Sunday, March 29, 2009

Por el camino de Amarillo...


Me levanté esta mañana con el soniquete de ‘Amarillo’, aquella canción de Tony Christie que fue eco constante en los años setenta –yo la tenía en un single que ponía una y otra vez en mi comediscos mientras intentaba a solas una suerte de baile parecido a un trote desbocado– y que decía algo así como… ‘por el camino de Amarillo, galopando en mi caballo, voy al pueblo de regreso para encontrarme con mi amor…’. Cuando me sucede esto, me tiro todo el día como un lorito, repitiendo la canción mientras hago mis cosas… hoy no es un día distinto, y ya se la he cantado al camarero que me ha dado cambio para tabaco, a una señora que me saludó por la calle y a los dos perros que andan sueltos por la Plaza Mayor de Maldonado. Joder, es estupendo, de verdad, pues, cuando voy por el día con banda sonora, parece que todo me sale mejor, ya que entro como en una suerte de bucle que me eleva –algo parecido debe sucederles a los derviches giróvagos– y me activa de una forma inusitada.
Por el camino de Amarillo… la camarera desnuda se puso un mandilón negro y la imaginé bañándose en el Huang He… sus pechos aparecían y desaparecían como en aquellos juegos infantiles de las escondidas y me mostraban aquel esplendor de los tifones sobre el volcán dormido… el río agredía sus costados con los golpes lechosos de sus aguas limosas y se hacía remolinos bellísimos bajo sus hondas ingles… yo miraba extasiado su refriega y vocalizaba despacito: ‘por-el-ca-mi-no-de-A-ma-ri-llo’… ah!, la camarera desnuda con el mandilón negro, sus muslos como puertas abiertas al heliotropo naciéndole del centro, sus nalgas como dos manatíes sopesando la cruz de la espalda, sus caderas de ofertorio como un ara ritual de los chibchas descrita por Max Uhle, su cuello como tallado por un orfebre del Indostán… la camarera desnuda con su mandilón negro, braceando en el río como la recién nacida Venus en la cabeza blanca de Sandro Botticelli… p o r e l c a m i n o d e A m a r i l l o… la camarera desnuda con el mandilón negro expuesta en el baptisterio del Duomo de Santa Maria del Fiore para orgullo de todos los sexos florentinos, volando con sus pezones grandes y redondos sobre el Giubbe Rosse, mientras Eugenio Montale toma café con pastas y limpia los cristales de sus gafas con un pañuelo blanco de algodón… porelcaminodeAmarilloooooo… la camarera desnuda con el mandilón negro se contonea, se mueve como un áspid, nada como una otaria de lapizlazulí, mira a los ojos como Lassie y engrasa sus manos con la miel interior que rebosa en sus labios mayores… la camarera desnuda con su mandilón negro como la Suleika de Dix sin tatuar, mostrando su axila derecha como el justo resumen del canon… por el caminooooooo… y es su cabeza la falta exacta de la Victoria de Samotracia… y sus brazos el misterio de Milo… y sus tobillos los de Eleonora Gonzaga posando para Tiziano…
Por el camino de Amarillo la camarera desnuda con el mandilón negro se aleja… y yo soy un cuadro de Pollock, cualquiera, o el ‘Detail of flag’ de Jasper Johns.

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