
Así, vamos hallando en el camino la exposición de toda una serie de sensaciones e impresiones absoluta y radicalmente humanas, personales, privadas, pero susceptibles de universalizarse, por la incidencia abrumadora en el resto de los individuos. La ansiedad ante la potencialidad de la existencia, ante lo posible y ante el hecho de que lo posible nos sea inabarcable. El miedo (a la muerte, a la vida) que produce hallarse en la soledad más absoluta, en la carencia de referentes y en la constatación de que no hay salida, de que las cosas, los hechos, las personas empiezan y se acaban, algo consustancial a la existencia y, por tanto, completamente natural. Esto produce en el personaje de Comendador una reacción inmediata: la de la autoinvitación a quemar las naves, a huir del fracaso por la vía de la participación activa en los acontecimientos, aunque actuemos a ciegas, pues la lucidez –nos dice Comendador– es muerte / porque es final, ocaso.
En todo un repertorio de impresiones acerca de la soledad, van apareciendo una serie de matices destacables: Una soledad al servicio del otro, de quien quiera aprovecharla, sacarle partido con fines cualesquiera. Una soledad que tiene como consecuencia el distanciamiento, la frialdad, y como origen remarcable la extrañeza respecto del entorno. Una soledad que se traduce, asimismo, en inidentidad, en incapacidad para afrontar la vida de forma original, personal, y que puede constituirse en detonante para que se desarrolle, sin ir más lejos, la propia capacidad de matar, de aniquilar la vida. Una soledad que nace, en cierta medida, de la presión ejercida por la figura divina como otro elemento de tensión sobre ese frágil hilo que es el individuo. Una soledad de la que no es posible desembarazarse ni tan siquiera en la huida, pues el individuo que huye está también abrumadoramente solo. Tal vez sea esa soledad tan profunda la que empuja al personaje de Comendador al descubrimiento del “otro”, descubrimiento éste que no deja de producirle miedo e incertidumbre, aunque representa una importante novedad respecto a este sujeto conformado por una sustancia porosa, a través de la cual discurren los días, uno tras otro, sin dejar el más mínimo rastro de su paso, y que va adquiriendo plena conciencia de que carece en absoluto de importancia, estando a merced del azar. Únicamente parece intuirse o apuntarse una salida a la soledad en ese descubrimiento del “otro”. En ese sentido, el otro quedaría fijado principalmente en la mujer, traída al papel de compañera y ocupando el espectro más íntimo del yo, en un ejercicio de alteridad, de empatía y de reconocimiento de ese “otro” femenino, que se erige en medio de supervivencia, en receptáculo del propio yo, aunque se intuye tal vez insuficiente ante la sed de aislamiento e individualidad del personaje: Algunas tardes meriendo algo / y siento que me llena esa mujer / que me abraza y me alimenta / cuando estoy solo.
El otro eje del libro, la idea de la muerte, que subyace en esa enfermedad incurable que es la soledad, la alimenta y la hace crecer y desarrollarse como un cáncer del espíritu, da lugar también a una importante sucesión de impresiones plasmadas en la letra y en el verso de Con la muerte en los talones, título de por sí significativo y esclarecedor y que –dicho sea de paso– rinde tributo a los escenarios y personajes cinematográficos a los que alude también el autor en otras de sus obras. La obsesión por la muerte transluce en versos como nací para la tierra, esto es, en la seguridad de que el ser humano nace para morir, por lo que resultaría incomprensible el miedo a vivir, a volar; o la de que la vida, como huida de la muerte, es un hecho imposible, ya que la muerte se encuentra inexorablemente en todas direcciones. La dialéctica entre atracción y rechazo lleva al personaje de Comendador a situaciones paradójicas. Así, se alternan la huida y la espera del momento crucial, componentes indispensables de toda relación y enfrentamiento obsesivos.
La profundización en el hecho de la muerte conduce también a una idea podríamos decir “metafísica” de la misma, abarcando en ella un aspecto más amplio que el de la mera muerte física y tomándola como un hecho previo al nacimiento de nuevas cosas, como punto de inflexión en el discurrir hacia nuevos ciclos, en la observancia de una norma ineludible, la de que para alcanzar un nuevo ciclo debe producirse la degradación y acabamiento del anterior.
En el punto intermedio de la dialéctica atracción / rechazo, el retrato de una postura de serenidad ante el advenimiento del final, en el sentimental y excelente “Expreso a ninguna parte”, o la invitación a vivir intensamente y sin miedo de “Un coche rozando los precipicios”, junto con la exhortación a convivir con la idea de nuestra propia mortalidad (la amenaza es sólo posibilidad) del magnífico “Policía en la puerta”.
Otro de los aspectos inherentes a la muerte, la herencia, no es pasado por alto por Comendador, quien conjuga desde un punto de vista existencial la expresión del legado y de las últimas voluntades de su yo poético, atendiendo formalmente a ese aspecto extensivo de la muerte, como es la expresión de lo póstumo.
Finalmente, destacar la familiaridad del individuo con la muerte, expresada en pequeñas figuras muy explícitas y tremendamente certeras, tales como voy
a casa como a la muerte (Documento traducido al búlgaro) o despreciar el cadáver/ que te escupe el espejo (“Amordazado en el maletero de un Continental”).
Todo un discurso, en fin, vertebrado de principio a fin con la presunta (y ampliamente conseguida intención) de situar al individuo ante el hecho definitivo y
crucial de su existencia, siempre presente y raramente bien digerido y asimilado, pero que por su importancia no deja de ser constantemente abordado de forma intuitiva y/o reflexiva, y ante el cual es fundamental detenerse y pensarlo, para rentabilizar al máximo esa ficción que designamos con el sustantivo “vida”.]

