Tuesday, April 8, 2008

Poetas de mierda.


Ya no se habla de ciervos en los poemas, ni de corzos, ni de telas adamascadas, ni de umbrías procelosas, ni del añil hecho ojos… y si se habla en alguno, resultará como uno de esos cuadros baratos con escenas de caza que se colocan en los salones de las casas pobres con ínfulas extrañas… a no ser que el ciervo sea un cabrón con los ojos caídos, deshecho en alcohol y berreando por las ciervas más putas del territorio, un ciervo que duerme entre cartones en las noches de invierno junto a un cajero automático y que te pide a la salida del supermercado la moneda que metiste en el carrito para sumar a otras con las que comprar su dosis diaria… La poesía ya no se hace a golpes de A-B-B-A o con la danza esférica del ia/ia-on/on-ento/ento, y si se hace, resultará una cursilería de padre párroco o un no poder de jovencita caliente y moderada… Ahora parece que todo debe ser prosaico y ocurrente a la vez, como el Cristo sobre la cama de un pederasta, o la mujer soltera con su mano metida hasta la muñeca en su sexo…
¿Hemos perdido el norte?… y yo qué sé… Solo anoto que me llegan escritos cortados al azar en su estructura, sin puntuación, sin tildes, sin ortografía posible, sin un solo pellizco de ritmo, sin música… y sus autores me indican con emoción que son sus mejores poemas (¡), pero yo solo veo basura infecta que ni siquiera apunta un proceso simple, ni un ápice de sensibilidad, ni siquiera una brizna de emoción.
Y todo esto lo aceptaría si quien me castiga con sus cosas me demostrase que dómina la técnica y que, igual que es capaz de perpetrar bazofia, lo es también de dibujar un soneto con gracia, incluso me bastaría con un pareado aceptable, solo un pareado con el que yo intuyese que conoce la música y su camino para poderlo romper cuando le dé la gana.
[Hago aquí un inciso para decir que no me refiero a los versos de Marisa, que sé que enseguida se va a dar por aludida y se me va a deprimir. No, Marisa, que yo hablo de otros poemas (?) y de otras edades muy distantes de la tuya y de la mía… jóvenes que escriben sin haber leído y sin haber vivido, pero que se creen con el poder de la palabra, con todo el poder de la palabra… me da la risa, coño. A ti te contestaré en privado, Marisa, no te preocupes, que esto no va contigo]
En fin, que estaré equivocado, seguro; pero no puedo callar ante la mierda de los nuevos narcisos, jovencitos, engolados, ávidos de edición y de palmadas en la espalda, locos por figurar… que no está mal si se han sabido hacer antes lo deberes, coño.
Poetas sin esfuerzo, sin vida detrás, sin horas de escritura, sin otra formación que sacarle a sus padres billetes del monedero para gastarlos en birras y hachís, en chaquetas oscuras y grandonas, en tatuajes y en teléfono móvil… poetas que aún no están ni en pañales y se atreven [por eso se atreven] a juntar cuatro palabras mal escritas y mostrarlas al mundo con carita de Baudelaire [al que no han leído jamás] y con swing de Bukowski [si supieran lo que dijo de ellos, le nombrarían menos]… haced el favor de no enviarme vuestras cosas, porque irán directas a mi papelera para insultar a los deshechos que ya contiene.
Y no me siento mal por escribir esto, nada mal, a pesar de que muchos piensen que soy un petulane y un estupido, un pagado de mí mismo… no me siento mal porque creo que hay demasiado consentimiento en nuestro tiempo y a los jóvenes que quieren escribir hay que enseñarles antes a ser duros consigo mismos, hay que apretarles el gañote para que sientan miedo y hasta desprecio, para que no crean que todo consiste en contemporizar y sonreír, para que se avergüencen con decencia de sus palabras mal escritas y reconsideren que ‘decir’ no consiste en escupir sin más. Son ya demasiados años de aprendizaje, de hostias recibidas, de humillaciones y de sonrisas falsas… tantos años, que me quedo muy feliz de poder decir que hay una generación excesivamente poblada de poetas vacíos, inexistentes, malos de atar, imbéciles y necios… y aunque yo fuera uno de ellos, que quizás lo sea, eso no le quita valor a mis palabras ni se lo pone a su absurda y molesta existencia.
Que ya voy mayor, coño.
•••


Hoy me instalaron en casa una tele nueva y me cisqué en todo lo que se mueve, pues, al ir a cablearla, el técnico se encontró con un cableado antiguo de Canal Plus [estuve afiliado a él hace unos años] al que se había unido mediante ‘tes’ de antena otro cableado de Ono [estuve enganchado a él hasta hace un par de meses], conformando todo un laberinto inextricable [qué expresión tan adecuada al caso] que solo presentaba como solución la destrucción total de todo el montaje y cambiarlo por una instalación nueva y sencilla. La mirada a tal caos me hizo ver que estas empresas fían el trabajo a chapuzas a la española que lo arreglan todo con cinta aislante y unas tijeras, chapuzas que no se cortan al hacerte un agujero de habitación a habitación, que dejan los cables sueltos o punteados con silicona y que tienen una tendencia feroz a esconderlo todo detrás de los muebles… y yo solo quería poner una pantallota plana en mi dormitorio, una pantallota en la que poner los ojos justo cuando están a punto de cerrarse para caer en el sueño diciéndome: “Joder, Felipe, qué pedazo de calidad de vida tienes…”.
Lo único bueno es que Guillermo fue absolutamente feliz subido a la escalera de tijera, trasegando con destornilladores y alicates, admirándose con el diseño futurista del nuevo mando a distancia [que es como un hijo más a cuidar y mantener] e intentando molestar lo más posible al señor instalador [un tipo majete].
Y yo no puedo negar que soy un hijo natural de la tele, pues crecí con ella desde que la puso en mis ojos el teleclub del Casino Obrero o desde que pasaba las tardes en el salón de la pastelería que regentaba mi padre, merendando bollos suizos con helado de mantecado mientras miraba aquella tele de lámparas con cortinilla verde antipolvo que se encendía en cinco minutos a partir de un punto blanco en el centro de su pantallota y me dejaba anonadado con su “Perdidos en el espacio” o su “Viaje al fondo del mar”. Desde entonces la tengo en vena y sé reconocerle valores que mis padres nunca le podrán reconocer, porque sé que me ha enseñado mucho más de lo que pueda imaginarme, porque me ha hecho día a día, sonrisa a sonrisa, temblor a temblor. Y no es que no le vea nada malo, que tiene mil cosas nefastas, más desde que nació esa moda de los contertulios para todo [gilipollas que parecen saber hasta de cómo echar un polvo con compresa], pero el mundo es así, y con cada opción de aprendizaje viaja otra de corrupción y deshecho que camina a la par, y es el ‘valor’ del hombre el que le lleva a escoger, siendo su responsabilidad, y no la del medio que recibe con los sentidos, la que actúa inclinando la balanza hacia lo positivo o lo negativo.
Nadie puede negar el valor formativo de la tele, como nadie puede negar su poder destructor… pero lo mismo sucede con los huevos fritos, con la Coca-cola y con los pasteles de chocolate.
El caso es que a mí me encanta echarle un ratito diario antes de dormir mirando alguna peli, un documental, el programa de Buenafuente o las noticias últimas de ‘la 2’. Y soy feliz con eso y con pillar el sueño despacito.

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