Thursday, October 2, 2008

La calma de la constatación.


Mañana asistiré como invitado al encuentro de Poesía Hispanoamericana en Salamanca [intervengo en el acto que se celebrará a las 20 horas en el salón de actos del ayuntamiento salmantino… por si alguno quiere pasarse por allí], y me llevo como encargo personal ir a visitar a mi Juanito, que está en el hospital recién operado del estómago… y luego a ver a Maite, que también anda ingresada por una operación de garganta… y luego a llevarle a mi hija un espejo para su casa y algunas cosillas para irle poblando aquel desierto. Me quedaré la noche del viernes en hotel helmántico [que para eso voy de ponente] y volveré a casa la noche del sábado con los deberes más o menos hechos.
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Últimamente me agrada mucho constatar lo que ya sabía, cerciorarme de que lo que armo ya estaba armado y de que lo que acometo ya lo tenía hecho hace tiempo. Me agrada y me deja también cierto regusto amargo por cierta sensación de tiempo perdido en la constatación; pero disfruto al saber que repito mis pasos y me afirmo en ellos, porque eso me impulsa a decirlo con seguridad [de haber acertado o de haber errado, pero con seguridad].


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Morirse justo a tiempo es una suerte, como vencer ante el último hálito. Lo he pensado demasiadas veces y me he engañado siempre diciéndome: ‘aún no es tu tiempo, Felipe, pues algo ha de llegar que justifique no tomar la decisión’… y, mientras, me desnorto, me apago, desciendo en mis palabras y en mí físico y me siento cobarde. Entonces juego a ver los ojos de la muerte, e imagino que son tan verdes como un tallo reciente… y juego a imaginar su pelo recién lavado, su altura de diosa que apaga la luz cuando le place… e imagino sus manos con las uñas recién cortadas, limpias y tamizadas de un barniz incoloro… y me gusta, y la busco como a una amante furtiva en la longitud estrecha de mi cuarto.
Jamás llega… y yo imagino sus nalgas frías apretándome los muslos, su boca desviviendo la mía, sus manos apoyadas con suavidad en mi vientre desnudo, y en movimientos lentos llevándome a sus amplios dominios de hierba y de narcisos.
Y si después de todo me miro en el espejo, veo al que fui y no al que se anda deshaciendo en lo deforme.
A cambio de esa muerte que no llega, me arranco las postillas de los brazos y me hago sangre leve con la que argumentar mi escapulario.
Crecen fuertes las tórtolas… el otoño no arranca.

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