En el mismo número de esta revista figura un amplio artículo de Eduardo Moga que, bajo el título de “La limpieza del realismo sucio”, da un repaso a esa tradición poética que nació en los sesenta. En ese artículo me incluye Eduardo Moga como parte de tal tradición dentro de la poesía española, alumbrando que mis poemas beben en la fuente de Roger Wolfe y dejando caer cierta sensación de emulación epigónica. Suma mi nombre a los de Karmelo Iribarren, David González y Manuel Moya.
En este punto considero que debo puntualizar algo:
1º Sí, me encanta la poesía de Roger Wolfe y reconozco que durante un breve periodo ensayé ese tono descarnado y directo, pero pronto entendí que no era el mío, ya que mi vida no respondía ni de lejos a esa estética. En todo caso, supone para mí un alto honor que se me sume a cierta epigonía wolfina.
2º Me encantan los compañeros de viaje, pues admiro sin sonrojo a Karmelo, a David y a Manolillo Moya, pero sólo me veo cercano en la propuesta poética a Manolo, y eso cuando no toma la máscara de Violeta C. Rangel [Manolo y yo estamos muy unidos por sus “Islas sumergidas”].
3º Es patente que mi amigo Eduardo, al que no veo desde aquellos deliciosos cursos de El Escorial en los que trabamos una amistad simpática, no ha vuelto a leer mi poesía [pues no sé dónde puede encontrar mi amigo a Roger Wolfe en “El amante discreto de Lauren Bacall”, en “Paraísos del suicida”, en “Travelling”, en “Con la muerte en los talones” o en “El gato solo quería Harry”].
Los citados poemarios se alejan tranquilamente del realismo sucio para entrar en una suerte de 'poesía de la conciencia' mezclada con ciertos toques de 'poesía de la disidencia' y un poquito de cierta 'estética de la resistencia' [es una coña personal; perdón, colega Eduardo]. En ellos desaparece totalmente el feísmo por voluntad propia así como las presentaciones directas y conversacionales que tanto se patentizan en el realismo sucio; tomo conscientemente un tono más filosófico y trabajo con cuidado la forma de mis poemas intentando, eso sí, no impostar mi voz.
En este punto y en este día, amigo Eduardo, me considero instalado en una poética individual y solitaria que es mezcla heterogénea de todo lo que leo y me emociona y de todo lo que vivo y me impacta o me deja hundido.
No pertenezco ni por estética ni por obra ni por prebendas a ninguna de las tradiciones establecidas por los culos planos para llenar de letras sus folios interminables. Estoy sólo en contra y a favor de mí mismo y no me interesa nada que me ubiquen en una forma de hacer o deshacer porque, entre otras cosas, no me interesa el mundo de la taxonomía poética, ya que está fuera del mundo creativo y se mueve únicamente en la especulación [que por cierto, da de vivir a demasiada gente sin valor formal, estético o literario].
Muchas gracias por acordarte de mí después de tanto tiempo, amigo, y queda aquí mi casa abierta para ti cuando desees, con una copa puesta y un montón de abrazos.
(17:24 horas) Escribir es también un acto reflejo o exclusivamente un acto reflejo… y antes está la vida, siempre antes.
Acabo de recibir llamada de Jesús Urceloy para decirme que viene hasta Béjar con Marisol a visitarme. También el viaje es un acto reflejo y antes de él está la vida.
(21:29 horas) Me he pasado toda la tarde trabajando en un libro objeto [llevo ya dos meses de curro con él] y me ha sentado francamente bien estar sentado frente a sus páginas con las manos manchadas de tinta y buscando formas y contenido.
El soporte es una edición de “Los cipreses creen en Dios”, de José María Gironella, fechada en 1970 y realizada por Círculo de Lectores. Mi intención es que el libro consiga la capacidad de leer al lector a través de figuras que le miran desde sus páginas. Es un proyecto a largo plazo, pues no en vano el volumen cuenta con 785 página que he de tunear una a una. Esta tarde he llegado a la 211, por lo que calculo que al ritmo que llevo pueden quedarle del orden de seis meses de trabajo.
Cuando me cansé de libro objeto, me acerqué hasta mi casa paseando. Béjar está a tope de gente y salir a la calle en estas circunstancias supone para mí un costoso trabajo, pues cada día llevo peor el asunto de las multitudes y también me jode un punto encontrarme rostros desconocidos que no me da tiempo a escrutar.
Olía a muerte, y no sé por qué. Me ha quedado una sensación de tragedia que no acierto a saber de dónde viene.
No me gusta la Semana Santa en ninguna de sus ofertas. Lo siento… o no.
De Tontopoemas ©...


* "Diez años atrás" de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés.

Sunday, March 4, 2007

La luna se asombró de vernos.


Anoche, después de la debacle del Barça [qué cabreo], me subí con mis chicos a Llano Alto para disfrutar del eclipse de luna. Íbamos cargados con la cámara de fotos y unos prismáticos del abuelo. Durante el corto viaje, Felipe iba dando la barrila con sus historias de miedo para aterrorizar a Guillermo, que lloriqueaba con sus “papá, dile a Felipe que se calle…”. Y yo con esos “me cago en la puta, no vuelvo a llevaros a ningún sitio, coño”.
El ambiente se calmó cuando tuvimos que detenernos en la subida de El Castañar porque la poli andaba intentando pillar costo entre los coches de los jovencitos que subían a ver el evento natural [a los que se quedaban abajo porque el espectáculo les tocaba los cojones, en el Regajo, nadie les quitaba las jodidas litronas… la vida].
Llegamos al paraje y todo estaba negro como boca de lobo. Muchos coches aparcados y un par de grupos mirando con telescopios [saludé en alto, pero nadie contestó… se están acabando las maneras].

La luna estaba en ese momento como un globo de color rosa oscuro, impresionante de bonita. Pillé mi cámara con la intención de hacer unas fotos y, como por arte de magia, bajó una niebla espesa que nos dejó sin espectáculo [sólo pude pillar una toma borrosa que conservo].
Sin luna que ver, Felipe volvió a sus horrores de campamento de verano y Guille se agarraba a mí como a un clavo ardierdo. Dimos un paseo por lo oscuro neblinoso y nos volvimos a casa, pues empezaba a hacer un biruji que dejaba fríos los bajos.
Guille se durmió por el camino.

••• •••
RECREACIONES CON HURTOS DE PAPEL (4)
Entre las oscuras profecías de Isaac Bickerstaff* figuraba una particularmente cruel en la que aseguraba que la muerte de Henri James sucedería durante el año 1916, pero no pesaba su crueldad sobre la desaparición de tal genio de la literatura norteamericana, sino en que apuntaba que a la justa hora de su muerte un inédito George Bush estaría jugando con una planta de gordolobo en los extensos campos de Dallas.
Tal circunstancia marcaría un terrible futuro para el mundo hasta que se extinguieran sus generaciones.
Isaac murió en 1729 siendo Richard Steele y en 1745 siendo Jonathan Swift .
Ni Nostradamus.
*(Personaje inventado por J. Swift para molestar a Partridge, del que tomó pseudónimo R. Steele).
••• •••

(18:06 horas) Este tiempo es para que lo conquisten trovadores y bufones, tipos con la sonrisa puesta sin medir su fracaso [el de la sonrisa y el propio] que canten y digan, que denuncien con tranquilidad y sin sombras y se queden tan panchos.
Trovadores y bufones para ponerle música y letra a este absurdo tiempo desafinado.
¿Qué no lograrán nada…? Ya lo sé, y qué importa. Sólo con existir y hacer volar palabras y sones ya suman más que cualquier cuenta de resultados de un banco internacional… Ben Harper, Jack Johnson, Jonathan Richman, la Peyroux, Lasha de Sela… o Michel Houellebecq, Javier Marías, Roger Wolfe… Trovadores y bufones para escuchar y leer, para sentir que aún hay esperanza, aunque sea por dentro.
(22:22 horas) Hacer los deberes con Felipe me saca de quicio. No sé cómo conseguir que me siga con atención… la verdad es que no sé cómo conseguir que me siga con atención para nada. Esto me mete con sacacorchos en la cabeza una sensación de incapacidad que no sé soportar, me saca de mis casilla y me hace elevar la voz y decir burradas. El caso es que el jodido chaval es muy vivo, pero no quiere entender que hay que repartir el tiempo y que hay un orden para cada tramo de ese tiempo repartido. Va a su puta bola y descabala hasta al lucero del alba si se lo propone. ¿Cómo será su futuro? Me preocupa seriamente, porque sé que le van a hacer daño –ya se lo están haciendo.
Qué mala edad la de la preadolescencia, rebosando de humores por todos los poros… Le quiero al chaval, pero no se deja.

••• •••
RECREACIONES CON HURTOS DE PAPEL (5)
Isabetta* viajó hace un par de meses hasta Bagdag acompañada de Boccaccio con la clara misión de moderar la ira hacia sus hermanos, asesinos de su amante.
Al llegar la pareja a la grosera terminal de arena, dirigida por militares norteamericanos, fueron cacheados con rigor y malas formas –los norteamericanos siempre dieron ejemplo de malas formas allá donde pusieron sus pies bien calzados–. Mientras les cacheaban, un teniente irakí revolvía en sus maletas con desgana… hasta que encontró un enorme vaso cerrado herméticamente conteniendo una cabeza con gesto dulce… El teniente gritó despavorido y se armó un generoso revuelo que permitió que Isabetta y Boccaccio se perdieran entre la multitud.
Hoy, Isabetta, de vuelta a Italia, ríe por haber perdido dos veces a su amante, una en la celosa ira de sus hermanos y otra en la terminal de entrada del aeropuerto de Bagdag.
Boccaccio me contó ayer que su locura es dulce… y hasta feliz.
* (Isabetta es un delicado personaje del "Decamerón")
••• •••
De Tontopoemas ©...

Friday, December 1, 2006

Truman Capote


Escribió el mejor Roger Wolfe que «Tienes derecho a decir todo lo que te esté permitido decir», luego se hizo más oscuro, más deudor de su tiempo de calle, más derrotado en todo. Pero me seguía gustando.
Más tarde se vino a hacer bastante parecido a mí, y ya no era un maldito, sino que se había convertido en un maldito poeta... y se hizo el triste que es hasta el día de hoy, un triste tan como yo que parece que ya no le queda oxígeno posible.
Y me alegro de haberle publicado sus «Poemas desde un quinto sin ascensor», y que no merezcan reseña alguna en su bibliografía, porque fue un capricho mío con respuesta descatalogada.
Quiero especialmente a este tipo, a lo que fue y a lo que es, a lo que era y a lo que ha venido a ser. Otros –casi todos– son bastante peores. Sí, tengo derecho a decir todo lo que me está permitido decir, pero además siento el irrefrenable deber de decir todo lo que no me está permitido decir.
(21:44 horas) ¿Para qué tener problemas que te compliquen la vida cuando empiezas a rozar el medio siglo?, ¿para qué callarse todo... o decirlo? Ya nada importa, pues he entendido que todo está sujeto un decurso en el que apenas soy capaz de intervenir.
Dejarse llevar y esperar la sorpresa que te depare el día sin hacer gestos altisonantes, comprender mejor que el idioma interviene de forma definitiva en tu forma de ser imbécil –lo anoté hace tiempo en uno de mis aforismos– y no consolarse con nada, porque el consuelo es asunto de mediocres hombres tranquilos... Y ser un tipo dinámico tampoco sirve para mucho, aunque es preferible sumar cierto gesto de dinamismo a lo más simple que te plantees para engañar a las vísceras.